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El canon de T. S. Eliot Diecinueve ensayos imprescindibles para entender la poesía forman La aventura sin fin El canon de uno de los más grandes poetas de todos los tiempos: T. S. Eliot Por César Antonio Molina ordenación se ha hecho cronológica y va desde 1919 a 1961. En Christopher Marlowe (1919) Eliot muestra su fascinación por este autor dramático contemporáneo de Shakespeare y oscurecido por él. Probablemente fue asesinado, por encargo, a los veintinueve años, de una estocada en un ojo. En William Blake (1920) Eliot muestra sus disensiones con el poeta visionario que creó una filosofía propia al margen de la ortodoxia cristiana. En Los poetas metafísicos (1921) recuperó la obra de gran valor de autores olvidados como, por ejemplo, John Donne, para quien un pensamiento equivalía a una experiencia. En Andrew Marvell (1921) destaca Eliot su facilidad en hacer familiar lo extraño y lo extraño familiar, una característica rara que Coleridge atribuía a la mejor poesía. Con los Cuatro dramaturgos isabelinos (1924) hizo lo mismo que con los metafísicos. Lancelot Andrewes (1926) es un capricho de Eliot. El obispo de Winchester, a comienzos del siglo XVII, era para él un escritor de magníficos sermones. En Shakespeare y el estoicismo de Séneca (1927) busca la influencia del escritor romano, así como las de Montaigne y Maquiavelo, en la obra teatral del inglés y lo compara con la de Santo Tomás de Aquino en la de Dante. En Dante (1929) y Lo que Dante significa para mí (1950) Eliot disecciona la Divina comedia y la Vita nuova, sacando a la luz las influencias y vínculos con el patriarca de la poesía europea, el clásico Virgilio. En el segundo de los ensayos descubre las influencias directas que el italiano ejerció sobre su propia poesía. En Baudelaire (1930) rinde tributo al simbolismo y a la gran presencia que tuvo en Laforgue y Corbière. En Religión y literatura (1935) defiende la independencia de esta última. Le vale para mostrar su desagrado con la poesía de Hopkins, otro de los caprichos incomprensibles, o quizás celos, de un poeta creyente y converso hacia otro semejante. En Byron (1937) muestra Eliot su desacuerdo con el romanticismo individualista, maldito y libertario. Desprecia al poeta heroico, considerándoVIRGILIO El patriarca de la poesía europea, el gran escritor clásico. Así lo considera Eliot (a la izquierda, en una imagen de 1948) SÁBADO, 31 DE DICIEMBRE DE 2011 abc. es ABC cultural 09 lo despectivamente un buen contador de historias. En Yeats (1940) prefiere al último más íntimo frente al primero, confundido por el espiritismo, las leyendas, la literatura popular y la mitología celta. Es uno de los escasos poetas contemporáneos al que le prestó atención. En La música de la poesía (1942) reflexiona sobre el significado del poema y su interpretación. En Qué es un clásico (1944) toma a Virgilio como ejemplo máximo y ensalza el latín como la lengua europea por excelencia, esencial en la configuración del continente unido, al igual que la monarquía y el cristianismo. En Milton combate el gran poema protestante, El paraíso perdido, frente al tomista Dante de la Divina comedia. Personalmente, Eliot, como Johnson, no tragaba a quien había defendido el Parlamento frente a la monarquía y los puritanos, aunque la Historia nos muestra que Milton siempre estuvo con el partido de sí mismo. En Poesía y drama (1951) lanza un bello canto de cisne sobre el teatro en verso. En Las tres voces de la poesía (1953) dialoga con Gottfried Benn sobre el destinatario del poema. Y, finalmente, en Criticar al crítico (1961) habla sobre la función de la crítica y su propia labor como ensayista. Siendo todos estos textos fundamentales, para mí el más importante, porque sirve para explicar los conflictos más sangrantes de la poesía contemporánea suya y nuestra, es el titulado Las tres voces de la poesía Eliot menciona tres: la del poeta que habla consigo mismo o con nadie este añadido es muy importante la que se dirige a una audiencia; y la que conforma un personaje dramático. A él le interesaban fundamentalmente las dos últimas, por su condición, también, de poeta dramático o autor teatral que defendió lo que hoy en día está prácticamente desaparecido, el verso en el lenguaje teatral. No la poesía, pues la prosa también la tiene, sino la forma versicular y métrica, tan querida para el autor de Muerte en la catedral. Eliot no niega que un poema pueda di- Canto del cisne L a aventura sin fin es una amplia y magnífica antología de textos ensayísticos de T. S. Eliot traducidos fielmente por Juan Antonio Montiel y editados ejemplarmente por Andreu Jaume, a quien animaría a la edición de la obra crítica completa (ensayos, conferencias, prólogos, artículos y reseñas) una vez aparezca la canónica inglesa. Sus notas y comentarios a pie de página son valiosísimos para el lector hispano, así como otras reflexiones; entre ellas, algunas sobre nuestra propia poesía contemporánea, que yo comparto en su totalidad. La presente antología se basa en tres títulos: Ensayos selectos (1932) Sobre poesía y poetas (1957) y Criticar al crítico (1965) Estos dos últimos volúmenes ya habían sido vertidos al español. No está incluido aquí El bosque sagrado (también traducido más recientemente, aunque dos de los ensayos incluidos en La aventura sin fin, el de Blake y el de Marlowe, se publicaron por vez primera en El bosque sagrado, de 1920) tampoco Función de la poesía, función de la crítica, vertido y prologado a mediados del siglo pasado por Gil de Biedma. En La aventura sin fin se incluyen por tanto diecinueve textos fundamentales e imprescindibles para entender la poesía y el pensamiento poético de uno de los más grandes poetas de todos los tiempos. La Influencias directas MARLOWE T. S. Eliot muestra su fascinación por este contemporáneo de Shakespeare, oscurecido por el bardo de Stratford BYRON Eliot desprecia al poeta romántico y heroico. Todo lo más, dice de él que es un buen contador de historias