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8- 9 D 7 LOS DOMINGOS DE Castro, portada de una revista cubana de ajedrez Tenéis una misión especial. Se necesitan futbolistas para que la gente beba menos vodka, pero a vosotros os muestran en público para que lean menos a Solzhenitsin tvinnik, pero el título no cambió de manos porque el reglamento favorecía al campeón. Bronstein dominaba el campeonato cuando a falta de dos partidas cometió un incomprensible error que permitió al héroe nacional igualar el encuentro y mantener la corona. La verdad nunca fue esclarecida, pero muchos sostienen que el aparato soviético obligó al aspirante a dejarse ganar. Acostumbrado a tener problemas con el Estado desde muy joven- -era de origen judío y su padre estuvo perseguido por participar en una huelga- David dice en sus memorias que tenía sus razones para no ganar. En todo caso, pocas veces un sistema político se había interesado tanto por la victoria de uno de sus deportistas, aunque fuera uh compatriota. Años más tarde (ante el duelo Karpov- Korchnoi) el psicólogo y ajedrecista Nikolai Krogius, presidente de la Federación Soviética, esculpiría la frase: Ya tenemos un campeón del mundo, no necesitamos otro Pese a todo, Botvinnik perdió dos veces su reinado, aunque en ambas lo recuperó en el encuentro de revancha, hasta que en 1963 cedió el testigo al armenio Petrosian, quien a su vez fue derrotado (Pasa a la página siguiente) Gary Kasparov se ha convertido en uno de los principales adversarios del Gobierno de Putin en Rusia zar dicha política de un modo despiadado y duro En realidad, el primer gran campeón ruso, Alexander Alekhine, no fue precisamente un bolchevique y, de hecho, la Revolución lo sorprendió en su ciudad natal, Moscú, lo que le costó la confiscación de sus bienes y la cárcel. Cuenta la leyenda que Trotsky lo visitó en su celda para jugar con él, y que luego le ayudó a recuperar la libertad. Tampoco está muy claro cómo pudo Alekhine abandonar el país, ni si fueron sus ideas o su instinto de supervivencia la causa de que acabara escribiendo artículos antisemitas en el Pariser Zeitung aunque hay quien niega su autoría. El caso es que tras arrebatar a Capablanca el título mundial, la muerte de Alekhine obligó a organizar un torneo entre los principales aspirantes, en el que se encumbró Mijail Botvinnik, estandarte del dominio soviético durante mucho tiempo. Firme defensor de una aproximación científica al juego, Botvinnik fue uno de los pioneros en la creación de una máquina que supiera jugar al ajedrez y en su escuela estudiaron los futuros campeones Anatoli Karpov y Gary Kasparov. David Bronstein, fallecido el pasado mes de diciembre y familiar no muy lejano de Trotsky, sufrió en sus carnes el favoritismo del sistema hacia el campeón. En 1951 osó discutir su reinado y, de hecho, llegó a empatar con Bo-