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24- 25 D 7 LOS DOMINGOS DE El zoco de la Calle Recta es el de verdad, el menos turístico, donde compra la gente de la ciudad los productos más variopintos para la casa a precios de mercado Damasco La ciudad de los zocos Del impresionante y turístico Al- Hamidiyya al histórico y cotidiano de la Calle Recta, la capital se vende en cada uno de los miles de puestos que inundan las callejuelas de su Ciudad Vieja TEXTO Y FOTO: MIKEL AYESTARÁN A la falta de turistas hay que sumar que se ha producido un relevo en las oficinas de la ONU y han llegado multitud de funcionarios pakistaníes e indios, y muchos de los productos que vendemos vienen de sus países, por lo que el cambio no ha sido rentable lamenta Jalid. En la Calle Recta En el zoco de la Calle Recta no hay bóveda parisina y los coches pueden circular en medio de la marabunta. Es el de verdad, en el que compran los ciudadanos locales los productos habituales, y donde los precios son los que marca el mercado. Sin el esplendor, limpieza y armonía de Hamidiyya, tiene el encanto de poder asistir a la venta del famoso algodón sirio (treinta céntimos de euro el kilo) comprar safflower (tres euros por un tarro de dos gramos) el azafrán nacional de menor calidad y más barato que el iraní, pastillas de jabón natural de Alepo (40 céntimos) o café de Colombia (a cinco euros el kilo) Jayyatin, el zoco de los sastres, al- Bzouriya de semillas, al- Attarind, especias y café, As- Silah, de plata y oro... y si aún quedan fuerzas, se puede caminar hasta la zona cristiana y adentrarse en la calle Bab Sharqi para comprar una caja artística, un ajedrez o un mueble damasquinado. La ciudad que presume de ser la capital habitada más antigua del mundo, también puede alardear de ofrecer la gama de zocos más variada de Oriente Próximo. R egatear, regatear y regatear. Es la máxima antes de salir de casa rumbo a la Ciudad Vieja. Allí se encuentra uno de los máximos reclamos turísticos de la capital, la mezquita Omeya, y rodeando al templo, un sinfín de callejones y galerías en los que se reparten los zocos de la ciudad. Imposible acercarse a la mezquita sin picar, imposible dar un paso sin detenerse ante un escaparate imposible no dejarse llevar por la masa que abarrota el lugar, pero que se mueve en perfecta armonía, sin generar atascos humanos. Damasco de compras no agota como El Cairo, no deja indiferente como Teherán ni agobia como Estambul. Aquí el turista, rara avis debido a las guerras en sus vecinos Irak y Líbano, puede ca- minar en paz sin que le llamen cada cinco minutos en diferentes idiomas para ofrecerle los mejores precios del mundo. De hecho, es posible pasar una tarde entera de zoco en zoco sin abrir la boca, o llegar a una tienda de antigüedades y toparse con un vendedor anciano que sólo habla árabe y no hace el menor esfuerzo por comunicarse. Eso sí, en el momento en que se localiza una presa y se da precio por ella, hay que estar dispuesto a llegar hasta la compra final. Cada uno emplea sus tácticas, pero al final, y pese a obtener Damasco de compras no agota como El Cairo, no deja indiferente como Teherán ni agobia como Estambul. Aquí el turista camina en paz sin que lo acosen cada cinco minutos rebajas del cincuenta por ciento sobre el precio inicial, el vendedor siempre sale ganando. El zoco de Al- Hamidiyya es una meca para turistas, empleados de embajadas y funcionarios de Naciones Unidas. Una cubierta alta de acero, al estilo de una galería parisina, cubre los negocios familiares de souvenirs, al principio, ropa barata, después, y coranes y rosarios al final, justo a la llegada a la mezquita Omeya y bajo los restos de la puerta del templo dedicado a Júpiter. Desde hace cinco años hay cada vez menos europeos y americanos, sólo árabes y más árabes y ellos saben, como nosotros, que para comprar es mejor salir de esta parte del zoco asegura Jalid, vendedor de textiles en una de las primeras tiendas de Al- Hamidiyya.