Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
3 12 06 CLAVES DE ACTUALIDAD Tijuana Chacales y clandestinos (Viene de la página anterior) atrás! Se refería a su otra abuela, a sus tíos, a sus amigos... Si conseguía cruzar la frontera y reunirse con sus padres, nunca volvería a ver a sus demás familiares y amigos en Ciudad de México. Es el precio que pagan los ilegales por escapar del país. Volver de visita supone jugarse de nuevo la vida y pagar miles de dólares. Papeles falsos Los 4.000 dólares que la Hacienda estadounidense le ha devuelto a Juan, que trabaja en una fábrica con papeles falsos, pagarán el viaje de los niños. Hasta los 15 años les basta con un falso certificado de nacimiento, y de eso se encargan los coyotes que les pasarán a EE. UU. A los adultos les cobran el doble, porque falsificar pasaportes es más arriesgado. Aquí a cada rato se extravían pasaportes y papeles dice irónico René, el pariente de Susana que les albergará durante la espera en Tijuana. Vienen muchos americanos que entre el tequila, la revolución y Viva Zapata ya ni saben ni dónde llevaban los papeles Sus documentos acaban en manos de los traficantes de vidas y drogas que habitan en esta puerta del desierto. El centro de Tijuana no está en medio de la ciudad, sino pegado a la verja que separa México de EE. UU. En esas primeras calles se agolpan prostitutas, burdeles, coyotes al acecho de clientes a los que sacarles hasta el último peso, y narcos con sus ajusticiamientos, que dejan el cadáver desmigajado entre Ensenada y Sonora. Trabajo no falta dice René, Aquí el que no trabaja es porque no quiere Los muchos que se quedan sin el sueño americano y con los bolsillos vacíos entran como jornaleros en alguna de las fábricas de ensamblaje que los estadounidenses montan en el lado más barato de la frontera y cuelgan su casa en los cerros enjalonados de chabolas. Y allí donde se acaba el asfalto y las calles no tienen nombre es donde vive René. Han sido 45 minutos desde el aeropuerto, la mayor parte del camino serpenteando carriles de terracería que surcan los cerros como cremalleras de miseria. Los perros se esconden del sol plomizo debajo de los coches y los niños escapan de las chapas recalentadas de sus casas. En la puerta de la calle sin nombre hay un buzón, pero René aclara que el cartero no pasa. Por aquí no pasa más que la patrulla pa cobrar -se ríe- -y el que trae la factura del teléfono Ése es el único servicio que tienen. No hay alcantarillas ni desagües. Una letrina en el terraplén y un cable de luz robado que cuel- ga de una casa a otra, medio pelado por tramos. Bienvenida a mi humilde casa dice René azorado. Así que los dos niños acaban frente a uno de esos tugurios de putas y ancianas polleras de esas expertas en el paso de la frontera, donde se albergan también su abuela y esta periodista. Hay un cartel que dice Se cuidan niños una coartada perfecta para disculpar la presencia esporádica de pequeños camino de reunirse con sus padres en la otra California. ¿Y qué tal si la pinche vieja se nos roba? le preguntó Luis a su abuela antes de que se lo llevara la pollera ¡No digas bobadas! le atajó asustada su hermana, como si temiera que expresar los temores en voz alta contribuyese a convertirlos en realidad. Los que no llegan a entrar en EE. UU. se contratan como jornaleros en las fábricas de ensamblaje que los estadounidenses montan en el lado más barato de la frontera Nadie quiere hablar de ello, pero las posibilidades pasan por la mente de todos. El tráfico de niños para explotación sexual o incluso para venta de órganos no es ningún disparate en Tijuana. Por eso cuando la señora que viene a recogerlos comenta lo guapos que están estos niños a su abuela le da un salto el corazón. Intenta atar en corto la vigilancia, con el ruego de poder seguirlos en el coche hasta que vayan a pasar la frontera, pero su celo despierta otros temores. Si andan detrás nuestra nos van a chingar, que aquí en Tijuana hay que andarse con mucho cuidado El pacto final es que la abuela y esta periodista, que nunca revela su profesión, esperen en el burdel de enfrente. El tiempo que tarden en salir, dicen, dependerá de lo que tarden en aprenderse su nueva identidad, la dirección en California y todos los detalles de su falsa vida. La señora duda a la hora de dar su teléfono. No, mejor llamen a mi comadre Cristina, en Varias cruces se alinean irregularmente en la valla que separa a México de EE. UU. una frontera en la que ha Los Ángeles, para que les diga cómo van las cosas, que es muy celosa y luego se cree que le estoy tratando de quitar los clientes La fachada de su comadre Cristina es una tienda de ropa en Los Ángeles, desde la que regenta una red de mujeres que cruzan a los niños en coches con matrícula de California. Lo que no cuentan es que la que tiene que pasar a Luis y Geraldine se encuentra en ese momento en la cárcel. Están tan acostumbradas a entrar y salir de prisión, que ya le tienen preparado el siguiente encargo. Un día y una noche en el burdel desatan las sospechas. Oigan, ¿a qué vinieron al hotel? Un helor en la sangre. Afortunadamente, él mismo proporciona la excusa. ¿No estarían esperando para cruzar la línea? Eso mismo, de- Luis y Geraldine, protagonistas de la odisea M. G.