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Portada 06 en la que quedaría recluida la cultura polaca. Recurriendo a las palabras del propio escritor, diríamos: traicionó. Se escapó adonde pudo. Ante sus ojos veía la lisa pared de Oriente, a su espalda las murallas polacas de la Ciudad Oscura. En 1951, mientras trabajaba la Embajada de Polonia en París, Milosz buscó refugio en la sede parisina de la editorial Kultura. Como solía decirse por entonces, eligió la libertad Kultura publicó su famoso artículo Nie No Posteriormente contaría su ruptura con el régimen en Historia de un suicida. La decisión que tomó Milosz debió de haber nacido de la más absoluta desesperación. Los círculos de la emigración polaca en Occidente, fieles al anterior sistema, veían en él a un agente comunista; los salones franceses de orientación izquierdista lo consideraban un agente estadounidense y un instigador de la guerra. Rompió también con su medio natural, sus amigos en Polonia, quienes optaron por continuar confeccionando sus mezclas para el futuro aun al precio de verse obligados a escribir alguna que otra obra al servicio del régimen. Y el precio inicial que les exigió el poder fue escupirle a Milosz. Hubo muchos que se doblegaron a esta exigencia y entre ellos se encontraba cosa que recuerdo con dolor mi querido maestro y amigo Antoni Slonimski, quien por oportunismo, desconocimiento, pero sobre todo por miedo, escribió entonces la infame Carta a Milosz, de la cual se avergonzaría hasta el final de sus días. Basta con consultar las revistas de aquella época, tanto las publicadas en Polonia como en la emigración, para darse cuenta de lo obvio: Milosz, calumniado y vilipendiado, se había convertido en un hombre entre escorpiones Posiblemente fuera aquella experiencia de un aislamiento total salvo la honrosa excepción de Jerzy Giedroc y los círculos parisinos de Kultura lo que impulsó a Milosz a escribir un libro sobre Stanislaw Brzozowski. Probablemente también por el mismo motivo defendió públicamente a Józef Mackiewicz, condenado con dureza por la ortodoxia patriótica polaca. En un gesto real, tomó partido por las personas acusadas de traición mayor, a quienes nadie más quiso defender. En un panfleto alusivo a los emigrantes polacos en Londres, Milosz escribió: Y los rusos entraron en las ruinas de la ciudad Con sus tanques, les dieron normas y les pusieron el collar. La nueva provincia crece ya en el Imperio Y trae como tributo carbón, manteca y cereales. Maldice el pueblo, y los bufones le cantan Que nunca había sido tan libre como ahora. Y busca signos que iluminan el cielo: ¿La paz del servilismo? ¿O el exterminio de la guerra? Mientras, ellos, temblando en las cuevas de las sombras, Piensan que no saben que ya están condenados (París, 1951) Al escribirlo, Milosz era consciente de que aquellos que tiemblan en la caverna de sombras controlaban la opinión pública en la emigración. Le llovieron rayos y piedras, no se salvó de los peores insultos ni calumnias, mientras desde Polonia le llegaba un grito insistente: Eres un desertor; eres un traidor Nunca olvidó aquellos momentos y en Total aislamiento cia en la visión de este poeta herido! Tuve la suerte de conocerlo durante casi 30 años. Le conocí personalmente en el otoño de 1976 en París, aunque naturalmente ya había leído sus poemas y ensayos. Siendo un chaval de 15 años me escapaba de las clases del colegio a la Biblioteca Nacional, donde leía sus obras. Como pocos, puedo atestiguar cuánto debo a estas lecturas. Cuando a veces me pregunto qué podré alegar a mi favor en el Juicio Final, sigo repitiéndome que pertenezco a un círculo muy reducido de personas que contribuyeron a publicar la obra de Milosz en Niezalezna Oficyna Wydawnicza, editorial clandestina polaca. Cuando el poeta fue galardonado con el Nobel, pudimos decir con orgullo que éramos sus editores en Polonia. Sin embargo, en aquellos momentos en París nadie soñaba todavía con el Nobel. Milosz, a quien conocí a través de Jerzy Giedroyc y Zygmunt Hertz en la redacción de Kultura, el futuro amaría siempre a su patria con un me honró con una invitación a cenar. Quedaamor particular, libre de autoengaño. Años mos en el Barrio Latino, donde el poeta tardó bastante en encontrar el restaurante. Miraba más tarde escribiría: Lengua mía fiel, te he servido. Has a su alrededor, perdido, arrastrándome por sido mi patria, porque me faltaba cualquier las callejuelas, hasta que finalmente lo enotra. Pensaba que serías también media- contró. Se trataba de un pequeño y simpático dora entre yo y la buena gente, aunque bar búlgaro. Nos sentamos, Milosz pidió el fueran veinte, diez o no hubiesen nacido vino y dijo: Aquí precisamente quería traertodavía. Ahora reconozco mi duda. Hay le. Solía venir aquí a principios de los años momentos en los que parece que he mal- 50, diariamente, creyendo siempre que éste gastado mi vida. Porque eres la lengua de sería el día de mi suicidio Fue una conversación larga los humillados, lengua de los y fascinante. En un momento irracionales y de los que se MILOSZ odian a sí mismos tal vez más PRESENCIÓ EL FIN dado, cuando íbamos aproximadamente por la tercera boque a otras naciones, lengua DEL MUNDO, de los confidentes, lengua de EQUIPARABLE EN tella de vino, empecé a recitar de memoria los poemas de los trastornados Pero sin ti, ¿quién soy? (Berkeley, SU VISIÓN CON EL Milosz, sorprendentemente DERRUMBE DE LA liberado de mi habitual tarta 1968) ANTIGUA ROMA mudeo. Me conocía muchos. ¡Dios mío, cuánta perspica- El día de mi suicidio Czeslaw Milosz recibe de manos del Rey Carlos XVI Gustavo de Suecia el Nobel de Literatura en 1980 (sobre estas líneas) Arriba, su firma en la portada de uno de sus libros