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Cine LOS TESOROS DE LA CRIPTA SÁBADO, 18 DE FEBRERO DE 2012 abc. es ABC cultural 39 La hija de Drácula Lambert Hillyer dirigió en 1936 esta secuela, una de aquellas películas de terror con poco presupuesto y mucho talento que produjo la Universal nera que vendió los derechos de adaptación del relato a Laemmle Jr. que así vio un horizonte abierto, tras la espantada de Whale. Por supuesto, la trama de La hija de Drácula en nada se parece a la del relato de Bram Stoker, aunque en los créditos de la película así se pretenda; pero tal argucia era moneda de curso corriente en las adaptaciones de la época. Para dirigir la película se contrató a Lambert Hillyer (1889- 1969) un prolífico artesano especializado en westerns que en la época del cine mudo había hecho tándem con William S. Hart; y Laemmle Jr. lo rodeó de los técnicos habituales de la Universal, entre ellos George Robinson (fotografía) John P. Fulton (efectos especiales) y Jack Pierce (maquillaje) todos ellos colaboradores del Drácula de Browning. Sorprendentemente, la secuela aventaja en muchos aspectos al original, pese a su presupuesto mucho más modesto (o tal vez por ello mismo) y su aparente falta de ambición artística. El papel protagonista se le asignó a Gloria Holden, un actriz secundaria que por entonces pugnaba en vano por alcanzar el estrellato y que, según atestiguan algunas crónicas, aceptó el ofrecimiento a regañadientes, temerosa de que como antes le había ocurrido a Bela Lugosi su caracterización limitase sus aspiraciones futuras. Tal vez así le ocurriera (nunca más volveremos a verla al frente de un reparto) pero su composición de la condesa Marya Zaleska pálida y estatuaria, despectiva y tortuosa, aureolada de un lesbianismo apenas sugerido es sublime; y el método que emplea para seducir a sus víctimas (a quienes hipnotiza con el fulgor que desprende su anillo con pedrerías incrustadas) depara secuencias tan turbadoras como aquélla en la que vampiriza a Lili (Nan Grey) una muchacha vagabunda y tentada por el suicidio ante la cual se hace pasar como pintora en busca de modelos. También memorable resulta el trabajo de Irving Pichel, que interpreta a Sandor, el sirviente de la condesa Zaleska, con una truculencia y perfidia encomiables que los excesos un tanto camps de su caracterización agigantan. Más discretos (por convencionales) resultan el galán Otto Kruger, que encarna al psiquiatra Jeffrey Garth (de quien Zaleska se encaprichará, para su perdición) y el veterano Edward van Sloan (Von Helsing) único miembro del elenco recuperado del Drácula de Browning. La pizpireta Marguerite Churchill, que interpreta a la secretaria del doctor Garth, añadirá un saludable contrapunto cómico a la historia, tan característico en las películas de terror de la Universal. Pero si La hija de Drácula, más allá de los consabidos tópicos de un guión formulario, sigue manteniendo indemne su encanto es, ante todo, por la creación de atmósferas turbias y decadentes, como de ensoñación opiácea, en las que Hillyer, desafiando las penurias presupuestarias, vuelve a probarnos que la artesanía, en el Hollywood clásico, era el mono de trabajo con que tímidamente se disfrazaron muchos talentos incógnitos. JUAN MANUEL DE PRADA LA HIJA DE DRÁCULA. LAMBERT HILLYER. PROTAGONIZADA POR GLORIA HOLDEN. EE. UU. 1936 Pálida y estatuaria l éxito de Drácula y Frankenstein, las adaptaciones de las obras de Bram Stoker y Mary Shelley realizadas respectivamente por Tod Browning y James Whale en 1931, confirmaría a Carl Laemmle Jr. a la sazón propietario de Universal Studios, la conveniencia de explotar la veta comercial del cine de terror, que ya a su padre, el fundador de la compañía, le había brindado beneficios pingües durante la etapa muda, con títulos como El jorobado de Notre Dame (1923) o El fantasma de la ópera (1925) En los años sucesivos, Universal produciría una serie de películas de presupuesto siempre ajustado que prolongarían aquella suerte de idilio con el género: El doble asesinato en la calle Morgue (1932, Robert Florey) La momia (1932, Karl Freund) El caserón de las sombras (1932, James Whale) La isla de las almas perdidas (1932, Erle C. Kenton) El hombre invisible (1933, James Whale) o El gato negro (1934, Edgar G. Ulmer) se cuentan entre las más afortunadas. Pero la entrada en vigor del riguroso código Hays de censura, que miraba con franca animadversión las películas de asunto terrorífico, así como la decadencia caso de Browning o hastío caso de Whale, a E quien obsesionaba la idea de que lo encasillasen de los directores que habían contribuido a la eclosión del género, y, sobre todo, la creciente deuda acumulada por la Universal, impondrán recortes drásticos en la producción, decidiendo a Laemmle Jr. a centrarse en sendas secuelas de Frankenstein y Drácula, que encomienda a un reticente Whale. Aunque finalmente el director británico acepta el encargo de La novia de Frankenstein (1935) logra desvincularse de La hija de Drácula (1936) después de que varias versiones de su guión fueran rechazadas por la censura. No faltan quienes sugieren que Whale habría aderezado adrede el guión con secuencias escabrosas, para forzar tales rechazos. Paralelamente, David O. Selznick, productor de la Metro- Goldwyn- Mayer, había firmado un contrato con la viuda de Bram Stoker para la adaptación de El invitado de Drácula, un relato publicado a la muerte del autor en el que muchos especialistas ven un bosquejo fallido de su obra magna. Selznick, sin embargo, sabía bien que las leyes de propiedad intelectual le prohibían realizar una película que llevase en su título la palabra Drácula, cuyos derechos poseía la Universal; de ma- Artesanos y técnicos A la izquierda, la condesa Zaleska (Gloria Holden) y su sirviente Sandor (Irving Pichel) reciben al doctor Garth (Otto Kruger) Sobre estas líneas, el cartel de la película y un retrato de Holden