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Cine 34 SÁBADO, 10 DE DICIEMBRE DE 2011 abc. es ABC cultural La primera Atlántida Once años antes de la célebre versión de Pabst, Jacques Feyder había adaptado al cine la novela La Atlántida de forma más voluptuosa LOS TESOROS DE LA CRIPTA candilado a Feyder en Los vampiros (1915) de Louis Feuillade, aunque cinco años más tarde estaba mucho más fondona (y más aún que habría de ponerse durante el rodaje, donde se revelaría como una tragaldabas insomne) Pero la carnalidad exagerada y los métodos interpretativos un tanto grandilocuentes de Stacia Napierkowska, que no aparece en pantalla hasta mediada la película (aunque es su evidente vórtice o epicentro) funciona a las mil maravillas; y el espectador sucumbe, como el propio Saint- Avit (Georges Melchior) a la fascinación de esa reina Antinea que gobierna una ciudad perdida en medio del desierto, rodeada de montañas como farallones donde anidan los pecados más innombrables, y enloquece de amor a los hombres que osan hollar sus dominios, para después sacrificarlos lúbricamente y sepultarlos en una cámara mortuoria de mármol rojo, bañados sus cadáveres en oricalco, el metal precioso que, según Platón, sólo era posible extraer en la Atlántida. A esta colección macabra pretende Antinea incorporar al capitán Morhange (Jean Angelo, que repetiría su papel en la posterior versión de Pabst) un híbrido de monje y soldado que se resiste a sus encantos como ningún hombre había logrado hacerlo hasta entonces; despechada y rabiosa, Antinea probará a seducir al más practicable Saint- Avit, a quien antes ha desdeñado, encomendándole que asesine a su compañero a cambio de obtener sus favores. La Atlántida se construye en torno a un dilatado flash- back, en el que un desahuciado Saint- Avit narra al teniente Ferrières (René Lorsay) las vicisitudes trágicas de su incursión en Atlántida. El tono realista del relato, ardiente y seco como las arenas del desierto, contrasta con el clima febril, necrofílico y como de asfixia sexual que se respira en el palacio de Antinea, una especie de lujoso lodazal donde germinan las pasiones más pútridas. Y así, los horizontes adunados y semovientes del Sahara actúan a modo de contrapunto de los escenarios claustrofóbicos donde transcurre el encierro de los protagonistas. Es en estos decorados donde asistimos a las secuencias más memorables: el suicidio del capitán Aymard (Genica Missirio) que al arrojarse al vacío desde una ventana proyecta la sombra de su cuerpo sobre una pared de la habitación de Morhange; el sórdido asesinato del propio Morhange, ejecutado con un martillo de plata; la alucinación de Antinea tras la muerte del monje soldado, perseguida por la imagen de un crucifijo, símbolo de la fe irreductible del hombre que rechazó sus seducciones diabólicas... El cineasta y escritor Louis Delluc, tal vez envidioso de Feyder, comentó con displicencia: Al menos, ha contado con un gran actor, que es la arena Involuntariamente, acertó a sintetizar el embrujo de La Atlántida, en el que la arena del desierto representa, como la aviesa reina Antinea, una misma verdad intimidante: ambas son expresiones de la muerte, ese veneno que se adueña de los hombres y los empuja dulcemente al naufragio. JUAN MANUEL DE PRADA LA ATLÁNTIDA. JACQUES FEYDER. PROT. POR STACIA NAPIERKOWSKA. FRANCIA, 1921 El desierto y el palacio ace algún tiempo, hacíamos desfilar por esta cripta la adaptación que Georg Wilhem Pabst realizara en 1932 de La Atlántida, obra publicada por Pierre Benoit en 1919. No fue aquélla, sin embargo, la primera versión cinematográfica de esta novela de aventuras exóticas, cuyos derechos adquiriría Jacques Feyder (1885- 1948) a los pocos meses de su publicación. Feyder, conocido sobre todo por La kermesse heroica (1935) era, allá por 1920, un director todavía primerizo, curtido en la escuela del cortometraje, que no podía imaginar la avalancha de reconocimientos que su adaptación de la novela de Benoit iba a desencadenar. Si posteriores títulos suyos, como Crainqueville (1923) o La otra madre (1925) lo confirmarían como el más reputado exponente del realismo poético francés, su posterior expedición a Hollywood le permitiría trabajar con las estrellas más rutilantes del momento, desde Ramón Novarro a Greta Garbo, a quien dirigió en su última película muda, El beso (1929) Nada de esto era concebible allá por 1920; aunque, desde luego, a Feyder no le faltaban arrestos, ni tampoco cierta sana e impetuosa megalomanía. Tras conseguir de su primo, el banquero Alphonse Frédérix, un présta- H mo de seiscientos mil francos para iniciar el rodaje de la película (cuyo presupuesto final rondaría los dos millones, una cifra exorbitante para la época) viajó con su equipo al Sahara, donde se mantuvo durante ocho meses; y hasta las escenas de interiores las filmó en unos estudios improvisados a las afueras de Argel, con unos decorados suntuosos cuyo diseño encargó al ilustrador italiano Manuel Orazi (1860- 1934) autor también de los bellísimos carteles art nouveau que promocionaron la película. La audacia de Feyder sería recompensada con creces en taquilla. Vista noventa años después de su estreno, La Atlántida (1921) conserva su monumentalidad y magnetismo, como también los conserva la posterior adaptación de Pabst, aunque por razones muy diversas: si Pabst nos ofrece una lectura artificiosa, muy alambicadamente perversa, de la novela de Benoit, con una reina Antinea (interpretada por Brigitte Helm) gélida y estatuaria, como una suerte de ensoñación sadiana, Feyder nos propone en cambio una versión más vitalista, menos premeditada, de un erotismo mucho más elemental (mas no por ello menos embriagador) que se encarna en Stacia Napierkowska, una voluptuosa bailarina y actriz que había en- A la izquierda, Stacia Napierkowska en el papel de la reina Antinea. Sobre estas líneas, uno de los carteles creados por Manuel Orazi (autor también de los decorados de la cinta) y el director, Jacques Feyder Carnalidad exagerada