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12- 13 D 7 LOS DOMINGOS DE no con tornillos, sino con cemento y me habían advertido que no serían eternas. Fueron como abriendo surcos y las prótesis de titanio amenazaban con llegar a la pelvis. Han durado más de lo previsto: 22 años que he aprovechado todo lo que he podido. Me han permitido viajar por toda Europa, con mis amigos y en mi coche, y hasta cumplir el sueño de volar a las Seychelles. Por eso, la noticia me dejó helada. Otra vez me habían vuelto a dar jaque mate. Como única solución me ofrecían intentarlo para, posiblemente, terminar haciendo una especie de anclaje de las caderas. Me veía basculando como un tiovivo y, como futuro cercano, una silla de ruedas. Después de haber luchado tanto te dicen que el siguiente premio es una silla de ruedas, que prácticamente no te podrás mover. Me negué en redondo. Para colmo, no hay tiempo que perder: las prótesis se han salido del cotilo, de su estuche, y amenazan con romper la pelvis Solución pavorosa Mi médico me dijo que las condiciones físicas eran muy malas y la operación sería arriesgada. Una solución pavorosa. Le pregunté si no había algún sitio en el que me pudieran dar garantías de que seguiría andando. Me hablaron de Miguel Ángel Cabanela, de la clínica Mayo en Rochester, Estados Unidos, que opera casos muy difíciles. Fue toda una aventura: localizarle e irme a Minesota. Las dudas, y así me lo hizo saber, eran dos: qué nos íbamos a encontrar al abrir la cadera no sabemos cómo están sus huesos y el dinero ¿tiene el dinero para pagar la intervención? Le contesté que pese a lo que pueda costar lo que estaba en juego era que pudiera seguir andando. Cada cadera me salió por diez millones de las antiguas pesetas. ¿Qué persona que viva de su trabajo puede disponer de veinte millones en un año? Pero la contrapartida era olvidarse de caminar. Gracias a unos terrenos que había en Ávila y que me dejó mi madre pude operarme y prescindir de ampliar el apartamento de 50 metros en el que vivo para que una persona pueda quedarse a dormir conmigo y ayudarme el día de mañana. Funcionaria del Estado con una oposición que nadie me ha regalado, nunca he dejado de trabajar a pesar de que el Inserso me concedió más de un 80 por ciento en el grado de minusvalía (creo que, quitando el cerebro, debían pensar que no me funcionaba nada) y a pesar de todo la Muface me ha negado toda ayuda para costearme la operación de las dos caderas con anclaje de tantalio que me permitirán seguir en pie Caridad Vasco, poco antes de volver a Estados Unidos para el segundo implante de tantalio en la cadera que me ha acompañado es que, sin ser culpable de nada, tenía que pedir perdón por pedir ayuda. por interferir, por no poder ir al ritmo de los demás. Desde que vi cómo los otro niños me imitaban supe que mi vida iba a ser difícil. Pero la misma estrategia que seguí con ellos me sirvió cuando me hice profesora de latín y griego: exagerar el primer día, tirar la tiza 40 veces al suelo, para que rían todo de una vez. A los pocos días ya te aceptan y nadie se burla por rarita que te vean. Siempre he tenido clara la teoría del surco: vivir la vida a fondo y si sufro, aunque no me lo haya buscado, sufro a tope; y si disfruto, disfrutar al máximo. Creo que la vida se ha propuesto jugar una partida de ajedrez conmigo, quizás porque imaginaba que iba a ser una buena contrincante. Así ha ido avanzando peones, fastidiándome desde niña. Me quita la cortisona, me deforma las articulaciones, me causa una septicemia, un sinfín de tratamientos y operaciones de rodillas y caderas... Y cuando había terminado la carrera, casi me deja ciega. Una cadena de jaques mates a esquivar hasta que vuelvo a controlar la partida Cuando murió mi madre, se resquebrajó mi fe y empecé a pensar que quizás, como se dice en El mono desnudo de Desmond Morris, el hombre no sea más que una especie animal que se cree superior. Si existiera Dios habría que presentarle una carta de reclamación. Me encantaría creer, pero tengo todas las dudas del mundo. Yo no voy a tirar la toalla, pero si la existencia se volviera insoportablemente dura creo que la salida digna sería marcharse sin hacer ruido. Cuando me levanto cada mañana lo primero que me pregunto es ¿voy a ver, voy a tener un ataque, voy a salir adelante? Fue en noviembre de 2004 cuando, durante una revisión en el Ramón y Cajal, descubrieron que había que cambiar de inmediato las dos caderas. Me las habían unido