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Pequeña historia del libro ilustrado La tradición de la literatura ilustrada es anterior a la novela gráfica y al cómic. Cada vez son más las editoriales que recuperan este género, que se remonta al principio de los tiempos Por Luis Alberto de Cuenca conserva una joya bibliográfica de enorme importancia fechada en el siglo XII, el códice Skylitzes Matritensis, cuyas ilustraciones son hermosísimas. Antes, en los primeros siglos de la Alta Edad Media, los monjes de la vieja Hibernia habían desarrollado la ornamentación de sus manuscritos hasta límites difíciles de superar, como atestigua el Libro de Kells, que puede admirarse hoy en día en la biblioteca del Trinity College de Dublín. Y los españoles no anduvimos a la zaga de los irlandeses, pues la miniatura mozárabe, dedicada sobre todo a ilustrar, entre los siglos X y XII, los comentarios que un monje del siglo VIII, Beato de Liébana, consagró al Apocalipsis, es un hito en la historia del libro ilustrado. En la Baja Edad Media, el arte gótico se traslada al mundo del libro devoto con el mayor de los refinamientos y la más sublime de las delicadezas. Son los Libros de Horas. Los panes de oro utilizados, y ese inefable azul característico de los Libros de Horas franceses del siglo XV, tienen en las Très Riches Heures de Jean de France, Duc de Berry y en las Très Belles Heures del mismo Duque sus muestras más célebres y su expresión más quintaesenciada. Se han realizado hasta la fecha numerosos facsímiles de esos dos monumentos de la ilustración tardomedieval, lo mismo que de otros códices que compiten en belleza con ellos, como el famoso manuscrito escurialense de las Cantigas de Alfonso X el Sabio, enriquecido con cuarenta inolvidables miniaturas. La imprenta dio pronto hermosísimos frutos en el campo del libro ilustrado. Tal vez sea la Hypnerotomachia Poliphili, novela alegórica escrita por Francesco Colonna e impresa en Venecia en 1499, el libro con imágenes más bellas del primer Renacimiento, a juzgar por sus deslumbrantes xilografías. El siglo XVI abundará en preciosos libros ilustrados con grabados al cobre o a la madera, sobresaliendo como grabadores y, por lo tanto, como ilustradores de libros artistas de la talla de Durero o de Pieter Brueghel el Viejo. En el siglo XVII el libro ilustrado decae, aunque no dejó de haber obras tan radicalmente hermosas como Amorum Emblemata (1608) de Otto Van Veen, el maestro de Rubens, y aunque surgiera en esa centuria un dibujante y grabador de la categoría de Jacques Callot. SÁBADO, 31 DE DICIEMBRE DE 2011 abc. es ABC cultural 05 Este brevísimo recorrido histórico se detiene ahora por unas líneas en el siglo XVIII, centuria en que el libro ilustrado alcanza cotas tan significativas como los setenta volúmenes de los opera omnia de Voltaire al cuidado de Condorcet y otros, publicados poco antes del estallido de la Revolución francesa, con Moreau el Joven como principal ilustrador, o la Enciclopedia de d Alembert y Diderot, con un volumen entero de láminas primorosamente grabadas. En España, el llamado Quijote de la Academia y las Obras de Salustio, ambas impresas de forma inmaculada por Joaquín Ibarra y acompañadas de espléndidas ilustraciones, son las principales referencias en este campo. El gran Doré n el principio estuvo el Libro de los Muertos de los egipcios, que era una especie de guide bleu para orientarse en el camino al Más Allá. Si la escritura jeroglífica era ya de por sí una ilustración secuenciada, una especie de paleotebeo, los numerosos ejemplares pintados en tumbas y mastabas de ese baedeker fúnebre contenían también ilustraciones anejas, para que todo resultase lo más didáctico posible. Asimismo, en los rollos de papiro del mundo grecorromano se encuentran, aunque de forma esporádica, imágenes, pero casi siempre de carácter ornamental y, por lo tanto, desligadas del texto. Al constituir un soporte más duro y permanente, el pergamino permitió el desarrollo de las ilustraciones, a lo que contribuyó también el genial invento del códex (o sea, lo que hoy llamamos libro que surgió cuatro siglos después de Cristo. ¿Quién no recuerda haber visto reproducciones de las imágenes que ilustran los códices virgilianos más antiguos, los celebérrimos Vergilius Vaticanus (circa 400) y Vergilius Romanus (siglo V) Bizancio prosiguió el camino de esos manuscritos de época paleocristiana. Las miniaturas de ciertos códices bizantinos se cuentan entre las más bellas que existen. En nuestra Biblioteca Nacional, que acaba de cumplir sus primeros trescientos años, se E Durero y Brueghel el Viejo IMÁGENES QUE SE LEEN Entre las últimas novedades en libros ilustrados, Los zapatos rojos de Andersen (en la imagen superior) publicado por Impedimenta, y La metamorfosis de Kafka (sobre estas líneas) edición de Astiberri a la que pertenece el dibujo de la izquierda, obra de Paco Roca Hasta el siglo XIX, las imágenes en los libros habían figurado como frontis o en página aparte, desvinculadas del texto, aunque se refirieran al mismo. A partir del Romanticismo las ilustraciones van a acompañar al texto, troceándolo ad líbitum, incorporándose de forma inseparable a la mancha textual, sin perjuicio de que subsistan ilustraciones a plena página. La primera edición ilustrada de Le Comte de Monte- Cristo de Dumas (París, 1846) es un buen ejemplo de libro romántico en que coexisten ilustraciones dentro y fuera del texto. Por encima de los demás ilustradores de libros, se yergue en ese mismo siglo la figura del francés Gustave Doré (18321883) con obras maestras del género como el Quijote, el Orlando furioso, la Biblia o El cuervo de Poe. No es posible ignorar tampoco al pintor, diseñador y escritor victoriano William Morris, quien, en colaboración con el mítico Edward Burne- Jones, publicó en su editorial, Kelmscott Press, algunos de los libros ilustrados más hermosos que existen. Entre 1880 y 1950 asistimos en Europa y en Estados Unidos a una auténtica edad de oro en materia de libros con imágenes, al amparo de la revolución tecnológica que se opera en el mundo de la imprenta a finales del siglo XIX y de un mercado frenético de coleccionistas ricos que compran ediciones ilustradas de tiradas muy cortas y esmero formal máximo. Déjenme que termine citando a tres ilustradores de ese período que me fascinan muy especialmente: el británico Arthur Rackham, el galo Georges Barbier y, en la cumbre del más desatado glamour, el italiano Umberto Brunelleschi.