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Cine 10 DE 10... MISTERIO ABC cultural SÁBADO, 28 DE JUNIO DE 2014 abc. es cultura- cultural cultural. asp 27 Némesis en Manderley Alfred Hitchcock rodó Rebeca sin muchas ganas, convencido de que era una historia pasada de moda. Pero sus ambientes góticos y asfixiantes acabaron funcionando perfectamente en la pantalla chcock los halagó de forma más explícita, y menos cautivadora, en entregas posteriores como Recuerda) El comienzo de Rebeca es antológico; y logra captar a la perfección los aromas ensoñadores y decadentes, casi decrépitos, que perfuman la literatura de Du Maurier. Oímos una voz en off: Anoche soñé que volvía a Manderley... Y aparece ante nosotros la mansión de Maxim de Winter (un Laurence Olivier sombrío y torturado) a la que la cámara se acerca a través de senderos obstruidos por la maleza, antes de que una mano espectral nos abra la puerta de la verja que circunda la propiedad... Villana memorable Por supuesto, se trata de una maqueta, pero Hitchcock ya ha logrado que el espectador se zambulla en una historia de traumas psicológicos que gira en derredor de una mujer ausente, la Rebeca del título; y ese espectador engolfado en la intriga se identificará, inevitablemente, con la segunda señora de Winter (inolvidable Joan Fontaine) aturullada y medrosa, enseguida sojuzgada por la personalidad siniestra, con algo de ménade y algo de esfinge, de la señora Danvers, el ama de llaves (una Judith Anderson que logra componer una de las villanas más memorables de la historia del cine) que ha convertido Manderley en un mausoleo donde se rinde un culto idolátrico, aberrante y sublime a un tiempo, a la difunta Rebeca. Este tramo central de la película, donde una cada vez más desquiciada Joan Fontaine está a punto de sucumbir a las incitaciones fúnebres de Judith Anderson, que aparece y desaparece de pantalla como una Némesis fantasmal, constituye un prodigio de poesía macabra y claustrofobia fílmica. Por desgracia, el tramo final de la película se decanta por el whodunit, quebrando la atmósfera mágica creada hasta entonces, pero es que no hay nada más cansado que ser sublime sin interrupción. Y, además, lo que Rebeca pierde en intensidad formal lo gana en intensidad interpretativa, con la aparición de un avieso George Sanders, dispuesto a demostrarnos que nadie en el mundo borda los personajes cínicos como él. JUAN MANUEL DE PRADA La señora Danvers (Judith Anderson) aterroriza a la protagonista (Joan Fontaine) edicamos hoy esta sección a una película que Alfred Hitchcock no reconocía como propia, por carecer de los ingredientes formales y narrativos prototípicos del suspense y que, sin embargo, constituye una obra maestra del cine de misterio, mucho más perdurable e influyente de lo que su director hubiese podido imaginar. Según confesión propia, Hitchcock rodó Rebeca (1940) sin pizca de pasión, sin más propósito que meter la cabeza en los estudios de Hollywood, que desde el comienzo de su carrera había sido su obsesión más recurrente, pues consideraba que el cine inglés constreñía tanto su genio como las fajas que habitualmente se ceñía constreñían su barrigón. David O. Selznick, que acababa de rodar Lo que el viento se llevó, lo fichó para dirigir una película sobre la tragedia del Titanic; pero luego recapacitó, pensando que tal vez fuese de- UN TOQUE INGLÉS Esta fue la primera película de Hitchcock en Hollywood. Laurence Olivier (abajo) tampoco llevaba mucho tiempo allí D masiado arriesgado poner un presupuesto mareante en manos de un director con ínfulas artísticas, y le endosó la adaptación de Rebeca, una novela de Daphne du Maurier, autora a la que Hitchcock acababa de llevar al celuloide en su última y más bien calamitosa producción británica, La posada de Jamaica (1939) Mejor en el cine Hitchcock afirma sin ambages que la novela de Du Maurier es una historia antigua, pasada de moda Tal vez tenga razón en el sentido más mostrenco de la expresión; pero lo cierto es que, a veces, lo que en literatura puede parecer anticuado depara en el cine resultados insospechadamente novedosos. Du Maurier es una rezagada de la novela gótica, cuyas convenciones entrevera con los mecanismos del whodunit más tradicional, un híbrido imposible entre Ann Radcliffe y Agatha Christie. Sus novelas, en efecto, adolecen de obsolescencia, con cierto tufillo de naftalina incluso; pero su discutible encanto literario, que participa de lo kitsch y lo relamido, puede rendir unos resultados extraordinarios traducido a imágenes, porque su goticismo pasado de rosca, sus argumentos rebuscados, sus personajes aquejados de los trastornos psíquicos más superferolíticos, sus coqueteos con el género fantástico (siempre defraudados en el tramo final, en que los enigmas de apariencia sobrenatural son explicados racionalmente) contienen unas insinuaciones oníricas y unos climas de manicomio que funcionan como catalizador cinematográfico. Hitchcock, creyendo rodar una historia desfasada, completó una película que es algo así como una actualización para adultos de los cuentos de hadas, con la sombra de Freud revoloteando al fondo, como una polilla aturdida. Sospecho que Rebeca debió fascinar a los surrealistas (y tal vez por ello, Hit- REBECA. ALFRED HITCHCOCK. CON JOAN FONTAINE Y LAURENCE OLIVIER. EE. UU. 1940