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SÁBADO, 4 DE JUNIO DE 2011 abc. es ABC cultural 73 Alatriste en una acción de comandos D iego Alatriste me es un personaje muy querido. Y el último libro, Corsarios de Levante, se publicó hace ya casi cinco años. Hay lectores que llevan años reclamando un nuevo episodio. Así que creí buena idea adelantar las dos primeras páginas. Decir que ya hay otra aventura escrita. De camino. Que el capitán, hombre de palabra, no faltará a su cita con quienes lo esperan. Así explica Arturo PérezReverte su decisión de mostrar a través de las páginas de este ABC Cultural 1.000 el arranque de El puente de los asesinos, séptima aventura del capitán Alatriste. Su creador nos adelanta la trama de la novela: Se trata de un golpe de mano en Venecia. Tras el fracaso de la supuesta conspiración del duque de Osuna, los españoles quieren intentarlo de nuevo, asesinando al Dux de Venecia durante la misa de Nochebuena. La acción que podríamos llamar hoy de comandos se la encomiendan a Diego Alatriste y a sus camaradas Personajes que son ya como de la familia la del autor, la nuestra y por los que siente una ternura especial, supongo. Una gran comprensión. Son mercenarios, asesinos, sicarios... Tipos poco recomendables, políticamente incorrectos, que se buscan la vida como pueden en una España y una Europa convulsas, pero que reflejan bien, o al menos así lo intento, la trágica historia de tantos pobres españoles de a pie, capaces de lo mejor y de lo peor, engañados y manejados por los de siempre: reyes imbéciles, curas fanáticos, nobles y funcionarios corruptos Escritor, periodista y miembro de la Real Academia Española desde 2003, Arturo Pérez- Reverte (Cartagena, 1951) irrumpe en el panorama literario en 1986 con El húsar El capitán Alatriste inaugura en 1996 la serie de aventuras del veterano de los tercios de Flandes que malvive como espadachín a sueldo en la España del siglo XVII El maestro de esgrima (1988) La Reina del Sur (2002) y El asedio (2010) son algunas de sus novelas lloviznaban nieve casi líquida sobre la laguna veneciana. Hacía mucho frío aquel 25 de diciembre de 1627. Están locos dijo el moro Gurriato. Seguía tirado en la escarcha del suelo, envuelto en mi capa mojada, y se incorporaba débilmente sobre un codo para observar a los contendientes. Yo, que acababa de vendarle la herida del costado, permanecía de pie junto a Sebastián Copons, tiritando bajo mi jubón de poco abrigo. Mirando a los dos hombres que, a veinte pasos de nosotros, destocados, a cuerpo gentil pese a lo destemplado del paraje, se acometían espada y daga en mano. Dios ciega a quien desea perder masculló el moro, entre los dientes apretados por el dolor. No respondí. Estaba de acuerdo en que aquello era un disparate que remataba el otro, el más vasto y sangriento que nos había llevado hasta allí; pero nada podía hacer yo. Ni ruegos ni razones, ni tampoco la evidencia notoria del peligro mortal que corríamos todos, habían logrado evitar lo que estaba ocurriendo en la isla. Una porción de tierra, ésta, cuyo nombre iba que ni pintado a nuestro presente incierto: isla de los Esqueletos, lugar elegido como osario por los habitantes de Venecia para despejar, de unos años acá, sus atestados cementerios. Las huellas estaban por todas partes. Entre la hierba húmeda, el barro y la tierra removida, a poco que se fijara uno, veía asomar restos de huesos y calaveras. No sonaba otra cosa que el tintineo de los aceros: cling- clang. Mis ojos sólo se apartaron de la escena para mirar lejos, hacia el sur, donde la laguna se abría al Adriático. Pese a que cuanto más se asentaba la luz diurna disminuían nuestras posibilidades, me animaba la esperanza de divisar, antes de que fuera demasiado tarde, una manchita blanca en el horizonte: la vela de la embarcación que debía sacarnos de allí, llevándonos a un lugar seguro antes de que nuestros perseguidores, que escudriñaban airados las islas cercanas, diesen con nosotros y nos cayeran encima como perros rabiosos. Y por Dios que no les faltaba motivo. En cualquier caso, ya era sobrado milagro que estuviésemos allí, temblando de frío en aquel islote, con su cuchillada el moro Gurriato pero todavía vivo, mientras el capitán Alatriste ajustaba viejas cuentas pendientes. Los cuatro que aguardábamos en la isla dos de nosotros mirando y los otros en danza de toledanas, como dije éramos de los pocos que aún podían contarlo. En ese mismo instante, no lejos de allí, otros compañeros de aventura estaban siendo torturados y estrangulados en los calabozos de la Serenísima, colgaban de una soga frente a San Marcos o flotaban en el agua de los canales, tiñéndola de rojo con un lindo tajo en la garganta. ARTURO PÉREZ- REVERTE