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6- 7 D 7 LOS DOMINGOS DE obsesión era alejarme de aquel lugar. ¿Quién me diría que horas después de subir a un camión que me llevaba a la muerte, podría emprender otro viaje de regreso a la vida? Cuando amaneció me escondí entre unos matorrales y así permanecí todo el día, desfallecido, hambriento, sediento y con miedo. Intenté poner mis ideas en orden. Tengo que volver a Madrid, me dije, y cuando anocheció emprendí el camino de regreso. Toda la noche caminando, con frío, con dolor, casi sin fuerzas. Volvió a amanecer y me volví a esconder. Cuando anocheció de nuevo, reemprendí la marcha hasta llegar a las barricadas de Canillejas. Era mi tercer día de caminata. Mi primer problema fue burlar los controles, y el segundo orientarme. Los bombardeos y combates habían desfigurado la ciudad... Por fin llegué a la calle Leganitos, donde vivíamos, y vi mi casa destruida por una bomba. En ese momento pensé tirarme bajo las ruedas del primer coche que pasase, ya no podía más. Pero una vez más el destino me abrió los brazos. ¿Ricardito, qué te han hecho? Era la voz de una vecina que me reconoció. Tu madre está en los bajos del cine Capitol, en un refugio de los guardias de asalto. Con las pocas fuerzas que me quedaban fui hacia allí. La vista se me nublaba, las heridas me dolían, había perdido mucha sangre y me faltaban fuerzas. Abrí la puerta del refugio y vi, al pie de una escalera, a mi madre llorando... En la cárcel le habían dicho que había sido fusilado. Al oír la puerta miró, me vio, sus ojos se abrieron y gritó ¡hijo! No pude más, y caí rodando. Sin odio A los tres días recobré el conocimiento, sentía dolor, pero me encontraba mucho mejor. Los refugiados que estaban allí me quitaron la bala de la boca y me alimentaron como pudieron. Después, un guardia de asalto me facilitó un mono, un carné de la C. N. T. y una pistola: Toma- -me dijo- defiéndete como puedas y guarda la última bala para ti Volví a tomar contacto con los míos en Madrid y me pasé al frente nacional por la Universitaria. Primero estuve en el servicio de espionaje y luego en unidades de combate. Ésta es mi historia Una historia contada una fría mañana de enero, junto a lo que en pura lógica debía ser su tumba. Al pie de la cruz de granito hay una inscripción: José Cousiños. 2- XII- 36 Como no sé dónde cayó mi amigo he elegido el que debería ser mi sitio para él Ricardo Rambal, abogado, 55 años, cuenta la historia; se emociona, pero no odia. Es de agradecer. Ricardo Rambal junto a la cruz levantada en recuerdo de un íntimo amigo fusilado el 2 de diciembre de 1936 ron ropa- -antes nos la habían quitado- -y nos dejaron pasear. Pero no nos daban ni de comer ni de beber y los milicianos, para divertirse, nos tiraban trozos de pan desde las garitas. Ya se puede imaginar los saltos que dábamos para cogerlos. Pronto se presentaría otra novedad: las sacas de presos. En septiembre y octubre las hicieron sin listas, a dedo. Debieron de ser los ejecutados en la Casa de Campo y otros lugares de Madrid Y llega noviembre. A mí me trasladan en un autobús de dos pisos, junto con otros presos, a la prisión de San Antón. Algunos hablaban de libertad y de juicios justos, eran optimistas. En efecto, hubo juicios. Recuerdo que el día que me juzgaron no había luz y el Tribunal se alumbraba con una vela, lo que daba un aspecto más fantasmagórico a la escena. Me preguntaron, contesté, y dictaron sentencia favorable: Está usted libre me dijeron, y pusieron un punto rojo junto a mi nombre. A estas alturas todos sabíamos lo que significaba. Volví a mi celda y abracé a mi amigo Cousiños, un abogado, íntimo amigo mío. Sabíamos los dos que era nuestro último abrazo. Al día siguiente, ya anochecido, me llaman por lista y me suben a un camión. Todos íbamos muy serios, con un nudo en la garganta. Algunos fumaban muy deprisa un cigarro regalado o robado. Sabíamos que nos quedaba de vida lo que los camiones tardasen en llegar a Paracuellos. Luego, después del fusilamiento, cuando desperté y salí corriendo; era noche cerrada. Mi única Aquí me fusilaron hace cuarenta años Ricardo Rambal Madueño, abogado, de 55 años, cuenta su historia; se emociona, pero no odia. Es de agradecer