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Libros 20 EL EPÍLOGO DE TONY JUDT EL REFUGIO DE LA MEMORIA TONY JUDT Traducción de Juan Ramón Azaola Taurus. Madrid, 2011 240 páginas, 19 euros e estoy muriendo. Ya no tengo tiempo de llevar a cabo los grandes proyectos en los que esperaba trabajar. Pero quizás antes de abandonar este mundo pueda dejar unas breves memorias que resuman mi vida, los escenarios principales en los que ha transcurrido y las conclusiones a las que he llegado. Estos debieron de ser los pensamientos que llevaron a Tony Judt, uno de los grandes historiadores de nuestro tiempo, a escribir este libro en los últimos meses de su vida. El refugio de la memoria es una lectura muy personal. No son unas memorias en el sentido estricto de la palabra, sino una serie de recuerdos, especialmente de los primeros años de su vida y de su etapa de formación. Comienza con una cautivadora descripción de la Inglaterra de la posguerra, en la que nació en el seno de una familia judía. Recrea la austeridad de esos años y la vida en Londres en el barrio en el que creció; también la comida y los hábitos de su familia, que, por tener diversos orígenes continentales, era distinta a las demás. Quizás debido al trauma de escribir este libro con el cuerpo paralizado, Judt se recrea en la descripción de sus viajes, como el que realizó con dieciséis años en barco por el Mar del Norte, o el que hizo en coche atravesando Estados Unidos. Ante todo, recuerda con especial cariño unas vacaciones en Suiza durante su niñez, que inspiran el emotivo final de este libro, en el que imagina su fin esperando pacíficamente un tren en una estación de aquel país. Judt presta mucha atención a los lugares en los que se formó y en los que iba a surgir el gran intelectual en M el que se convirtió. Describe sus primeras impresiones de la Universidad de Cambridge, donde, debido a su origen social humilde y sus vínculos continentales, era una rara avis entre el alumnado. Luego habla de París. Allí es testigo del reinado intelectual de Sartre y del legado de Mayo del 68, por el que queda profundamente marcado. Madurez intelectual Vacaciones en Suiza Israel es otra experiencia importante. A partir de su estancia en un kibutz, dejó de creer en el sionismo. Además de resultarle desagradable, por el intenso trabajo físico que tenía que hacer allí, también le decepcionó la mentalidad de sus compañeros, por su dogmatismo y su desprecio ante el porvenir de los árabes. Por último, Estados Unidos, donde se asienta a los cuarenta años, realizará la mayor parte de su obra y alcanzará la madurez intelectual. Es interesante leer cómo Estados Unidos contribuye a distanciar a Judt de la izquierda que le atrajo en su juventud. Sin embargo, a pesar de que el país le fascina hasta nacionalizarse estadounidense, mantiene una actitud muy crítica hacia el materialismo y el mesianismo americano. Judt, autor de grandes obras, como Posguerra, fue un ejemplo de esa especie en vías de extinción llamada spectateur engagé, aunque él, a diferencia de tantos intelectuales del siglo XX, no sirvió a ninguna ideología y mantuvo un distanciamiento crítico hacia todas ellas. Para todos los que hemos leído y disfrutado con sus textos, este libro es una grata sorpresa, un bello epílogo con el que poder recordar su vida y su obra. JULIO CRESPO MACLENNAN Las teclas de la literatura GONZALO CRUZ La semana pasada, una de las dos únicas fábricas de máquinas de escribir que quedan en el mundo cerró sus puertas en Bombay. La historia de un réquiem n 1950, el compositor americano Leroy Anderson compuso una breve pieza orquestal para máquina de escribir, The Typewriter, que se ha convertido en una pieza de repertorio en las salas de conciertos. La pieza de Anderson, que es breve y festiva, parece la banda sonora de un episodio de dibujos animados de Tom y Jerry. Pero lo importante es que Anderson incorpora a su música el sonido enfebrecido del tecleo de una máquina, y también el chasquido del rodillo y el timbrazo que avisa del final de la línea. Para algunos de nosotros, el tecleo de una máquina de escribir es uno de los sonidos más hermosos que existen. Hay gente un poco rara que se sabe todo lo relacionado E con las máquinas de escribir. Llegué a conocer a un tipo que se sabía de memoria las máquinas que usaban los escritores. Faulkner usaba una Remington 12 me decía, y Hemingway una Underwood portátil. Me gustaba ponerlo a prueba, preguntándole por ejemplo qué máquina usaba John Cheever, pero aquel tipo era imbatible: Cheever usaba una Royal portátil Una bala en la cubierta Paul Auster es inseparable de su Olympia SM 3, a la que le dedicó un libro. Arriba, dibujada por Sam Messer L o i n t e n t é co n A n t h o ny Powell, a quien imaginaba dictando sus novelas a un escribiente que había sido su ordenanza en el ejército, pero aquel tipo no vaciló: Powell usaba una Olympia SM 9 Me quedé atónito, así que se me ocurrió preguntarle por el escritor más alejado de los refinados modales de Powell.