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4- 5 D 7 LOS DOMINGOS DE Lápida conmemorativa en Oviedo de los republicanos ejecutados en la guerra. Víctimas también de la irracionalidad fratricida REUTERS BRUTALIDAD DE LA GUERRA Ninguno de los bandos estaba preparado moral ni materialmente para una contienda bélica a gran escala, lo que atizó una crueldad que resultó incontenible en el verano y otoño del 36 evilla, Badajoz, Cárcel Modelo, Paracuellos, checas, Guernica, Albatera... tantos nombres para el recuerdo de un conflicto donde la brutalidad (paseos, sacas, profanaciones, fusilamientos sin juicio, bombardeos terroristas, torturas, violaciones, campos de concentración... resultó característica de ambos bandos. La terrible plasticidad de la violencia centró la actividad de los propagandistas primero y de los estudiosos más tarde. Se pasó de la descalificación moral del adversario y la depuración de responsabilidades al recuento de víctimas y al análisis de los mecanismos formales de la represión. Todo ello en medio de un ambiente polémico que dificultó la búsqueda ecuánime de los motivos para tal ausencia de límites en el uso de la fuerza. Desde hace décadas, los historiadores han tratado de buscar las razones que explicarían la violencia extrema de la Guerra Civil. La historiografía franquista y neofranquista ha designado a la violencia política, especialmente la que se manifestó desde la revolución de octubre de 1934, como principal circunstancia desencadenante del conflicto y de su carga destructiva, que no era sino la traslación a una guerra gran escala la iniciaron los sublevados al provocar la división de las fuerzas coactivas del Estado y generar un peligroso vacío de poder que abrió el camino a unos modos de violencia que ayudaron a la definición de los dos bandos. Ante la extrema atomización del poder político suscitada por la quiebra del Estado republicano, la violencia represiva se transformó en el instrumento fundamental que utilizaron los diversos contrapoderes revolucionarios para obtener el control político de la retaguardia. Los estudios sobre la psicología de los combatientes en guerras prolongadas sugieren que la brutalidad requiere de un marco de tolerancia por parte de las autoridades y del alejamiento anímico de los ejecutores respecto de sus víctimas. En zona republicana, la brutalidad no fue inducida pero tampoco evitada por el gobierno, y en buena parte de los casos fue ejecutada por elementos externos a la comunidad política, como los grupos de milicianos que acudían en busca de chivos expiatorios (los más inermes eran los religiosos) o los agentes soviéticos que aportaron su propia experiencia brutalizadora interfiriendo en la gestión represiva de los poderes públicos. Contienda de exterminio En zona franquista la violencia de los primeros meses de la contienda fue inducida por el mando militar, y fue desplegada sobre todo por un instrumento ajeno a la comunidad política nacional como fue el Ejército de África, que trasladó a la Península la única experiencia bélica reciente del país, que no era la del civilizado marco europeo, sino los cruentos métodos de pacificación aprendidos en Marruecos. De modo que la represión indiscriminada fue el resultado de la yuxtaposición de las necesidades militares, de la legitimación religiosa de la guerra como Cruzada y del oportunismo de unos grupos políticos que no contemplaban la violencia como instrumento, sino como un valor en sí que orientaba la conducta moral y política. En su factura inmisericorde, la Guerra Civil se convirtió en una guerra de exterminio similar a la emprendida en Europa del Este en ambos conflictos mundiales. Una guerra que se caracterizó por la desmodernización la devastación y las represalias sobre la población civil. La inaudita oleada de violencia que generó el fracaso parcial del golpe no tuvo parangón con otras conmociones políticas de la historia de España, y tuvo un carácter fundacional por cuanto hizo duradera tabla rasa del conjunto del orden político existente. S Eduardo González Calleja es historiador y profesor de la Universidad Carlos III convencional de un conflicto ideológico que ya existía antes de julio de 1936. Desde la transición, la historiografía académica tendió a identificar los conflictos de larga duración (como el desequilibrio campo- ciudad o los contenciosos entre centralismo y descentralización, clericalismo y anticlericalismo o militarismo y civilismo) que condicionaron la evolución política de la República. Sin embargo, constatando que una situación de conflicto o injusticia no explota necesariamente en violencia, en los últimos años se están ofreciendo explicaciones más imaginativas. Porque es hora ya de plantearse con frialdad, sin condenas o justificaciones, las razones de una brutalidad que la guerra de 1936 compartió con la primera o la segunda conflagraciones mundiales y conflictos como las guerras civiles finlandesa (1918) y rusa (1918- 1922) o la revuelta cristera mexicana. Lo que ya resultaba una anomalía en Europa occidental a la altura de los años 30 era que un conflicto tan complejo como el planteado en España se resolviera en una guerra. Quizás fuera precisamente eso, la explosión no deseada de un enfrentamiento bélico a gran escala y para el que ninguno de los contendientes estaba preparado ni moral ni material- mente, lo que atizó una brutalidad que resultó incontenible en el verano y el otoño de 1936, cuando los frentes y poderes políticos se fueron definiendo tras de semanas de caos. Se trataba de zanjar con métodos aún muy modestos y primitivos, un conflicto que no se había podido solventar por vías menos costosas (políticas) La frustración del objetivo inmediato de conquista del poder ayudó a convertir el estallido inicial de violencia en una guerra de exterminio del enemigo. Era preciso conquistar el terreno sin contar apenas con recursos; de ahí el empleo de la violencia en su máxima expresión de rigor, dirigida a infundir un terror que paralizase a los enemigos reales o potenciales, asegurase las retaguardias y facilitase la ocupación política del territorio. Un tipo de violencia que forzó un alineamiento automático de la población con nosotros o contra nosotros que resultaría imprescindible para el sostenimiento de una larga guerra civil. Como puede constatarse en los tipos de conducta agresiva desplegados desde julio de 1936, el conflicto civil no fue la continuación o la consecuencia de los enfrentamientos violentos del período anterior, sino una radical ruptura con los mismos. La violencia en