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SÁBADO, 11 DE JUNIO DE 2011 abc. es ABC cultural l periodismo se aprende mejor en las páginas de sucesos; desde el fait divers que inspiró novelas ejemplares el Rojo y negro stendhaliano a la no ficción de Capote relatando A sangre fría. Es la adrenalina reporteril con su agilidad narrativa, la frialdad descriptiva y la disección cuasi notarial del work in progress, el acontecimiento en proceso. Agavillar unas cuantas crónicas en torno a un mismo suceso proporciona un atractivo efecto mosaico. Puntos de vista y momentos temporales diversos entre el desenlace asesinato, masacre, atentado, secuestro y los orígenes del mal. Estos son los poderes de Asesinato en América, ocho delitos de sangre narrados por premios Pulitzer del periodismo y reunidos por el crítico, editor y traductor Simone Barillari. La antología criminal se abre con una primavera negra. El 31 de mayo de 1925, dos hijos de... millonarios Nathan Leopold y Richard Loeb secuestran y asesinan a Robert Franks, de catorce años. No tenían motivos para ensañarse con el chaval, pero aspiraban a ejecutar el crimen perfecto. Hitchcock se inspiró en ellos para La soga y Orson Welles les dedicó Compulsión. El tal Loeb despreciaba al género humano sin excepciones; Leopold aspiraba a superhombre nietzscheano. El caso abdujo a la opinión pública y los reporteros Mulroy y Goldstein, del Chicago Daily News, descubrieron de dónde procedían los anónimos que el dúo asesino hacía llegar a la familia de la víctima: identificaron los caracteres de una Remington portátil que Leopold utilizaba en sus trabajos universitarios. A eso se llama oficio. Y Pulitzer. Otra primavera negra, cruel abril de 1999. Los estudiantes del instituto Columbine, en un barrio elegante de Denver (Colorado) disfrutaban del esplendor en la hierba a pocas semanas de la graduación. Marcaba el reloj las once treinta cuando dos sujetos con gabardinas negras, subfusiles y explosivos desencadenaron la peor tragedia escolar en la Historia de Estados Unidos. Estudiantes de aquel mismo instituto, Eric Harris y Dylan Klebold eligieron para su orgía sangrienta el 20 de abril: 110 aniversario del nacimiento de Hitler. De hogares acomodades como sus compañeros, no eran malos estudiantes, pero amaban las pistolas y odiaban, también, al género humano. Especialmente a los deportistas y los negros. Su grupo, la Mafia de las Gabardinas Negras, glorificaba al Führer y lucía esvásticas, aunque nadie se los tomaba en serio. En pie todos los deportistas. Os vamos a matar anunciaron los verdugos. Eric y Dylan acabaron con catorce estudiantes y un profesor, jaleando cada disparo... Otras veces el crimen en América culmina con la siniestra Ley de Linch. Sucedió en 1933; dos asesinos confesos del secuestro y asesinato del hijo de un comerciante fueron linchados en la californiana plaza de San José. Diez mil hombres y mujeres, deseosos de tomarse la justicia por su mano, los habían prendido tras asaltar la prisión del condado. Las fotografías que acompañan la crónica de Royce Brier, reportero del San Francisco Chronicle, incrementan el estilo palpitante de una transmisión en directo. Trece ediciones del Chronicle y dieciséis ho- E 11 ras de trabajo entre gases lacrimógenos y la jauría humana que amenazaba con colgar, también, a los periodistas. Crímenes que rematan días de locura: es el caso de Howard Unruh que Meyer Berger describió en The New York Times, año 1950. Un veterano de guerra masacra a doce personas en la calle East Camden. El motivo: la noche anterior, alguien había robado el postigo que acababa de instalar en el jardín. Resultado: el primer asesino en masa, que acabó sus días en 2009 en un hospital psiquiátrico, decidió entonces matarlos a todos para asegurarse de castigar al culpable La crónica de sucesos está habitada por locos solitarios como el francotirador que aterrorizó en 1966 a la comunidad de Shade Gap. William D. Hollenbaugh era carne de correccional y manicomio. Conocido como el Hombre de la Montaña, disparaba a todo lo que se movía: secuestró a una joven y mató a un agente del FBI. Aquel lobo estepario de 44 años prefería la compañía de los animales. Fue ese amor el que le condenó. Un policía lo cazó de un tiro certero cuando retornaba a su guarida para rescatar a sus perros en plena batida. Otras veces, quienes detentan la ley le dan al gatillo sin justificación: cuatro estudiantes acribillados en 1970 por la Guardia Nacional durante una manifestación en el Estado de Kent. Y si el crimen puede adornarse de presunta legalidad, también puede escribirse en forma de plegaria, como la de la secta del Templo del Amor de los Yahweh, julio de 1990: ángeles del infierno y la abyección camuflada de utópico espiritualismo. Un retazo de frase coloreada para el instante decisivo. Albert Merriman Smith, Dallas, 22 de noviembre de 1963. El asesinato de Kennedy. Se escuchan tres disparos y nuestro hombre, coleccionista de rifles, sabe muy bien que no son explosiones de motor, como sostienen algunos de los presentes. Fragmento memorable: Cuando se ve la Historia estallar delante de los propios ojos, incluso el observador más experimentado tiene una capacidad de comprensión limitada El instante decisivo: Me pareció ver un atisbo de rosa que podría ser Jacqueline Kennedy El coche presidencial aceleró con JFK boca abajo. Así se escribe la Historia. ASESINATO EN AMÉRICA SIMONE BARILLARI (ED. Varios traductores. Errata Naturae. Madrid, 2011. 349 páginas, 22,90 euros El Hombre de la Montaña Mafia de las Gabardinas Negras Ocho delitos de sangre relatados por premios Pulitzer del periodismo son los que recoge Asesinato en América Un viaje al origen del mal que es, además, la crónica más negra de EE. UU. Por Sergi Doria El atentado contra Kennedy es uno de los crímenes narrados en este volumen. A la izquierda, JFK Reloaded videojuego sobre el magnicidio (en la imagen superior) Estas páginas también recogen la matanza de Columbine, que inspiró el filme de Michael Moore, y el asesinato del niño Robert Franks, en el que se basó Hitchcock para La soga Arriba, carteles de ambos filmes