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Libros 20 AL PASO IGNACIO RUIZ QUINTANO PLATÓN EN NUEVA YORK l omeprazol para cien años de literatura progresista es un breve ensayo, rebosante de inteligencia y humor, de Richard Rorty: Trotsky y las orquídeas silvestres. A los quince años escapé de los matones que me golpeaban regularmente en el patio del colegio: matones que yo asumía que de algún modo se desvanecerían una vez el capitalismo fuera superado... ¡A los quince años! Que en eso consiste la eterna adolescencia fomentada por el régimen zapateril en España: llegar a los setenta con la pelea de los quince. Volvamos a Rorty, tan terne en su ideal de fundir realidad y justicia en una única imagen: alcanzar lo más alto de la línea platónica de división El platonismo tenía todas las ventajas de la religión, sin requerir la humildad que el cristianismo demanda. Rorty entendía por realidad aquellos momentos wordsworthianos en los cuales, ante unas orquídeas silvestres, se había sentido tocado por la inspiración. Y por justicia aquello por lo que luchaba Trotsky: la liberación de los débiles de la opresión de los fuertes. Buscaba un camino para ser al mismo tiempo un intelectual esnob y un amigo de la humanidad. Así el ex director de Zapatero en el Cervantes de Nueva York, que en su lucha platónica por la verdad nos señala a Ruano y a Cocteau como ángeles del III Reich. Cocteau es el más activo agitador para liberar de la Gestapo a Max Jacob. Solo Picasso se niega a firmar la petición de libertad: No vale la pena hacer nada. Max es un ángel. No necesita nuestra ayuda para echar a volar y fugarse de la prisión. En cuanto a lo de Ruano en París... Me buscaron en Madrid recuerda con la poca elegante idea de quitarme de en medio, idea a la que contribuyó con entusiasmo el diario La Tierra, a cuyo director traté años después en París como si nada de esto hubiese pasado... E PROHIBIDO COMER HABAS VIDAS DE PITÁGORAS patriarca constantinopolitano Focio (siglo IX) y la enciclopedia bizantina Suda (siglo X) De ellas la más extensa es la de Jámblico, Sobre la vida pitagórica, que ocupa más de cien páginas del espléndido libro objeto de este comentario. Un libro que ha tejido con paciencia, buen estilo y asombrosa erudición uno de nuestros helenistas jóvenes más conspicuos, David Hernández de la Fuente, cuya bibliografía, a pesar de su juventud, resulta apabullante. Junto a esmeradas traducciones propias de esas Vidas de Pitágoras, escrupulosamente anotadas ¡lástima que las notas no figuren a pie de página! David Hernández de la Fuente incluye en el libro una enjundiosa introducción a Pitágoras repartida en cuatro epígrafes que se dividen en diferentes subepígrafes: Mediador con lo divino. Un estudio sobre Pitágoras El mito de Pitágoras: vidas y enseñanzas del hombre divino El mito del pitagorismo: la caverna, el adivino y la comunidad y Breve panorama de la tradición pitagórica: pitagóricos y falsarios He hablado antes de pasada de la prohibición pitagórica de comer habas; pues bien, todo el sistema estatutario de la secta es analizado en detalle por Hernández de la Fuente en el imprescindible La vida pitagórica: ética e iniciación en la secta divina El tomo, tan bien editado por Ediciones Atalanta, concluye con los famosos Versos de oro atribuidos al gurú samio, pero de redacción muy posterior. Supe de la existencia de esos Versos de oro por una traducción exquisita del poeta italiano Camillo Sbarbaro publicada por Vanni Scheiwiller (Milán, 1968) Tienen su miga los hexámetros pseudopitagóricos. Veamos algunos, en la inmaculada traducción de Hernández de la Fuente: No hagas cosas vergonzosas, ni con otros ni por tu cuenta; pues has de avergonzarte sobre todo ante ti mismo. Practica la justicia en hechos y palabras y sobre todo ten en mente que la muerte les está destinada a todos y que las riquezas amasadas en otro tiempo perecerán en el siguiente ¡Qué bien le vendría al mundo que siguiéramos todos los consejos de ese apócrifo Pitágoras! LUIS ALBERTO DE CUENCA DAVID HERNÁNDEZ DE LA FUENTE Atalanta Vilaür (Gerona) 2011 438 páginas, 25 euros El hombre divino itágoras de Samos, cuyo floruit podría situarse en torno al año 532 antes de Cristo, fue, además de un filósofo y un geómetra notable, el gurú de una secta religiosa que tuvo mucha trascendencia en el Mediterráneo griego de su época. Los datos que nos proporcionan sus biógrafos antiguos nos lo entregan real, entero y verdadero, pero lo mismo ocurre con las biografías de Homero y aún seguimos dudando, y con motivo, de la existencia del autor de la Ilíada, de modo que no podremos llegar a saber nunca si un tal Pitágoras, famoso por el teorema que lleva su nombre y por su manía de prohibir a sus adeptos el consumo de habas, nació y murió alguna vez de forma fidedigna. Con- P cedámosle, sin embargo, el supuesto beneficio de haber existido y digamos que pudo ser discípulo de los también presocráticos Ferécides de Tiro y Anaximandro de Mileto. Continuemos diciendo que acaso visitó Egipto, nutriéndose de las enseñanzas esotéricas que le impartieran los sacerdotes, y que fundó en Crotona (Magna Grecia) hacia el 530 a. C. una especie de secta entre religiosa y política que suscitó la hostilidad del partido demócrata de la ciudad, obligando a Pitágoras a buscar refugio en Metaponto, donde tal vez fallecería. Se urdieron varias biografías sobre tan fascinante personaje, escritas por Diodoro de Sicilia (siglo I a. C. Diógenes Laercio, Porfirio de Tiro y Jámblico de Calcis (los tres del siglo III d. C. el Paciente erudición Pitágoras, cuya figura analiza Hernández de la Fuente (sobre estas líneas) destacó como geómetra. Arriba, la proposición 47 del libro I de los Elementos de Euclides, que recoge su famoso teorema