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19 11 06 CLAVES DE ACTUALIDAD No al jaque mate El coraje de Caridad Vasco La vida ha sido implacable con esta mujer de aspecto frágil, pero espíritu de hierro. Licenciada en clásicas y número uno de su oposición, la Muface se niega a reintegrarle ni un céntimo de los 20 millones de pesetas que le costó operarse en EE UU para no acabar en una silla de ruedas TEXTO: ALFONSO ARMADA FOTOS: CORINA ARRANZ nferma prácticamente desde que nació, hasta mucho más tarde no le diagnosticaron el mal de Still (artritis idiopática juvenil poliarticular) que le ha carcomido las articulaciones y obligado a complejísimas operaciones de caderas. Pero Caridad Vasco (Madrid, 1954) se ha negado a rendirse y sostiene una lucha a brazo partido con una existencia plagada de jaques mates. A punto de perder la vista y con graves dificultades motoras, con dolores constantes, una larga cadena de quirófanos, siempre sacó espléndidas notas y aprendió a reírse de su aspecto para ganarse a los otros. Estudió Filología Clásica y sacó el número uno en las oposiciones a profesora agregada de latín, aunque el tribunal se lo intentó revocar por sus limitaciones físicas. Sin embargo, lleva 25 años en la enseñanza. El deterioro imparable de las caderas de titanio con cemento que le habían implantado hace más de dos décadas la puso en un brete dramático. En el hospital Ramón y Cajal le ofrecían pocas garantías de que la operación fuera a salir bien y le sugirieron que se dirigiera al mayor experto mundial en cirugía ortopédica, el doctor Miguel Ángel Cabanela, de la clínica Mayo en Rochester, EE. UU. En un año se tuvo que pagar de su bolsillo las dos arriesgadas intervenciones quirúrgicas: 20 millones de pesetas. La Muface (Mutualidad General de Funcionarios Civiles del Estado) se escuda en que podía haberse operado en España para no reintegrarle ni un céntimo. Pero Caridad Vasco no se rinde, exige justicia mientras sigue decidida a plantarle cara a las jugarretas que la vida le presenta. Empiezo mi historia como si fuera un cuento de hadas, aunque es todo lo contrario. Nací de un parto normal, pero no ganaba peso. A los dos años comenzó a hinchárseme la rodilla izquierda. Ahí se inician mis recuerdos. Antes debí tener la vida de un niño E normal, pero pronto tomé conciencia de que yo era distinta. Aunque mis padres no tenía casi dinero (mi padre terminó la carrera de abogado cuando nació la quinta hermana y mi madre, licenciada en Filosofía y Letras, nunca ejerció) empezaron la ronda de médicos: uno propuso que me quitaran la rodilla, otro que me extirparan el bazo, otro dijo que moriría pronto... Los dolores no me dejaban dormir y decidieron darme cortisona. Me hicieron transfusiones de sangre de mi padre, me escayolaron la pierna y empeoré: se me olvidó andar. Hasta los dos años me llamaron Jeremías, porque no paraba de llorar, pero también Princesa de los Ursinos, porque era una niña bastante bonita. Ahora ni Princesa de los Ursinos ni nada. Siempre he querido ser normal, aunque me doliera todo. Aprendí a leer muy pronto, y eso me abrió las puertas a otro mundo. Antes de los diez años había devorado los clásicos. Gracias a los libros Los niños son muy crueles. Todo aquel que es distinto es objeto de burla. Ahí me di cuenta, porque yo no quería ser una niña distinta, que había que venderse aprendí a ser imaginativa. El hecho de tener otra vida y de leer sin cesar me proporcionó otra mentalidad y madurar antes de tiempo. Comenzó una época que duró hasta COU: los niños son muy crueles. Todo aquel que es distinto, psíquica o físicamente, es objeto de burla. Yo hacía como que no me llegaban las puyas. Ahí me di cuenta, porque yo no quería ser una niña distinta. Si quería ser aceptada tenía que ganármelos Aprendí pronto a reírme de mí misma. Si me burlaba de mi forma de moverme lograba que los demás se rieran conmigo, no de mí. Además, como sacaba muy buenas notas, supe hacerme valer: les hacía los trabajos, les ayudaba, les animaba si tenían problemas, era su amiga. En la adolescencia soportaba el dolor gracias a la cortisona. Por eso, cuando a los 14 años me la quitaron, tuve uno de esos jaques mates de los que pensé que no saldría airosa. Gracias a mis calificaciones conseguí una beca. Pero nunca dejé de preguntarme qué sentido tenía la vida, qué es lo que se espera de mí, cuándo iba a acabar aquello. ¿Se acabaría y sería una chica normal, bonita, y todo lo pasado resultaría al final una prueba, una pesadilla? La impresión