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24- 25 D 7 LOS DOMINGOS DE Viena En casa del Tercer Hombre La capital austriaca ha unido a su larguísima relación de lugares de interés turístico uno muy original: el Museo de El Tercer Hombre levantado para memoria eterna de esa gran película, de su tristeza y de su música de cítara compuesta por Anton Karas, del que se celebró su centenario TEXTO: ALONSO IBARROLA FOTOS: C. GÓMEZ- MIGUEL odos los sábados por la tarde el pequeño museo privado invita a cinéfilos y fetichistas a sumergirse en el mundo del film. Se exponen carteles, fotografías originales de la película, programas de cine y alrededor de 300 grabaciones de imagen y sonido. Situado cerca del pintoresco mercado Naschmarkt, el museo ofrece una visión de cómo era la vida cotidiana de Viena tras los bombardeos que destruyeron la bellísima capital. Como es de esperar, mientras el visitante se pasea por la exposición, en el aire flotan las notas de la música de Karas registrada en una cinta de Schellack que suena desde las profundidades de una histórica caja de música. El modesto músico empezó a tocar su cítara a los doce años en T los típicos cafés vieneses. Hasta que tuvo la fortuna de que, una tarde de 1948, aparecieran por el café Martinkowitz el director Carol Reed y el novelista, Graham Greene, en busca de melodías para su filme. Karas se hizo famoso, pero no rico. Abrió su propio café cerca de Viena, el Zum Dritten Mann donde afrontaba noche tras noche a los turistas que llegaban en autobús para escucharle. El museo muestra, entre otras curiosidades, la cítara original que Karas usó para componer y grabar la música de la película. El cinéfilo también puede ac- El museo ofrece una visión de cómo era la vida cotidiana de Viena tras los bombardeos que destruyeron la bella capital mientras en el aire flotan las notas de la cítara de Karas tuar por su cuenta y no apuntarse a ningún circuito organizado, sobre todo si se tiene en cuenta que los guías sólo hablan en alemán. El circuito incluye una visita al famoso café Mozart, donde presuntamente se desarrollaba una secuencia de la película. Aunque el guía le aclarará que en realidad no se utilizó la terraza del actual café Mozart, sino que se improvisó otra en una plaza cercana. Y es que en 1948, cuando el film se rodó, toda esa zona estaba en ruinas. Después, nos espera la noria del Prater. Allí, arriba del todo, recordaremos la conversación de Orson Welles y Joseph Cotten sobre los puntitos negros (quienes caminaban sobre el suelo) y el cinismo de Harry Lime respecto a su valor económico en dólares. ¡Y cómo no! La famosa frase de la paz suiza que só- lo inventó el reloj de cuco y de la violencia renacentista italiana, tan creativa a fin de cuentas. Ya se ha repetido hasta la saciedad que Orson Welles se equivocó: los relojes de cuco no los fabrican los suizos, sino los alemanes del sur. Tras la noria, el momento más emocionante llega con la visita a las cloacas. En la actualidad no es posible, por las obras de la nueva línea del metro, pero en mayo volverán a ser visitables. Otra cita ineludible es el portal número 8 de la calle Schreyvogelgasse. Y la Josefsplatz... y la casa donde supuestamente vivía Harry Lime. Y la plaza donde éste desaparece como por arte de magia hasta que descubren que los adornos inmobiliarios ocultan unas escaleras que conducen a la red de alcantarillas y cloacas. Todavía existen en Viena esos artilugios, pero están cerrados a cal y canto. Después, un descanso en la cafetería del Hotel Sacher, dónde se alojaba Joseph Cotten, que se puede aprovechar para degustar la famosa tarta que lleva su nombre. Y terminamos como en la película, en el Cementerio Central, para localizar la famosa avenida de Los Tilos. Escenario del desolador final. Hoy han fallecido todos los protagonistas: Alida Valli, Graham Greene u Orson Welles. Y aunque no murió, en la desolación se encuentra también el niño Herbert Halbik, Hansel en la película. Cuando tenía 19 años se bañó en las aguas nada azules del Danubio y se rompió el cuello. Vive hoy sobre una silla de ruedas y regenta un estanco que el Ayuntamiento de Viena le concedió. Se casó y no quiere que sus conocidos sepan que intervino en la película. Así me lo contó por teléfono hace escasas semanas... cuando quise saludarle en Viena. Para mas información: www. 3 mpc. net www. drittemannmuseum. com La Avenida de los Tilos (a la izqda) última imagen de la desolación de la película, en la que Joseph Cotten aprende de Orson Welles cómo a veces el mal parece encantador