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24 12 06 EN PORTADA Inmigrantes No volver por Navidad Yula, San Nicolás le ha traído un móvil para que sienta con nitidez la voz de su hija Olga allí, si es que al final vuela, y la de aquí, la que forma con su segunda esposa, también ecuatoriana, y otra hijita de tres años, Aixa. Y también le espera en Ecuador un padre con el que se reconcilió antes de emprender su vida de emigrante, y que hasta entonces ni siquiera le había reconocido, y su madre, doña Laura, que no le ve desde hace un lustro y medio. No puede ser que no vaya a llegar para después de tanto, de haber reunido al fin los 950 euros del billete, no hacer junto a los míos el pesebre, con lo que me necesitan mis hijas, con lo que las necesito yo a ellas... En este aeropuerto de los sueños rotos se conjuran esta última tarde del otoño esa clase de pesadillas que ni siquiera se ahogan con lágrimas. go y con ellas Un perfume para la mayor, algo de ropa para la mediana y un juguete para la más chica. Son muy dulces y se conforman con cualquier cosa Sabe Charo que sus hijas no quieren más regalo que a ella, pero para eso habrá que esperar dos o tres años, cuando yo vuelva a Ecuador o ellas puedan venir aquí Hoy le han dicho que ya han puesto el arbolito, que hoy irán a la Misa del Gallo, que la quieren y que la echan mucho de menos... Fiorello sueña con su mujer Juan, Fiorello y Mijail. Rumanos Lágrimas por los que estarán lejos esta Nochebuena Al rumano Juan, sin papeles y albañil, se le saltan las lágrimas cuando habla de su niña Larisa Juana, de 14 años, que se quedó en Transilvania, junto a la mujer de Fiorello, otro rumano ilegal, que a través de las montañas birló hace unos meses la vigilancia de fronteras para estar junto a la madre muerta. Ambos apenas llevan un par de años en España. Y esta mañana en la obra sus pensamientos están a miles de kilómetros. Su compañero, Mijail Salcianu, que vive en Torrejón de Ardoz con su mujer y su hija, volverá a celebrar la Navidad porque aunque el resto de la familia esté en Rumanía y aunque no pueda abrazar a la madre, Margareta, está vivo: salió ileso de la matanza del 11- M al escapar del tren que reventó dentro de la estación de Atocha. Los tres- -hay 382.000 compatriotas suyos en España- -imaginan hoy una vida mejor, una vida en casa. Rosario Tacuri. Ecuatoriana Sueño con mis hijas, lo más grande de mi vida Mijail nunca volvió por Navidad Porque sabemos que el doctor Marañón prescribió que si la pena no se muere, se la mata Pero cómo lograrlo cuando el dolor que produce el recuerdo y la ausencia es endémico de la emigración. Y eso es dentro y fuera del aeropuerto. Ahí mismo, casi a orillas del aeródromo, y sin billete con el que soñar un regreso, otra ecuatoriana, la costurera Rosario Tacuri, se ha transfigurado en paquete postal y estará junto a sus tres niñas, con las que no pasa las Navidades desde hace cuatro años, en forma de regalo. Y también esta noche será al otro lado del teléfono el bálsamo de la adolescencia de su Jessica de 16 años, la confidente de los 13 años de su niña Soraya, y la mamá más guapa del mundo para su pequeña Caty, que sólo tiene 8. Son lo más importante de mi vida. Nadie sabe lo que es vivir con la angustia de saber si estarán bien. Gracias a Dios que mi marido es muy bueno conmi- Juan trabaja por reunirse con su hija Yula Klyusa. Ucraniana Esta noche mi corazón estará con Olga Es la esperanza que brilla en las miradas. Como el mar cristalino y abisal que se asoma a los ojos de la ucraniana Yula Klyusa, un océano a través del que es posible imaginársela, allá en YvanoFrankiuvk, junto a sus seis hermanos con sus mujeres y sus maridos, con todos sus hijos, en torno a la cena preparada por la madre, Katerina, que como antes hiciera la abuela Yula, y aún antes la bisabuela, estaba formada por doce platillos diferentes para esta noche del 24, por supuesto sin carne, y a los postres con pampuski (una especie de buñuelo) un coro de voces desiguales e impetuosas llenaba la casa familiar de villancicos. Para entonces, los fantasmas de los muertos ya habían dado cuenta de la kutyá (trigo con miel y semillas de amapola) que se apartaba para los que ya no estaban, y el grupo, al filo de la medianoche de la Nochebuena, se encaminaba hacia la iglesia; pero eso ya fue después de que Ucrania dejara de pertenecer a la Unión Soviética porque antes, al trabajar de profesora de física en un colegio- -dice esta mujer de 53 años, que en su actual vida española es personal de servicio doméstico- si iba a la iglesia me quedaba sin empleo ¡Con esas a Katerina, que nunca dejó de asistir a los oficios religiosos, y contra la que no pudo ni la URSS! Como con la abuela Yula no pudieron los buenos vinos a la mesa porque no dejaba beber a su descendencia ni gota de alcohol. Luego murió la abuela y después la madre y las Navidades también murieron un poco, pero Yula Klyusa, la nieta e hija, no dejó que se oscureciera entre los suyos la luz de esa víspera que reunía a los vivos y a los muertos en la casa familiar. Y lo que no pudo la pérdida lo consiguió la economía: en septiembre hizo cinco años que Yula vive en Madrid- -más de 130.000 de sus compatriotas habitan en España- el mismo tiempo que no vuelve a casa por Navidad, el lustro en que no comparte pampuske con su hija Olga, que se quedó allí. Por eso esta noche, junto a su marido Vadim y su hijo recién llegado y ya con la amenaza de expulsión sobre su cabeza, junto a los amigos emigrantes, el trigo duro, la miel, las nueces y las semillas de las amapolas volverán a la mesa para saciar la melancolía de sentir a la familia tan lejos, a dos días de autobús por 500 euros... Una locura... Imposible... No se puede... Tal vez algún día... Esta noche mi corazón y mi cabeza estarán con mi hija Olga... con mi niña... Por eso el pasado martes por la noche San Nicolás, que todo lo sabe, le ha traído del país de los hielos un teléfono móvil nuevo. Para que sienta nítidamente el calor de la voz de Olga y la imagine más cerca, a la orilla del mar de sus ojos.