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Libros 14 Contar Creía que éramos hombres Contar algo completamente distinto de lo que el lector cree estar leyendo es lo que logra Jon Bilbao en este relato. La caza (más que la pesca) de un pulpo esconde el fin de una amistad JON BILBAO ntre los dos él y yo arrancamos al pulpo de su escondrijo entre las rocas. Mi arpón lo había atravesado por donde se unían dos extremidades. Si tirábamos con fuerza la carne se desgarraría y perderíamos la pieza. Y no queríamos perderla. En todo el tiempo que llevábamos practicando la pesca submarina nunca habíamos visto uno de ese tamaño. Calculé seis kilos, puede que siete. Cuando sintió el arpón se propulsó hacia una cueva. Di un tirón para impedírselo y eso provocó la primera descarga de tinta. El campo ante las gafas de buceo se volvió negro, después verde petróleo. Cuando recuperamos la visión, el pulpo tenía medio cuerpo en la cueva y un ojo color azufre nos atravesaba. Él se acercó y disparó su arpón desde donde era imposible fallar. Alcanzó al pulpo y también la roca que había tras él. El arpón rebotó. Había entrado y salido del pulpo. La punta quedó mellada. Hicimos turnos para respirar. Uno sostenía el arpón que retenía la pieza mientras el otro subía a la superficie, tomaba aire y se lanzaba contra el pulpo. No quedaba más opción que sacarlo con las manos. Los tentáculos se estiraban como chicle. Se lastraba abrazando piedras. Estábamos tan centrados en conseguir que se soltara que no vimos acercarse la tormenta. Cada vez que salíamos a respirar el cielo estaba más gris, hasta que, estando los dos bajo el agua, sentimos un rumor, miramos hacia arriba y la superficie del mar estaba hirviendo. Fue entonces cuando el pul- E Jon Bilbao MARÍA FERNANDA AMPUERO Jon Bilbao (Ribadesella, 1972) cuenta como si tuviera cien años. O dos mil. Como si fuera ese que está alrededor del fuego desde siempre y cuyo único trabajo es contar historias a la tribu. Lo ha ido perfeccionando hasta empezar cada cuento para que ya no te puedas ir de ahí. Bilbao escribe también lo que no escribe, sus omisiones son diálogos y escenas que completa cada lector en su propia cabeza. Y las cabezas de los lectores, se sabe, son infinitas. Él no nos subestima. Bilbao ha ido demostrando su talento en Como una historia de terror Bajo el influjo del cometa Física familiar El hermano de las moscas Padres, hijos y primates (todos en Salto de Página) pero en Estrómboli (Impedimenta) su último libro, encontramos aún más maduro a este narrador de mil años que te dice: siéntate, te voy a contar algo. Es posible que, como a Borges, le estén pidiendo ya ¿cuándo, Jon, cuándo? la novela. Pero ojalá esté escribiendo más cuentos. Tú lo sabes todo, Jon Bilbao. po decidió soltarse. Subió con nosotros prendido del arpón, el cuerpo desplegado como las varillas de un paraguas, con piedras y grava y trozos de algas en las ventosas, completamente vivo. Escupimos las boquillas de los tubos y respiramos hondo. Nadamos hacia la orilla. De reojo vimos caer los primeros rayos. Nuestras cosas estaban en la base de un acantilado de pizarra. Entre el agua y la pared se extendía un trecho de rocas. Llevábamos el pulpo agarrado por el cuello. Le arrancamos el arpón y lo metimos en una bolsa de malla junto con la demás pesca del día. El mar se encrespaba rápidamente. ientras yo cerraba la bolsa, él se liberó del cinturón con los plomos y dedicó un vistazo al horizonte. Tiene mala pinta, dijo. Para salir de allí teníamos que bordear el acantilado. Por un lado había más de medio kilómetro hasta la salida. Era la vía más fácil, aunque parte del trayecto había que hacerlo a nado. Por el otro lado el recorrido era más corto pero también más accidentado: trescientos metros de rocas apiladas, resultado de los derrumbes sufridos por el acantilado. Nos decidimos por este camino. Tres rayos descargaron mar adentro. Era mejor dejar los arpones, no fuera que hicieran de pararrayos. Los escondimos, junto con el resto de las cosas, bajo una losa de pizarra. Nos quedamos con los trajes de neopreno. Eran gruesos, nos protegerían del frío. Los habíamos comprado juntos. El mismo modelo. Bajo el agua apenas nos distinguíamos uno del otro. M Obra de Alfredo Igualador (Galería Magda Bellotti, Madrid) Antes de salir NO ME PREOCUPÓ si una segunda a toda prisa comasa de nubes EMPAPAR EL gimos la bolsa se hubiera situaASIENTO NI con la pesca. do sobre la priMANCHARLO DE La lluvia dimera y descarSANGRE. EL MAR solvía los excregara a través de mentos de ga- SE HABÍA VUELTO ella. La lluvia se viota adheridos NEGRO BRILLANTE multiplicó, las a las rocas. No gotas casi rebohabía más rastro de las aves. taban contra las rocas. A diferencia de nosotros haMientras remontaba una bían presentido la tormenta y roca plana e inclinada, él reshuido a sus dormideros. Olas baló y cayó. Se agarró un tobicada vez mayores rompían a llo y farfulló algo. pocos metros. Perdimos pie ¿Estás bien? grité. varias veces. Nos golpeamos Dijo que sí, que sólo nececodos y rodillas. Jadeábamos sitaba un momento. por el esfuerzo. Más de dos hoAproveché la pausa para ras en el agua y después aque- mirar atrás y no pude creer lo llo. La bolsa con la pesca osci- poco que habíamos avanzado. laba como enloquecida y el e pronto estalló un pulpo asomaba los tentáculos fogonazo a nuestras por los agujeros de la malla. espaldas. Por puro El acantilado trazaba una curinstinto nos lanzava interminable. No nos dejamos hacia delante, al mismo ba ver el final del camino. En un instante, la tormen- tiempo que un crujido sacuta dobló su fuerza. Fue como día el acantilado. Aterrizamos D