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Arte 22 PAULA RUBIO INFANTE: EL ASESINO COMO ARTISTA a primera exposición que yo pude ver de la creadora Paula Rubio Infante, hace ya casi diez años, fue en una galería de vida efímera, pero de trayectoria memorable, en la que de un modo contundente la entonces jovencísima autora con apenas veinticinco años demostraba que tenía mucho que decir en materia de arte contemporáneo. Radicalmente enfrentada a la idea de un arte objetual, mercantil, estéticamente bello e ideológicamente neutro, Paula Rubio Infante propuso entonces una delicada intervención en el espacio, con unos elegantes banquitos para sentarse a contemplar una bella línea de rendijas, perforadas en la pared, de las que emanaba un desagradable olor a pescado podrido, de algo que se ocultaba detrás de las paredes. Contra el concepto tradicional de Bellas Artes, e incluso contra el más reciente y más convencional de artes visuales la evolución posterior de su trabajo no ha hecho sino demostrar que se trata de una de las mejores artistas del panorama español contemporáneo. L potentes focos iluminando una fosa común de Zamora, le valió el premio Generaciones 2012 de Caja Madrid. Su exposición actual en la galería Paula Alonso de Madrid le da ahora a esta vieja preocupación social de su trabajo un giro más poético e intimista, al desarrollar todas sus piezas a partir de un cuaderno de dibujos que se encontraba en posesión de su familia, pero que había sido compuesto por un enfermo mental, ingresado en su día en la prisión de Carabanchel. Garabato escultórico El psiquiatrizado en cuestión era nada menos que el célebre asesino, conocido como El Arropiero al que se le atribuyen unos cuarenta asesinatos. A partir de sus dibujos, Paula Rubio Infante desarrolla piezas escultóricas poderosas, absolutamente novedosas en sus formas y en sus materiales, dotadas, sin embargo, de un contenido emocional, poético y político a la vez, que las convierten en obras deslumbrantes. No creo que se trate en cualquier caso de una nueva reivindicación del arte de los locos o del llamado art brut, sino más bien de una reconsideración, en la línea del trabajo de esta artista, de las condiciones de exclusión y de marginación, a la vez que de un pequeño homenaje sentimental a la memoria del padre. MIGUEL CERECEDA PAULA RUBIO INFANTE RÍEN LOS DIOSES Galería Voz de los marginados Hija de un funcionario de prisiones, Paula Rubio Infante siempre ha permanecido atenta a los avatares de los marginados, de los represaliados, los vencidos o los delincuentes, con una estética nada mojigata ni expresionista, ni llorona en la que los problemas de los excluidos se convocan con toda su sordidez y toda su frialdad. Su soberbia intervención La luz se propaga en el vacío, una instalación con unos TODA LA PALETA DE ZURBARÁN Una exposición en el Bozar de Bruselas descubre a Zurbarán para el público europeo como mucho más que un pintor religioso, con recursos estilísticos que le convirtieron en un maestro Paula Alonso. Madrid. C Lope de Vega, 29. Http: galeriapaulaalonso. com Hasta el 26 de marzo Obra de la serie Ríen los dioses de P. Rubio Infante iempre he querido pensar que el pintor que mira absorto, con la paleta de colores en la mano, a Cristo crucificado (1650- 55, Museo del Prado) es el mismísimo Zurbarán, como ya acertara a intuir hace años María Luisa Caturla, aunque después se haya debatido sobre la identificación. Tradicionalmente se ha pensado que se tratase de San Lucas, aunque se sabe que a quien pintara el Evangelista fue a la Virgen. Autorretrato de artista, pintor de lo imaginario, de lo visionario y el milagro, en esa obra, Zurbarán- San Lucas parece hacer una profesión de fe, poniendo el color y sus pin- S celes al servicio de una creencia religiosa, sagrada. Casi pintor perfecto de la Contrarreforma en la España del siglo XVII. Pintor de frailes Y de ese modo se le ha considerado tantas veces, como un pintor de frailes, un pintor religioso, lo que fue cierto, aunque no del todo, porque también lo fue de naturalezas muertas, quietas, solas, silenciosas, místicas, contemplativas; de muchos retratos, reales e imaginarios; y de composiciones mesuradas, dotadas de un color lleno de soledades y vacíos pintados. Vacíos a veces ocupados por bastidores procedentes de estampas ajenas, como en una puesta en escena para hacer verosímil lo representado. Si en las pinturas narrativas la composición y la iconografía se atropellan con frecuencia, como quien quiere pintar con erudición figurativa, como en su extraordinaria Apoteosis de Santo Tomás de Aquino (1631, M. de Bellas Artes de Sevilla) en otras, la soledad monumental de las figuras parecen procesionar de lienzo en lienzo, llevadas las figuras por sus vestidos y hábitos, como si en ellos residiese la santidad, la religiosidad de lo cotidiano, retratos a lo divino como acertara a definir Emilio Orozco. Es como si el tratamiento de paños y tejidos, bordados y tex-