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Arte 26 ALLEGRO MA NON TROPPO GABRIEL ALBIAC SAMURÁI L a soledad del samurái es tan profunda como la del tigre en la jungla Y tan hermosa. Porque abocada a nada. A nada que no sea el honor de saber la propia vida, sacrificio del cual nadie dará cuenta. Solo honor y silencio ante una muerte sin retórica. Ni estética, puesto que el rito del sepuku no busca la muerte bella que fascina a occidente; en su lugar, el volcado doloroso de sangre y vísceras que lentamente fluyen del abdomen rajado de parte a parte. La solitaria belleza del guerrero es arrojar fuera de sí ese lastre que lo liga al mundo sin ahorrarse ni dolor ni náusea. Y en silencio. Yukio Mishima dio su perfección en un relato breve que narra el fin de un joven oficial tras su golpe fracasado. También, en un primoroso cortometraje. Y malogró su propia y absoluta apuesta con un sepuku chapucero que hubiera avergonzado al soldado más sencillo de la gran época. Así es la vida. No se puede ser épico en el arte y en lo real. El artista que hace de su cuerpo obra de arte, con el cual soñara Nietzsche, es una vana ilusión las más las casi todas de las veces. Retornemos, pues, al arte. Al cine, en el cual el gran Akira Kurosawa caligrafía en caracteres japoneses al único modelo en el cual sus héroes trágicos se reconocen: William Shakespeare. El Museo ABC, en ese recodo del Madrid aún casi aldea que da a la plaza de las Comendadoras, acoge sus dibujos. Que milimétricamente prefiguran sus películas. La emoción de retornar a la filmoteca de mis quince años me embriaga. No, Kurosawa no nos llevaba lejos. Ni un átomo de exotismo. Solo el rigor que fuerza a cada uno a sumergirse en sí. En lo más hondo. Reconozco la mirada de mi adolescencia. Sé que fue justa. Y eso me conmueve La soledad del samurái es tan profunda como la del tigre en la jungla donde toda luz es noche y todo ruido silencio. Pero el cinéfilo sabe que esa cita no encabeza una película de Kurosawa. Sí, una de gángsters que rodó JeanPierre Melville en el París terminal de 1967. BOCADOS DE REALIDAD La galería ADN de Barcelona sirve de caja de resonancia para el trabajo reciente, con banda sonora incluida y en clave autobiográfica, de Carlos Aires no renuncia a sus instintos y sus formas, pero menos temperamental y más asentado y calculador. Y el mordiente llega ahora de un nuevo extrañamiento: el que provoca regresar a un país que se cree que se conoce pero que ha seguido su camino y su desarrollo mientras el artista estaba fuera. Más que un choque entre lo local y lo global (que también lo hay en el conjunto) el descarrilamiento llega ahora del repaso a lo que se creía conocido de memoria. Porque lo autobiográfico siempre ha sido un ingrediente fundamental en el puchero de Aires, pero ahora prevalece la relación del artista mismo con el entorno, que se tensa, sin llegar a romperse. Esa es la fina e invisible línea que recorremos desde el Let s Get Physical del título hasta el Let s Get Lost de la última pieza, en un deambular mudo, pero con sus propias bandas sonoras. Nada más entrar en la galería, Aires nos recibe con una instalación que evoca la configuración de los patios andaluces que lógicamente le son familiares pero también la de los nichos en los cementerios (Luto ibérico, 2011) Fotografías vintage de guardias civiles extraidas de la colección de ABC, reclaman una nueva Un choque de trenes o publiqué en mi muro en Facebbok porque me hizo gracia: Mientras Carlos Aires (Ronda, 1974) preparaba el montaje de esta muestra en Barcelona, me llamó para informarme del asunto. Recuerdo que cuando acabamos de hablar se despidió con un sonoro adeu Nada de particular, si no fuera por su marcado acento andaluz. La fusión quedaba hasta resultona. Comunicar esto en la red social supuso varios rápidos me gusta y algún simpático L comentario. Cuento esto porque la misma obra de Aires y esta exposición es buen ejemplo nace de poner en contacto realidades aparentemente contrapuestas que, en su nuevo contexto, arrojan cierta sensación de pérdida y un nuevo ámbito desde el que observar lo que tendemos a discriminar por anodino o manido. Esta es la segunda individual de Carlos Aires en Barcelona y también la más redonda de las celebradas hasta ahora en España. El espacio de la gale- Montaje teatral ría se presta al montaje teatralizante y en recorrido que tanto beneficia si está bien trabado a este artista. Con Danzad, danzad, malditos, la anterior cita en estas salas, Aires cerraba un ciclo de más de una década en Centroeuropa. Aquella muestra era una especie de recopilación de lo que habían dado de sí esos años. Las nuevas series de Barcelona (iniciadas ya en España, y que poco a poco se han ido conociendo en Álvaro Alcázar, su galería en la capital, ARCO y alguna colectiva) nos ofrecen a un creador que