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12- 13 D 7 LOS DOMINGOS DE tro esclavos moros, un holandés y tres españoles condenados a remar en galeras- -para echar sus cuerpos al mar y poner a corsarios en los grilletes vacantes. Otra media docena de galeotes heridos y de aspecto miserable, tumbados entre lamentos sobre sus bancos ensangrentados y con las calcetas y manillas puestas, esperaba a ser atendida por el barbero, que hacía a bordo las funciones de sangrador y cirujano. Cualquier herida, por terrible que fuera, la trataba éste con vinagre y sal, a usanza de galera. Los ojos de Diego Alatriste dieron en los del capitán Urdemalas. -Dos de los moriscos son jóvenes- -dijo. Era cierto. Los había visto al tiempo que caía herido el arráez: dos chiquillos acurrucados entre los bancos de popa, intentando hurtar el cuerpo al acero. Él mismo los había puesto aparte, salvándolos del degüello. Urdemalas torció el gesto, un punto desabrido. ¿Cuánto de jóvenes? -Lo suficiente. ¿Nacidos en España? -Ni idea. ¿Tajados? -Supongo. El marino masculló con fastidio un juro a mí y un pese a tal, mirando pensativo a su interlocutor. Luego se volvió a medias al sargento Albaladejo. -Ocúpese vuesamerced, señor sargento. Que les miren el vello... Si tienen pelo en los aparejos, tienen cuello para el cabo de Palos, como hay Dios. Y si no, al remo. Albaladejo se fue también por la crujía, camino de la galeota, a desgana. Bajarles los zaragüelles a dos muchachos para ver si salían hombres ahorcables o carne de remo, no era su ocupación favorita. Pero iba en el sueldo. Por su parte, el capitán de galera seguía observando a Diego Alatriste. Lo encaraba otra vez, inquisitivo, como preguntándose si sus reticencias sobre los dos jóvenes cautivos respondían a algo más que al sentido común. Muchachos o no, nacidos en España o fuera de ella- -los últimos moriscos, murcianos del valle de Ricote, habían salido hacia el año catorce- para Urdemalas, como para la mayor parte de los españoles, la compasión estaba fuera de lugar. Sólo dos meses atrás, durante un desembarco en la costa de Almería, los corsarios se habían llevado esclavos a setenta y cuatro hombres, mujeres y niños de un mismo pueblo, tras ponerlo a saco y crucificar al alcalde y a once vecinos cuyos nombres traían en una lista. Una mujer que pudo esconderse afirmó después que varios de los asaltantes eran moriscos, antiguos moradores del lugar. Y es que todo el mundo tenía asuntos que ajustar en aquella turbulenta frontera mediterránea, encrucijada de razas, lenguas y viejos odios. En el caso de los moriscos, gente plática en las caletas, aguadas y caminos de una tierra a la que regresaban para vengarse, jugaba a su favor la ventaja que Miguel de Cervantes -que de corsarios sabía mucho, por soldado y por cautivo- -había señalado poco tiempo atrás en Los tratos de Argel: Nací y crecí, cual dije, en esta tierra, y sé bien sus entradas y salidas y la parte mejor de hacerle guerra. -Vuesamerced anduvo por allí, ¿verdad? inquirió Urdemalas- El año nueve, en lo de Valencia. Asintió Alatriste. Pocos secretos se guardaban en el estrecho espacio de una nave. Urdemalas y él tenían amigos comunes, era soldado aventajado y cumplía a bordo funciones de cabo de tropa. El marino y el veterano se respetaban, pero cada uno hacía rancho aparte. -Cuentan- -prosiguió el capitán de galera- -que ayudasteis a reprimir a esa gentuza... A los que se echaron al monte. -Ayudé- -respondió Alatriste. Era un modo de resumirlo, se dijo. Las batidas montaña arriba, entre las peñas, sudando bajo el sol. Las partidas de rebeldes emboscados, los golpes de mano, las represalias, las matanzas. Crueldad por ambos bandos, y la pobre gente cristiana o morisca cogida Los moriscos habían sido expulsados de España 18 años antes, después de muchas sangrientas revueltas, sospechas, falsas conversiones, traiciones y turbulencias en medio y pagando la loza rota, como siempre. Violaciones y asesinatos impunes, todo a cuenta de lo mismo. Y luego, aquellas filas de infelices marchando por los caminos, obligados a dejar sus casas y malvender cuanto no podían llevar consigo, vejados, saqueados por los campesinos o por los mismos soldados- -no pocos desertaron para robarles- -que los conducían a las naves y al exilio. -Por mi honra- -el capitán Urdemalas sonreía, avieso- -que no parecéis muy orgulloso del servicio hecho a Dios y al rey. Alatriste miró con fijeza a su interlocutor. Luego se llevó dos dedos de la mano izquierda al mostacho, atusándolo despacio. ¿Se refiere a lo de hoy, señor capitán de galera, o a lo del año nueve? Había hablado muy claro y muy frío, casi en voz baja. Urdemalas cambió una mirada incómoda con el alférez Muelas, el piloto y el otro cabo de tropa. -Nada tengo que objetar a lo de hoy- -repuso en tono diferente, mirándolo como si le contase las cicatrices de la cara- Con diez como vuesamerced tomaba yo Argel en una noche. Sólo que... Sordo al elogio, Alatriste seguía atusándose el mostacho. -Sólo que, ¿qué? -Bueno- -Urdemalas encogió los hombros- Aquí nos conocemos todos. Cuentan que no quedasteis contento en lo de Valencia... Y que os mudasteis con vuestra espada a otra parte. ¿Y tenéis alguna opinión personal sobre eso, señor capitán?