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28 1 07 VIAJES Innsbruck El invierno en el corazón de los Alpes La capital del Tirol tirita con gusto. El invierno, la nieve, las montañas que rodean esta ciudad austriaca, atraen a miles de turistas de todo el mundo. Buscan deportes blancos, pero también arquitectura e historia TEXTO: JUAN FRANCISCO ALONSO FOTOS: GONZALO CRUZ esde el banco de salida del trampolín olímpico de saltos de Innsbruck se ve el cementerio. Antes de empezar su vuelo de más de ciento treinta metros sobre el vacío, estos deportistas- -pronúnciese aventureros- -seguramente prefieren mirar a otro sitio. Por ejemplo, al casco urbano, más allá de las lápidas, o a los dientes de sierra de los Alpes, a la nieve, al reino de las montañas. La ciudad es relativamente pequeña, unos 130.000 habitantes, y se extiende más de lo que podíamos suponer a la vera del revuelto río Inn. Sólo unos edificios altos y pintados de colorines, construidos para los Juegos Olímpicos de 1964, desentonan en la manejable y apacible capital del Tirol (Austria) Las cumbres, habitualmente barnizadas de blanco- -aunque este invierno la nieve se ha hecho de rogar- protegen Innsbruck como si fueran una legión de for- D tachones gigantes, de riscos invencibles a dos pasos de la frontera italiana y alemana. Al sur, junto a ese trampolín que tantas veces hemos visto en televisión, las moles son de granito, y las laderas bastante asequibles para los esquiadores. Al norte, en cambio, las pendientes convierten las pistas en las más difíciles de la región. Lanzarse desde los más de dos mil metros de Seegrube Nordpark sierra abajo, hasta las primeras casas, requiere alguna experiencia y ningún vértigo. Memoria histórica Ya con las tablas quitadas, en Innsbruck se puede utilizar el tranvía o los taxis, si aprieta el frío, pero el centro histórico pide a gritos un recorrido a pie que puede comenzar en el arco del triunfo, en la calle de María Teresa, construido en 1765 para celebrar la boda de Leopold II, uno de los dieciséis hijos de la emperatriz, con la infanta española María Ludovica. El esposo de María Teresa falleció durante los festejos, lo que da a este monumento, a la capilla del palacio imperial y al convento para religiosas de ascendencia aristocrática que se levantaron en memoria de aquellos días, un barniz de melodrama, de fiesta interrumpida. Es sólo un segundo, porque en seguida regresa el pre- El mirador de la torre vieja proporciona esta vista del centro histórico, con el tejadito dorado incluido Maximiliano I diseñó su tumba, pero no pudo utilizarla