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4- 5 D 7 LOS DOMINGOS DE Breznev, 100 años Recuerdos del Pleistoceno Cuando se cumple un siglo de su nacimiento, Leónidas Breznev parece una figura antediluviana, pero la irresponsabilidad del personaje y de sus ancianos compinches- -la gerontocracia- -ha tenido una influencia determinante en el errático rumbo de la transición en la nueva Rusia POR ALBERTO SOTILLO iempos aquellos en los que el secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética, Leónidas Breznev, cargado de años y achaques, con demasiadas resacas de vodka a la espalda, acompañado de su corte de ancianos- -Gromiko, Chernienko, Andropov- saludaba a los soldados del Ejército Rojo desde la tribuna del mausoleo en el que reposa la eterna momia de Lenin. Eran los tiempos de la gerontocracia en los que un puñado de vejestorios sin plan alguno de futuro dejaban que se pudriera un Imperio que era como un enfermo terminal que se negaba a reconocer su estado. Hoy, Breznev y sus compinches apenas parecen algo más que unos anacrónicos iconos para grupos de música o artistas pop rusos que se ríen del pasado. En apariencia, aquellos tiempos están definitivamente enterrados. Pero la irresponsable despreocupación con la que Breznev y sus ancianos dejaron que el Imperio se pudriera sin la menor preocupación por el futuro ha tenido también una influencia muy importante sobre el errático rumbo seguido por la Rusia actual. T era Yuri Andropov, después elegido líder supremo del Imperio. Dispuesto a atajar aquel declive, Andropov llamó a su lado a Mijail Gorbachov, un atípico apparatchik convencido de la necesidad de reformar el sistema y, a la vez, un incorregible optimista que no tenía la menor duda de que la URSS podía enmendarse y de que, si lo hacía, daría sopas con ondas al Occidente capitalista. Kagebistas o protegidos del KGB fueron también varios de los jerarcas que acompañarían después a Gorbachov y su perestroika, y destacado entre ellos el que sería su ministro de Exteriores, Eduard Shevardnadze. El KGB, no se olvide, fue decisivo en el fracaso del golpe de Estado contra Gorbachov. Y kagebistas o asociados fueron muchos de los ulteriores capitalistas de la nueva Rusia. Herencia envenenada de Breznev fue su catastrófica invasión de Afganistán. Y herencia también de la gerontocracia es una de las mayores plagas de la nueva Rusia: las redes mafiosas, que hunden sus raíces en el pujante mercado negro, en la picaresca y en la rampante corrupción que crecieron a la sombra de aquel dejar hacer, dejar hundirse de Breznev y compañía. La nueva Rusia ha dado muchas oportunidades a jóvenes con iniciativa. Pero pocos fenómenos ha habido tan deprimentes como observar la facilidad con que viejos apparatchiks kagebistas y mafiosos se convertían en los nuevos rusos dueños del rentable cotarro, durante una transición lastrada por la siembra de aquella irresponsable gerontocracia. Irreformable Porque en una cosa sí eran coherentes aquellos vejestorios. En su convicción de que la URSS era irreformable. Y en que, cada vez que se intentó, todo el tinglado estuvo a punto de saltar por los aires. Esos ancianos fueron quienes apearon del poder al temerario Nikita Jruschov, acusado de voluntarismo Y en cuanto murió el inquieto kagebista Andropov, aprovecharon para frenar todo indicio de voluntarismo para poner al timón al plácido Chernienko- -el más leal compañero de copas de Breznev. Lo malo fue que, pocos meses después, también falleció Chernienko. Y esta vez, el desmoronamiento era tan visible, que a los ancianos no les quedó más remedio que designar al ultraoptimista Gorbachov, a ver si era verdad que él podía enmendar el sistema y convertir a la URSS en faro de la humanidad. No pudo ser. Hoy sabemos que Breznev y su pandilla en una cosa sí tenían razón: la URSS era irreformable. El voluntarista Gorbachov sólo era un iluso. Cuando se para el tiempo En tiempos de la perestroika, el historiador soviético Roy Medvedev contó una confidencia espeluznante: Breznev sufrió a finales de los setenta un derrame cerebral del que se recuperó, pero que le dejó en estado semirrobotizado, con sus facultades ya muy menguadas. Desde entonces, fue como si el tiempo se hubiese parado definitivamente en la URSS. La situación se pudría de día en día. La carne que vendían en las carnicerías no la habría probado ni el más miserable chucho de los países capitalistas. El día en que un comprador soviético podía adquirir en las infames tiendas de la época un rollo de papel higiénico era uno de los más felices de su vida. Y el desmoronamiento del imperio era una descripción tan Breznev, encantado de conocerse a sí mismo, un líder para resistir literal, que el caminante tenía que hacer frente al cotidiano peligro de que no se le cayese encima un cascote de los balcones de los vetustos edificios que se venían abajo. En aquella podredumbre, Breznev levantaba levemente el brazo mientras los soldados del Ejército Rojo gritaban Hurra, hurra... y la gerontocracia se creía las mentiras que inventaba y se hacía la ilusión de que aquel decadente imperio aún podría durar mil años más. El KGB era la única institución informada y de verdad consciente de que aquello se venía abajo. De ahí que el KGB haya tenido un papel tan esencial en una transición, en la que aún sigue jugando un papel de primer orden. El jefe del KGB durante la gerontocracia