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10 12 06 EN PORTADA Evolución De tiranosaurios a bolivarianos Rafael Correa, el último soldado de Chávez para algunos analistas POR CARMEN DE CARLOS, MANUEL M. CASCANTE Y MILAGROS LÓPEZ DE GUEREÑO EPA ordeaban las 0.30 del 5 de octubre de 1988. Augusto Pinochet controlaba la furia de la derrota. Le habían convencido de que el pueblo le quería para siempre. Por esa razón había accedido a jugarse el todo por el todo en una consulta popular que acababa de poner fin a sus días de presidente. En contra de su voluntad y sin llegar a pasar por encima de su cadáver, la transición democrática veía los primeros rayos de un nuevo amanecer en Chile. Adolfo Suárez, en calidad de observador, fue testigo de excepción. ¡Un engaño! -clamó el dictador- ¡Todo fue un engaño! ¡Aquí hay puros traidores, mentirosos! Contra todo pronóstico, Pinochet había perdido el plebiscito con el que quería eternizarse en el poder. Era el principio del fin de una época, la de los dictadores que gobernaban su país como un cuartel. La era de los pronunciamientos, de las juntas militares y los jefes de Estado que no se quitaban el uniforme ni para ponerse el pijama. Algunos de esos dictadores hoy parecen recuerdos del Jurásico, con un pie en el otro mundo, aunque la vocación cuartelera, ultranacionalista y arbitraria está muy lejos de haber desaparecido del continente americano. A primera vista, parecía un milagro que Pinochet pudiera perder un plebiscito en un régimen en el que disponía del monopolio B de los medios de comunicación y que aún gobernaba con el arma inapelable del miedo. Pero éste ha sido uno de esos pocos casos en política en los que el cambio ha sido, más que una reconocida derrota del perdedor, una victoria de una oposición democrática muy bien organizada. Era un cambio que estaba en el espíritu de los tiempos. Error de cálculo En aquellos años el régimen vivía años de gloria con sus éxitos económicos. Las cuentas del país permitían al dictador más emblemático de los años 70 disponer de una coartada perfecta para su Gobierno. El saldo era positivo a sus ojos y a los de Estados Unidos. la potencia que le dio el oxígeno necesario para instalarse en el Palacio de la Moneda. La visita del Papa había reforzado su imagen, al no ser cuestionado por Su Santidad. El militar que derrocó el gobierno constitucional- -y caótico- -de Salvador Allende, en verdad, no tenía ninguna necesidad de someter su futuro a la voluntad del pueblo. Fue aquel un error que Pinochet, hasta el final, hizo amago de corregir siguiendo la máxima del escudo nacional- por la razón o la fuerza pero que fue magistralmente aprovechado por una oposición que había comenzado a desafiar al miedo. Mientras Fidel Castro mantenía firme su bota de acero en la isla, Pinochet, el general al que más de medio mundo recuerda sentado con gafas de gruesa montura de concha y cristales ahumados, cayó frente a un enemigo al que había secuestrado y sometido con los suplicios que recoge el informe sobre de la tortura de Ricardo Lagos. Hablo por quince años de silencio... torturas, asesinatos y violaciones a los derechos humanos El dedo acusador del que posteriormente sería presidente de Chile apuntó a la cámara de televisión y se dirigió a Pinochet: Usted va a tener que responder... Aquella imagen era el preludio de la victoria anunciada de la democracia. Chile es hoy una democracia consolidada- -tanto más consolidada cuanta más justicia se ha reclamado sobre los crímenes el pasado- abierta, estable, alejada de experimentos carismáticos. Pero no se puede decir lo mismo de otros países del continente. El fenómeno que se impone ahora es el del chavismo bolivariano. Es un fenómeno que no se puede equiparar con el autoritarismo Se teme que Venezuela camine hacia un socialismo fundado sobre el principio de un líder, un partido y una ideología cada vez más alejado de Occidente