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16- 17 D 7 LOS DOMINGOS DE NUESTROS CORRESPONSALES visión reconociendo la valía humana de Diana. La película recoge un doble recorrido, el que en sentido opuesto protagonizan Isabel II y Blair. La reina renuncia a sus propios criterios, para evitar el daño que parecía estar haciendo a la institución monárquica, ante la evidencia de que el clamor popular reclamaba una mayor sensibilidad hacia el carisma popular de la difunta princesa, y ello a pesar de la humillación de tener que aparecer como doblegada a los dictámenes de Blair. Y éste pasa de un inicial desapego hacia la Monarquía, propio de la tradición laborista, a una meditada admiración hacia la fuerte personalidad de Isabel II. Al final de la película, la Reina, que parecía enfrentarse a un súbito colapso de la Corona, acaba imponiéndose en su dignidad. Mientras que Blair, que había llegado al poder con una avalancha histórica de votos y una fresca percepción del sentimiento imperante en la calle, se gana la advertencia de que la lección de aquellos frenéticos días también se la deberá aplicar a sí mismo en el futuro. Diez años después, la Monarquía vuelve a asentarse en plena solidez, incluso ante la perspectiva de una futura coronación del Príncipe Carlos quien, tras su nueva boda, ha ganado también en equilibrio y seriedad. Blair, en cambio, prepara las maletas como si se fuese a dejar Downing Street por la puerta de atrás, empujado por las encuestas y por su propio partido. Los Gobiernos pasan, la Monarquía queda. Roma B. Aires Babilonia En Bruselas Más gigantesco que la Basílica de San Pedro, el Palacio de Justicia de Bruselas es un megalómano capricho con el que el Rey Leopoldo II quiso decir al mundo entero que Bélgica tenía vocación de imperio TEXTO: ENRIQUE SERBETO FOTO: BRIAN- I BRUSELAS ENRIQUE SERBETO París Rabat Nueva York Jerusalén Lisboa México Washington Con humanidad Prueba de la estabilidad de la Corona es que hasta los elementos más humorísticos de la película sobre la cotidianidad de la familia real- -una desaliñada Isabel II en bata, un socarrón Duque de Edimburgo en falda escocesa o el frecuente vaso de whisky en manos de la Reina Madre- -no contribuyen a su descrédito, sino a rearfirmar su carácter humano. La credibilidad del filme radica en buena parte en la excelente interpretación de Hellen Mirren, que imita a la perfección el tono y los gestos de la Reina. También el actor Michael Sheen, como Tony Blair, personifica con acierto la jovialidad y el entusiasmo con que el líder laborista llegó al poder. El género no es extraño al público británico. La escenificación de acontecimientos políticos mediante actores que suplantan sus reales protagonistas es habitual en la pantalla. Pero no siempre la identificación es tan grande, y Mirren, a sus 60 años, será probablemente recordada por esa Isabel II tan firme, sincera y honesta Berlín unque ahora cueste creerlo, Bruselas existía mucho antes de que se inventase la UE y la capital belga tiene una larga historia, casi siempre entrañable y discreta, pero también fulgurante como pocas. En 1866, cuando el joven reino belga apenas tenía 34 años de independencia y trataba de dejar clara su voluntad de aparecer en el mapa, el Rey Leopoldo II ordenó la creación del Palacio de Justicia. No se sabe bien si fue suya la voluntad de hacerlo grande, o si fue el arquitecto Joseph Poelart el que se equivocó con las proporciones, el caso es que, en una colina donde en la Edad Media se ahorcaba a los ladrones, se levanta hoy un edificio que hasta no hace mucho era el mas grande del mundo. Más grande que la Basílica de San Pedro, aunque pocos turistas vienen a ver la sala de los pasos perdidos, donde pululan los abogados y sus clientes en una extensión en la que parece que podría aterrizar un avión de pasajeros. Una avioneta cabría a través de los enormes portones que dan A a la calle, cuyas dos hojas de madera noble pesan 700 kilos cada una. Las escaleras, los patios, los pasillos, la cúpula, los mármoles, los ventanales... todo parece un decorado de cine, en un exagerado estilo ecléctico que encaja con las fantasías de Atlántidas y mundos secretos. No es de extrañar que el dibujante François Schuiten situase en el Palacio de Justicia la entrada a una de sus ciudades oscuras y que algunos belgas crean a pies juntillas que desde alguna parte de los siniestros calabozos se acceda a una Bruselas subterránea donde la vida fluye en otras coordenadas. Cierto que, tratándose de este país, nada sería imposible ni que bajo los cimientos de las mastodónticas columnas se encontrase el pasadizo a una Bélgica virtual, donde aún existiera el Congo Belga y Francia, Inglaterra y Alemania conspirasen para dominar esta minúscula parte de Europa. En cualquier caso, en la segunda puerta del ala izquierda, al lado de la entrada de carruajes, pueden preguntarle a Marie, que se sepa único ser humano que vive en el edificio. Atenas Londres Berlín Pekín Viena Estocolmo Las escaleras, los pasillos, los mármoles... todo parece un exagerado decorado de cine