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No es fácil jugar con cuchillos Una réplica de Gran Vidrio obra capital de Duchamp, se incorpora a la exposición que el Museo Reina Sofía dedica a Raymond Roussel. Las lecturas de su influencia se cargan de nuevas resonancias Por Delfín Rodríguez alquimistas que fue compartida por tantos inventores de artificios, letras, textos e imágenes, de las máquinas a la poesía, de Roussel o Flammarion a Verne, apasionado de la Hypnerotomachia Poliphli de Francesco Colonna (Venecia, 1499) o Duchamp, que también debió saber del sueño erótico y artísitico de Polifilo, y cuyo Gran Vidrio (1915- 1923) acaba de incorporarse a la exposición en forma de réplica realizada en 1991- 1992 y procedente del Moderna Museet de Estocolmo. Sueño en forma de vidrio, representación enigmática de artefactos que son alegoría del deseo. ¿Autorretrato? ¿O juego con cuchillos? como escribiera de forma maravillosa Octavio Paz a propósito de ese Gran Vidrio y sus consecuencias (La mariée mise à nu par ses célibataires, même) como si el deseo por las cosas y el sexo fueran tan circulares que, al final, fueran solo sueño y pasión tan bloqueados como liberados. Vidrieros, maestros de la transparencia, del instante de luz, tal vez fotógrafos, se trata también, en Roussel y en Duchamp, de magos y científicos a su manera, entendida la ciencia y sus inventos de forma práctica o simbólica, crítica y mítica, y, al fin, artesanos y coleccionistas de la precisión equívoca, como la técnica o los artilugios y autómatas de cualquier condición, incluidas las obras de arte y las máquinas de pensar y desear. Risa e ironía de la vida, del amor y la muerte, del deseo y la burla, confundidas con el arte entendido como ausencia de la mano y la destreza, manejando habilidosamente cuchillos o espadas para producir significados. Es decir, esos que el arte había llegado a ocultar bajo colores y formas, pendiente solo de su ensimismamiento, de su apariencia. Fin de la pintura como arte, y nacimiento y recuperación del arte como idea, como discurso, como relato de lo maravilloso e inexplicable. Así, sin manos, mediante máquinas y artefactos pseudocientíficos, Roussel describió los extraviados e imposibles artefactos para pintar, hacer esculturas o música que sus extraviados personajes escritos idearon para salvar su vida en Impresiones de África (1910) de la que realizó, en 1911, una versión teatral representada al año siguente en París y a la que asistieron, no sin escándalo, Apollinaire, Buffet, Picabia y Duchamp. Este último quedó impresionado por aquella representación, SÁBADO, 10 DE DICIEMBRE DE 2011 abc. es ABC cultural 23 según confesó en 1946 a Sweeney: Había creado algo que yo no había visto nunca Sería después cuando leyera el texto, pero continúa: Roussel fue el principal responsable de mi vidrio La mariée, même... Él me mostró el camino Años después le decía a Pierre Cabanne: Era la locura total de lo inesperado. No recuerdo casi nada del texto. En realidad uno no escuchaba. Era sorprendente Y eso hizo, desde ese año y hasta 1923: poner en escena su complejo y fascinante, nunca acabado del todo, autorretrato de una vida y de una idea, su Mariée mis à nu... como si Impresiones de África se hubiese representado de nuevo. Y la explicó en cajas verdes y notas enigmáticas, en réplicas y maletas, diferentes versiones teatrales de una misma obra. Es lo que ahora ocurre con esta réplica, que viene a sumarse a otras conocidas y autorizadas por el propio Duchamp. No son la original, la inacabada definitivamente en 1926- 1927, cuando el vidrio se agrietó, restaurada cuidadosamente en 1936 por el propio artista, sino otra representación: como escribiera Octavio Paz, no es necesario ir a Filadelfia para ver el Gran Vidrio ya que se trata de un texto que puede ser incesantemente representado de nuevo, como jugando peligrosamente con cuchillos, cambiando la noción misma de arte y artista. En aquella velada de 1912, lo que vio Duchamp en el Théâtre Antoine puede reconstruirse mediante fotos o el cartel anunciador de la obra, con viñetas inconexas de lo representado, con máquinas y artefactos maravillosos, mezcla de sonidos ¿no pensó también Duchamp su Gran Vidrio como una partitura? ¿No escuchó Octavio Paz el rumor de las máquinas y los gritos del deseo y la cascada, el ruido de nueve disparos y tantas otras músicas? como en la máquina musical de Bex de Impresiones de África, que tanto recuerda al trineo y al molino de agua de los solteros que ponen al desnudo a la novia de la parte superior de su obra, que dicen que fue pintada- construida en vidrio por el francés, pero bien pudo haber sido autoría de la máquina de pintar sin manos ideada por una de las protagonistas de la obra de Roussel, Louis Montalescot. Y no es la primera vez que Duchamp fue otra, como ocurrió con Rrose Sélavy, oculista de precisión. No es necesario ir a Filadelfia ace poco reseñábamos la extraordinaria exposición que sobre Raymond Roussel y su presencia en el arte del siglo XX ha organizado el Museo Reina Sofía. Se trata, en su obra y en las de los demás que le acompañan, de imágenes y textos extraviados; artefactos biomórficos; máquinas que sienten y desean; seres y mundos paralelos que recorren cartografías imprevistas o irónicas, como paseos indiferentes, sin destino ni sentido que no sea el de la fábula y la crítica como formas de explicar o parodiar el mundo de lo real y el de las apariencias, todos los mundos y ninguno. Incluidos el azar y la cuarta dimensión, presentes en lo que la escritura puede revelar al juntar dos palabras que, aunque parecidas en sonido y escritura, significan universos opuestos o, tal vez, uno solo, visto, sentido y construido de mil maneras, todas paradójicas, rozándose en rimas asonantes, en músicas arbitrarias, en ruidos y sonidos tan precisos como extravagantes, tan profundos e inquietantes como burlones y carnavalescos, como pensando transparencias, pintando sin pintar en vidrio, pura luz de las oscuridades y deseos, alegoría del fuego. Como en los viejos maestros vidrieros, que siempre tuvieron algo de alquimistas. Se trata de una condición la de artesanos H Magos y científicos, a su manera Duchamp (sobre estas líneas) autor de Gran Vidrio que ahora llega a Madrid (en la otra página) quedó fascinado con Roussel (arriba) a quien le debe algunas de sus obras más sobresalientes