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Cine 34 ABC cultural SÁBADO, 16 DE JULIO DE 2011 abc. es LOS TESOROS DE LA CRIPTA Malas armas ga (1996) un spaghetti- western futurista que rinde tributo al Yôjinbô de Kurosawa o esta Malas armas (1997) que ahora comentamos, tal vez su película más redonda, o siquiera menos saqueada por los consabidos productores filisteos. Posteriormente, el cine de Pyun, cada vez más relegado al ostracismo, ha brindado títulos personalísimos, de presupuesto exiguo o inexistente, como Infection (2005) o Bulletface (2010) En Malas armas Pyun contó con medios menos menesterosos; y pudo rodar durante dos semanas, que en su caso es casi una eternidad. El argumento de la película, muy expeditivo y macarroide, guarda reminiscencias de El malvado Zaroff (1932) aquella perla del cine de cacerías humanas Vincent Moon (Ice- T) preboste de una organización mafiosa, convoca en una prisión de alta seguridad recién construida a cien delincuentes y asesinos a sueldo (entre ellos un inefable Chistopher Lambert teñido de rubio platino) con los que mantiene cuentas pendientes; enseguida sabremos, después de que sus esbirros los desarmen, que su propósito es masacrarlos, pero ha ideado un método que convierte la masacre en un juego del escondite: en algún paraje de la prisión se guarda un maletín con diez millones de dólares; durante su búsqueda, los asesinos a sueldo tendrán que matarse entre sí, hasta que sólo sobrevivan tres, que podrán repartirse el botín. A tan demencial premisa sigue una ensalada de tiros que se prolonga durante hora y media, rodada con una estilización que deja chiquitos los alardes de John Woo; por restricciones presupuestarias, sin embargo, la ensalada de tiros no se completa con los consabidos excesos hemoglobínicos, lo que acentúa el onirismo de la película, que se beneficia de una fotografía en estado de gracia de George Mooradian (azulosa y gélida en el interior de la cárcel; cálida y terrosa en las contadas escenas de exteriores) y de una deliciosa banda sonora de Tony Riparetti que intercala una catarata de ritmos de mambo, hasta convertir la masacre en una suerte de celebración jovial. Pyun, que rodó la película en la recién construida prisión del condado de Los Ángeles, pocos días antes de que se inaugurase, aprovecha los escenarios naturales para hacer de cada secuencia una filigrana visual, coreografiada sobre la marcha, con un sentido portentoso de la planificación y el encuadre y un empleo operístico sergioleonesco del scope. Malas armas desliza también reflexiones sobre la culpa y la redención que permiten una lectura alegórica de la película, pero ante todo se erige como un ejercicio de virtuosismo fílmico, que hace virtud de las limitaciones de tiempo y presupuesto y encumbra a Pyun en esa estirpe de genios malditos que, como Ulmer o Freda, lograron hacer de sus propuestas de apariencia paupérrima, descabellada o bodriesca auténticas obras de arte, mediante la alquimia de un estilo hipnótico. Ojalá no hayan de pasar varias décadas para que así se lo reconozcan. JUAN MANUEL DE PRADA MALAS ARMAS. ALBERT PYUN. PROTAGONIZADA POR ICE- T. EE. UU. 1997 Escondite a tiros Albert Pyun es, sin duda, un director de serie Z. Pero es uno de los pocos, como Ulmer o Freda, capaces de dotar de genio a las producciones más ínfimas l cine de género (sobre todo cuando es de presupuesto bajo o pigmeo) se funda en el acatamiento de una serie de convenciones y rutinas que suscitan en el aficionado una impresión de confortable familiaridad. Entre los contadísimos cultivadores del cine de género que se han atrevido a emplear procedimientos más propios de lo que podríamos denominar arte y ensayo (despojado de sus connotaciones pelmazas o injuriosas) podríamos citar a maestros como Edgar G. Ulmer o Riccardo Freda; pero la genialidad de sus propuestas sólo fue comprendida varias décadas más tarde, cuando sus películas de apariencia paupérrima, descabellada o bodriesca fueron reivindicadas por cinéfilos perspicaces. El último representante de esta estirpe maldita de cineastas es Albert Pyun (1954) una especie de Godard de la serie Z que se ha distinguido por aplicar al cine de género más desinhibido o casposo tratamientos vanguardistas, ganándose así la animadversión de los aficionados más obtusos. E La carrera de Albert Pyun, tras una adolescencia cinéfaga y un período de meritoriaje a las órdenes de Kurosawa, se inicia con Cromwell, el rey de los bárbaros (1982) una de las joyas más recónditas del cine de sword sorcery. En los años sucesivos, al servicio de compañías tan famosas (e infames) como Cannon, Full Moon o Empire, Pyun completó, a ritmo estajanovista, una serie de títulos que se cuentan entre los más sabrosos guilty pleasures de la década de los ochenta de Sueños radioactivos (1985) a Cyborg (1989) todos ellos amputados en la sala de montaje por los productores. Será en la década de los noventa cuando Pyun cuaje definitivamente un estilo distintivo, con películas rodadas casi siempre en menos de una semana, en circunstancias de penuria extrema, destinadas al mercado del vídeo y, sin embargo, rodadas en formato anamórfico (que luego eran impíamente destrozadas en versiones pan scan para su comercialización) A esta etapa pertenecen obras tan estimulantes como Némesis (1992) el eslabón perdido entre Terminator y Matrix Apocalipsis Ome- Arriba a la izquierda, varios de los asesinos que competirán por sobrevivir en la película. Debajo, Ice- T interpretando al cerebro del plan. Sobre estas líneas, Albert Pyun y el cartel de la cinta