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11 2 07 CLAVES DE ACTUALIDAD Colección La educación de la mirada TEXTO: ALFONSO ARMADA FOTO: SIGEFREDO El segoviano Marcos Martín Blanco, fundador de un imperio porcino, se reinventó a sí mismo hace 35 años. Junto a su esposa, Elena Rueda, aprendió a ver y forjó una prodigiosa colección de arte contemporáneo simple vista no se ve nada. Nadie podría imaginar que en tres sótanos contiguos de una preciosa casa segoviana del siglo XVII se encuentra parte de una colección de pintura y fotografía contemporánea tan prodigiosa que haría las delicias del Reina Sofía. Nadie podría imaginar cruzándose por la calle con Marcos Martín Blanco que, a sus 77 años, tras su aspecto austero de físico despistado y extravagante se esconde un empresario que transformó la provincia de Segovia y un empedernido amante del arte más actual, que aprendió a ver y reinventó su vida y a sí mismo cuando la mayoría suele pensar que tiene más pasado que futuro. Ahora quiere crear a la vera del Eresma un nuevo museo con una colección que ha armado paso a paso con su esposa, Elena Rueda, dejándose llevar por el flechazo y la emoción A simple vista no se ve nada, y mucho menos la biografía de un niño que se rompió los codos para poder escapar de su aldea natal de El Guijar de Valdevacas y la dura existencia campesina. Siempre se le dieron mejor los números que las letras, y gracias a una inspectora de Hacienda represaliada por haber servido a la República, que le dio clases particulares y alentó su voluntad de aprender, y a un tesón que no ha menguado, Martín Blanco ingresó como interno en los maristas segovianos y acabó estudiando Económicas en la universidad de Madrid. Para ayudar a su familia a costearse la carrera montó el primer negocio de una larga trayectoria empresarial: venta de huevos, aves y caza. Tras ganar unas oposiciones a economista del Estado, posición que durante veinte años compaginó con la de consul- A tor, fundó con varios cuñados una granja agropecuaria y, a partir de esa experiencia, con el servicio de concentración parcelaria de Segovia, creó una cooperativa que con el tiempo llegaría a ser la primera industria de la provincia de Segovia y la segunda compañía de explotación de porcino de España, con millón y medio de cerdos en sus granjas de última generación. Pero a Marcos Martín Blanco no le gusta hablar de su pasado, sino de la pasión que desde hace 35 años se apoderó de su vida y le convirtió, junto a su esposa Elena, en uno de los más renombrados coleccionistas de arte de España. Con 830 cuadros y fotografías de artistas como Miquel Barceló, Julian Schnabel, Hernández Pijuan, Sol LeWitt, Soledad Sevilla, Thomas Ruff, David Salle, Cristina García Rodero, Eva Lootz, Eric Fischl, Clemente, Herbert Bradl, Lisa Yuskavage, Will Cotton o José María Sicilia, la historia de Marcos Martín Blanco es la de una educación de la sensibilidad y de los sentidos a la que contribuyó de manera decisiva el hecho de que su esposa fuera prima de un exquisito pintor y decorador: Gerardo Rueda. Cestos o marfiles Para sorpresa de ambos, Rueda aceptó el envite de decorar su casa con vertiginosos y emocionantes ventanales sobre el valle del Eresma, vistas que se derraman sobre Zamarramala y la Lastrilla, quizá la más bella fachada segoviana. Fue Rueda quien les dijo Las visitas eran siempre iguales, un lenguaje plástico que se nos antojaba árido y sin sentido. Casi siempre abandonábamos las exposiciones jurando en arameo que se puede decorar una casa con cestos o con marfiles y quien les introdujo en el universo de la pintura abstracta. Marcos Martín Blanco se apasiona y se enciende cuando habla de una colección que ya no sabe donde meter, que le ha llevado a gastárselo casi todo en adquirir las mejores obras posibles de cada artista y con la que quiere crear en su querida Segovia su museo (para el que ya cuenta con casi todos los parabienes municipales y ha cedido más de la mitad de su valiosa finca urbana) o cuando despotrica contra las cotas de delirio que no deja de escalar el mercado artístico: Nosotros no estábamos interesados en la pintura abstracta, pero Gerardo supo sensibilizarnos con propuestas que aceptamos y que han supuesto el origen del cambio en nuestra sensibilidad, sobre todo en la forma de contemplar y mirar la pintura Empezaron una autoeducación sentimental, espiritual y sensorial que les llevaba una tarde a la semana a visitar exposiciones y galerías de pintura contemporánea: Las visitas eran siempre iguales, un lenguaje plástico que no entendíamos, se nos antojaba árido y sin senti-