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10- 11 D 7 LOS DOMINGOS DE LE FIGARO CECCARINI pueblo en contra de los aparatos políticos, apoyándose al mismo tiempo en uno, el socialista. Al abolir la distancia entre la cúspide y la base, el populismo enfrenta a las provincias con París, a los pequeños con los grandes, al pueblo con las élites. Este enfrentamiento se resuelve echando mano de un líder carismático. -N. Baverez: No me parece que esté todo tan claro. Es cierto que hay una crisis de la representación. Y también que el éxito de Royal- -dinámica de choque y de velocidad lanzada contra los elefantes y los dogmas del PS- -se ha construido en torno a una imagen y a un gran carisma. Pero hay varias cuestiones que deben ser matizadas. Para empezar, los únicos que se han pronunciado han sido los militantes socialistas. Por ahora se trata de una participación militante que expresa un fuerte deseo de cambio, lo cual explica que la candidata oficial haya dejado de lado tanto el aparato como la ideología del partido. Por otra parte, todo el mundo está de acuerdo en que la doctrina socialista, expresada en el proyecto, resulta caduca y esclerótica. ¿Qué significaría una victoria de Ségolène Royal? -N. B: ¿Puede Royal alcanzar la presidencia? ¿Puede modernizar la izquierda? ¿Puede modernizar Francia? Porque lo que está en juego en las elecciones son los principios, el contenido y el calendario de reformas que se han estado evitando o retrasando desde hace 25 años. Royal no sólo puede ganar, sino que ahora es la favorita, porque se beneficia de una dinámica favorable para la izquierda tras las desastrosas presidencias de Chirac y la división de la derecha. Por otra parte, los votantes de izquierdas votarán en masa en 2007 por la candidata socialista; será un voto útil. Hay muchas más dudas sobre su capacidad de renovar a la izquierda. Como producto puro del miterrandismo, aplica a la perfección la antigua doctrina del ex presidente, según la cual el que deja la ambigüedad sale perdiendo Dicho esto, ¿por qué echarle en cara su populismo, cuando nadie dijo nunca nada sobre el de Mitterrand? Finalmente, parece difícil que vaya a ser la mujer de Estado que ponga en marcha la recuperación de Francia. No le interesa dejar el terreno de los grandes principios o de la democracia de proximidad por arriesgarse a elaborar un proyecto político modernizador. Y en segundo lugar, de darse un debate de fondo, es poco probable que sepa defender claramente una orientación socialdemócrata. -Por lo tanto, ¿pueden las elecciones presidenciales acabar con el divorcio entre Francia y la modernidad? -N. B. No la veo haciéndose responsable de la terapia de choque que Francia necesita. De salir elegida, se inscribirá en el continuismo de las presidencias de Mitterrand y Chirac, en las que el virtuosismo de las maniobras políticas va emparejado con el conservadurismo visceral, que es la raíz del declive francés. ¿De verdad se encuentra Francia en declive? -M. W. Antes que de declive, prefiero hablar de avería o de desestructuración. El modelo francés de integración ha saltado por los No veo a Ségolène haciéndose responsable de la terapia de choque que Francia necesita. Si gana, se inscribirá en el conservadurismo que es la raíz del declive francés (Baverez) El populismo es el símbolo de esta etapa, en la que todo y lo contrario pueden incluirse en un discurso al que no le molestan sus contradicciones internas (Wieviorka) aires, como se vio en los disturbios de 2005, lo que exhorta a los que no quieren ver a que comprendan hasta qué punto se ha degradado el modelo. Estas heridas se condensan en la crisis de representación política, diagnóstico que explica por ejemplo la propuesta de jurados ciudadanos de Royal. ¿Pero crece de verdad la democracia aumentando la democracia deliberativa? Yo creo más bien que este órdago corre el riesgo de simbolizar el paso a una sociedad posdemocrática. Por otra parte, comparto el diagnóstico de Baverez: si se votase mañana, Royal tendría muchas posibilidades de ganar. La derecha es víctima de su desunión; da la impresión de que Chirac hace lo posible para que gane el bando contrario, cuando anima a Michèle AlliotMarie (ministra de Defensa) a que se presente o a Villepin para que luche contra Sarkozy, por no hablar de la hipótesis de su propia candidatura. Es una situación en la que el cinismo llega casi a ser irresponsabilidad. -Se dice que el discurso de Sarkozy es lo bastante de derechas como como para debilitar a Le Pen. Pero éste nunca estuvo tan alto en las encuestas. -M. W. Es imposible no sacar a la luz las inflexiones contradictorias en el discurso de Sarkozy. Un día es liberal y, al siguiente, roza el republicanismo. Esta inestabilidad se debe al avance de Le Pen. Por otra parte, hay encuestas que muestran que el 10 de los votantes de izquierdas hoy votarían por Sarkozy, y que un 4 de los votantes de derechas elegirían a Royal. En seis meses puede ocurrir cualquier cosa. ¿Es obsoleta la división entre izquierda y derecha? -M. W. El programa del PS es izquierdista, a pesar de que Royal ha dejado claro que no lo considera su Biblia. El populismo es el símbolo de esta etapa, en la que todo y lo contrario pueden incluirse en un discurso al que no le molestan sus contradicciones internas. -N. B. Yo, por el contrario, diría que estamos acabando por fin con una serie de mitos y fetiches que ya no tenían ni contenido ni sentido. Decir que una elección presidencial es el encuentro entre un hombre o una mujer y un pueblo es posible cuando se trata de De Gaulle. -M. W. Entre los elementos positivos de la situación actual yo destacaría el fracaso de Fabius, que señala la caída de la vieja izquierda. Pero soy menos optimista que usted. Yo opino que desde que Pierre Mauroy a Julien Dray, los apoyos de Ségolène Royal dentro del PS son en gran parte jerarcas del aparato. Por eso el socialismo francés tiene pocas posibilidades de vivir su propio Bad Godesberg. Los problemas se siguen enfocando desde la organización y de las connivencias, y no de las ideas o los proyectos. La paradoja no carece de relevancia: los dos candidatos principales, a pesar de prometer una ruptura, se ven lastrados por presiones que condicionan todo nuevo comienzo. ¿El acceso de quincuagenarios al poder no es una garantía de modernidad? -N. B. ¿Quién sino los antiguos apparatchiks garantizan la transición en las nuevas democracias? Royal y Sarkozy tienen muchos puntos en común: los dos se han impuesto contra el aparato y los líderes autoproclamados de sus bandos. La mayor víctima de la aventura de Ségolène es sin duda Jospin. En la derecha, Sarkozy utilizó los errores de Chirac para asumir, por primera vez en la historia de la V República, el control del partido del presidente en contra de su voluntad. ¿Serán capaces de pasar a la segunda fase, que consiste en reformar el país? Ésa es la cuestión decisiva. Le Figaro La política no puede arreglarlo todo -El estilo Royal ha dinamitado al PS. ¿Podrá irle igual de bien a escala nacional? -M. W. Royal es un producto del sistema. Ha sido elegida por el aparato del partido, por mucho que se haya enfrentado con él. Soy pesimista sobre su emancipación a corto plazo. El populismo exime de contar con un mandato político claro y, de ser elegida, se daría una especia de cohabitación de carisma personal, posiblemente autoritario en ciertos ámbitos, y de lógicas de aparato con referencias a un proyecto del que le gustaría independizarse. -N. B. No se puede oponer mandato político y mandato personal así de tajantemente. El agitado periodo que ha sido el principio del siglo XXI impone una fuerte capacidad de liderazgo, incluso en las naciones libres. Es normal que esta dimensión figure entre las principales opciones de los ciudadanos. -M. W. No está claro que el declive se deba a un cuarto de siglo de políticas inadecuadas. De ser así, significaría que todos nuestros problemas se podrían resolver con voluntad política. N. B. La política no puede arreglarlo todo. No puede arreglar por sí sola problemas tan complejos como la pérdida de competitividad, el paro estructural, la crisis del sistema educativo y la implosión de los suburbios. Pero sigue siendo un elemento necesario, sobre todo en un país como Francia, debido al peso del Estado.