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12 11 06 EN PORTADA TESTIMONIO DE RICARDO RAMBAL, SUPERVIVIENTE El frío de la muerte me despertó No nos mueve el odio, sino el perdón y el olvido afirmaba ABC en su portada del 16 de enero de 1977, al anunciar el testimonio de Ricardo Rambal, detenido y fusilado sin juicio ni más acusación que su pertenencia a Falange, pero quien sobrevivió milagrosamente a la matanza de Paracuellos. Documento que debe formar parte también de nuestra memoria colectiva TEXTO: MIGUEL ÁNGEL NIETO FOTOS: S. BERMEJO Y L. RAMÍREZ R Portada de ABC del 16 de enero de 1977 en la que anuncia el testimonio de Ricardo Rambal icardo Rambal, abogado, de 55 años, abraza una sencilla cruz de granito y hace un gesto para evitar la emoción: Aquí me fusilaron hace cuarenta años. Yo era un chaval de quince En el cementerio de Paracuellos hace mucho frío, quizá tanto como aquella noche del 28 de noviembre de 1936, cuando el señor Rambal, entonces Ricardito para todos, fue llevado a trompicones hacia el borde de una fosa común junto a otros presos políticos de la cárcel de San Antón. Frente a ellos un grupo de hombres con pistolas, fusiles y escopetas de caza dispuestos a matar. Unos obligados, otros voluntarios. Hacía frío, pero, créame, que no lo notábamos. Llevábamos la ropa interior y el mono de la prisión, nada más, pero no notábamos el frío. El miedo era la sensación más fuerte, no había lugar para sentir nada más No habían recorrido ni 50 metros desde que fueron bajados de los camiones... Algunos de nuestros compañeros llevaban las manos atadas Una descarga. Luego una detonación, otra, una nueva descarga... Yo, además, tenía una herida en la pierna. Me la había hecho un miliciano en la prisión cuando intentaba robar una hogaza de paz. Me clavó el machete, pero no me quitó la hogaza Tiempo para una oración, un recuerdo y cuerpos que caen retorcidos, gritos, gemidos... Con nosotros estaba Muñoz Seca: lo mataron esa noche Más detonaciones, más disparos, más gritos. Y silencio. Silencio de muerte. Desde el pueblo de Paracuellos se escuchaban detonaciones casi todas las noches... y luego, los vecinos también notaban el silencio de la muerte. Un testigo presencial hubiese quedado paralizado al ver que uno de los cuerpos, aparentemente sin vida, de los asesinados en esa tanda comenzaba a moverse. No sabía dónde estaba ni qué me había pasado. Serían las doce de la noche cuando abrí de nuevo los ojos. Me dolía una pierna, el estómago y la boca. Sangraba, sangraba mucho. Sin moverme del lugar en el que había caído palpé el terreno con ambas manos. El frío de los muertos me hizo reaccionar. ¡Qué escena... Cuerpos y cuerpos sin vida, amontonados, ensangrentados, algunos terriblemente desfigurados. Me puse de pie, dudé décimas de segundo y salí corriendo despavorido. Creo que no grité porque tenía un intenso dolor en la boca. Luego me daría cuenta, horas más tarde, de que tenía una bala incrustada en el paladar. Era el tiro de gracia que me había entrado por la barbilla, pero afortunadamente el proyectil se quedó en la boca De madrugada, como todos los días que seguían a una ejecución, llegarían los enterradores, despojarían a los cadáveres de lo poco de valor que conservasen y les echarían tierra encima. Nadie notó la falta de uno de ellos. Oficialmente, don Ricardo Rambal Madueño, falangista, había sido fusilado en Paracuellos la noche del 28 de noviembre de 1936. Fui detenido el 4 de junio por ser militante de Falange. Sin más acusación, sin juicio previo, sin más diligencias, pasé a la Cárcel Modelo. Allí me encontré con grandes amigos, entre ellos el propio José Antonio. Los primeros momentos en la cárcel no fueron los peores. Todavía estábamos vigilados por oficiales de prisiones y la vida era, dentro de lo que cabe en una prisión, bastante normal. Pero estalló el Alzamiento y las cosas comenzaron a endurecerse: de presos políticos pasamos a ser prisioneros de guerra. El 22 de agosto desaparecieron los oficiales de prisiones y la cárcel fue tomada por los milicianos. Pertenecían al grupo de ferrocarriles y estaban al mando de uno al que llamaban Papá pistolas Ese día, muy temprano, nos hicieron salir al patio a esperar órdenes. Cuando más confiados estábamos, unas ametralladoras, instaladas en unas casas del paseo de Moret, comenzaron a dispararnos. Cayeron muchos, pues nos cogieron por sorpresa. Ametrallados Yo corrí a refugiarme a un muro con otro grupo de presos. En ese instante abrieron las celdas de los comunes, para dejarles en libertad, y las ametralladoras dejaron de disparar. Corrimos a refugiarnos en nuestra galería. Algunos de los comunes, antes de marcharse, prendieron fuego a la prisión. La panadería, que estaba debajo de la entrada a nuestra galería, fue la dependencia más afectada, hasta el punto de hundirse el techo y dejarnos aislados del exterior. Eso nos salvó. Una vez desescombrada la puerta de la galería entraron los milicianos: Os habéis salvado por los pelos- -nos dijeron- pero os vamos a juzgar a todos Al día siguiente entraron unos milicianos a la galería y señalaron a unos cuantos: Venir, que os vamos a juzgar El primero en salir fue un comisario de Policía, Martín Bárdenas. Poco después escuchamos una descarga y nunca más volvimos a verle. El segundo fue Enrique Matorras, que había abjurado del comunismo con su libro El comunismo en España En aquellos días cayeron Melquiades Álvarez y otros Cesaron los juicios Dos días después fuimos sacados de nuevo al patio. Nuestras miradas se agudizaban para intentar descubrir los cañones de las ametralladoras; el recuerdo del 22 lo teníamos muy vivo. En esta ocasión no intentaron matarnos. Nos die- El 22 de agosto desaparecieron los oficiales de prisiones. La cárcel fue tomada por milicianos de ferrocarriles al mando de uno al que llamaban Papá pistolas Sentía un intenso dolor. Luego me daría cuenta de que tenía una bala en el paladar. Era el tiro de gracia que entró por la barbilla, pero se quedó en la boca