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SÁBADO, 19 DE NOVIEMBRE DE 2011 abc. es ABC cultural n la página 80 de El rey pálido sucede algo inesperado, extraordinario. Se nos anuncia un PREFACIO DEL AUTOR y, allí, el responsable arranca con un Aquí el autor y jugando, como solía hacerlo para curtirse y fortalecerse, al tenis con el viento en contra nos lanza una cantidad de advertencias. Y, sí, el autor. Y literatura de autor. Y la confesión de que El rey pálido es básicamente una autobiografía sin ficción, con elementos adicionales de periodismo reconstructivo, psicología organizativa, educación cívica elemental, teoría fiscal y demás y una memoria vocacional donde todo es verdad sin serlo del todo. El autor es David Foster Wallace (19622008) acaso la mente más brillante de su generación y, ahora, mito suicida del que El rey pálido es la piedra fundamental de vida literaria después de muerte física. El rey pálido (una década en el disco duro de su cerebro, inconclusa y póstuma, ordenada por el editor Michael Pietsch a partir de cientos de páginas y archivos y anotaciones) es también una suerte de suma creativa donde confluyen todos los recursos y obsesiones de Wallace: la mirada macro para lo micro descubriendo aquello que siempre estuvo allí pero que nadie se había detenido a observar (leyendo cómo Wallace mira el afuera comprendemos cómo Wallace piensa para sus adentros) la necesidad de saberlo y enseñarlo todo sobre el tema escogido; la estructura atomizada; el constante pendular entre la precisión científica y la emoción desatada y entre lo deprimente y lo euforizante. Puede entenderse El rey pálido como contracara de La broma infinita, su magnum opus y otra novela única de ideas fijas y reparto numeroso inmerso en una atmósfera controlada y supuestamente divertida Porque mientras El Tema de La broma infinita es la adicción al mundo del entretenimiento, El rey pálido opta por el aburrimiento como ética y estética instalándose en una asfixiante agencia tributaria de Peoria, Illinois, 1985, a la que un día llega un veinteañero de nombre David Foster Wallace, quien es y no es el autor. Así al igual que títulos encomiables como Casa desolada, de Charles Dickens; Moby- Dick, de Herman Melville; La pianola, de Kurt Vonnegut; Algo ha sucedido, de Joseph Heller; JR y Su pasatiempo favorito, de William Gaddis, o Y entonces llegamos al final, de Joshua Ferris El rey pálido es otra trabajosa y muy trabajada gran novela sobre el trabajo que pone a trabajar a ese trabajador que es el lector. Pero, por encima de todo, El rey pálido es una novela del lenguaje. O, mejor dicho, de David Foster Wallace como lenguaje más que como, apenas, estilo. Aquella instancia a la que solo acceden los grandes y a la que advertencia cuesta seguirlos. El idioma puesto al servicio de los impuestos como hasta hora impensable y torrencial motivo narrativo. La mecánica de la burocracia mutando a folletín zombi y entropista. Y Wallace creía que la buena narrativa debe reconfortar a quien está alterado y alterar a quien se siente cómodo E 09 COMO UN PUZLE Foster Wallace (a la izquierda) se suicidó en 2008. A partir de las páginas y notas que dejó escritas (arriba) el editor Michael Pietsch ha ordenado El rey pálido Misión cumplida. Digámoslo así: entrar en El rey pálido equivale a asumirnos como becarios explotables, y a hacer horas extras a las órdenes de un jefe tan exigente como imprevisible. Pero, ah, de golpe todo hace clic y encaja y sobreviene el placer de poder contar que uno estuvo allí. Como si el nabokoviano Charles Kinbote de Pálido fuego se hubiese sentado a escribir una temporada completa de The Office. Pero que a nadie espante o disuada la falta de final. Nada le interesaba o preocupaba menos a Wallace que la última página: Las novelas son como matrimonios. Tienes que estar de ánimo para acometerlas no por lo que será la experiencia sino porque te sientes tan triste cuando se acaban Así, como en todo matrimonio perfecto, hay en El rey pálido momentos de irritación feroz y tedio que lo comprendemos enseguida son el modus operandi de Wallace para enfrentarnos, de pronto, a instantes encandiladores de brillantez y gracia. Wallace definió los relatos de Kafka como una especie de puerta y nos propuso que nos imaginemos acercándonos y llamando a esa puerta, cada vez más fuerte, llamando y llamando, no solo deseando que nos dejen entrar sino también necesitándolo; no sabemos qué es pero lo sentimos, esa desesperación por entrar, por llamar y dar porrazos y patadas. Y que por fin esa puerta se abre... y se abre hacia fuera: porque durante todo el tiempo ya estábamos dentro de lo que queríamos Lo mismo, pienso, podría decirse de El rey pálido, otro chiste sin fin. Hace años tuve el placer de cruzarme con Wallace en un campus made in USA. No puedo decir que conocí a Wallace porque estuve con él apenas una hora o dos en un bar pero sí puedo afirmar que no voy a olvidarlo. Gracioso, simpático, tímido, inteligente, con ese look de Björn Borg grunge y ese pañuelo corsario sobre la frente y anudado en la nuca, como queriendo mantener bajo control todo lo que burbujeaba y hervía ahí dentro. Es que sudo mucho dijo me acuerdo para justificar el pañuelo. Nuestro turno ahora. De sudar. Es sano, hace bien, y se eliminan tantas toxinas. EL REY PÁLIDO DAVID FOSTER WALLACE Otro chiste sin fin Peoria, Illinois, 1985 DESEO CUMPLIDO La viuda de Foster Wallace encargó a Jonathan Franzen (arriba) amigo de la pareja, que esparciera parte de las cenizas de su marido en la Isla Alejandro Selkirk (Chile) Todas las obsesiones de David Foster Wallace están en El rey pálido la novela que escribía cuando se quitó la vida. Su suma creativa su testamento literario Por Rodrigo Fresán Edición y prólogo de Michael Pietsch. Traducción de Javier Calvo. Mondadori. Barcelona, 2011. 551 páginas, 23,90 euros