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Libros 20 La máscara de África Los viajes y las creencias religiosas centran La máscara de África la primera obra que Naipaul publica después de la concesión del Premio Nobel en 2001. Mondadori la pone a la venta el 6 de mayo ra el invierno surafricano. En la meseta que rodea Johanesburgo el aire era seco y la hierba parda; a la salida del aeropuerto los jacarandás (como tales me los habían definido) se habían puesto amarillos. Ningún signo del África tropical, o eso parecía; los colores eran como los colores mordisqueados por el invierno de lugares muy lejanos, al norte, Irán, quizá, o Castilla. Las líneas rectas de los edificios industriales camino de la gran ciudad correspondían a una cultura de ciencia y dinero, el estilo de otro continente, de otra civilización. Los obreros africanos que trabajaban al borde de la carretera, exóticos al principio en ese escenario, poco a poco empezaban a encajar Dos días después en el centro de Johanesburgo, vi lo que había sucedido en una parte de la ciudad tras el apartheid. Preocupada por lo que pudiera conllevar el fin del apartheid, la población blanca se había marchado, así, sin más, y se habían instalado los africanos, no gente de allí, sino personas sin responsabilidades de los países de alrededor, Mozambique, Somalia, Congo y Zimbabue. En un arrebato de africanidad, el gobierno de la Suráfrica libre había abierto de par en par sus fronteras a esas personas, que vivían a su manera en ese rincón de la ciudad demasiado grande, demasiado compacta y demasiado implacable, reduciendo grandes edificios y grandes E autopistas a poblados chabolistas, o en cualquier caso a una especie de vida a medias, de una manera difícilmente imaginable mientras los edificios cumplían su propósito original. Al nivel de la carretera habían derribado paneles de cristal de una pieza, y hasta el último piso de un edificio de oficinas (o tal vez de viviendas) había ropa humilde tendida en cuerdas. Dice el extraordinario escritor surafricano Rian Malan que en África los blancos construyeron una base lunar para su civilización; cuando eso se desmorona, no queda nada ni para negros ni para blancos. Esta zona de Johanesburgo, que expresaba ciencia, estilo y arquitectura (reflejo de saber y dedicación, tanto como el misterioso libro de texto que encontró Joseph Conrad en una choza a orillas del río Congo) Me devolvió mentalmente a otros lugares de abandono y ruinas que había visto: los escombros de la guerra que se conservaban como monumento en Berlín Oriental durante la época comunista. Pero incluso en los malos tiempos parecía más fácil reconstruir esa parte de Berlín Oriental de lo que resultaría restituir algo parecido a su significado original a la vida a medias de esta parte de Johanesburgo. ¿Por dónde habría que empezar? Habría que empezar por la idea de la ciudad, la idea de civilización, y ya antes de empezar lloverían las protestas. Mandela, el principal impulsor del anti apartheid quema su pasaporte en 1945 (junto a estas líneas) debajo, en 2001, en la frontera con Mozambique. En la imagen inferior, V. S. Naipaul que tenía que tomar el desdichado embrujado. El menos ofensivo de esos artículos de magia eran las guirnaldas de hierbas que podían servir para fumigar una habitación o una casa y hacerle la vida difícil a un espíritu maligno. Algo más arriba en la escala de seriedad estaban las raíces con tierra pegada; quizá sirvieran para purgar: la purga es un tema que se repite en la magia africana. En aquel poblado chabolista aguardaban más descubrimientos. Un viejo almacén, muy sólido, se dedicaba a la venta de nuevas mercancías, como una parodia de lo que antes había allí. Era un mercado para los artículos de los hechiceros, y era muy amplio. Eran los artículos muti que los hechiceros exigían a sus clientes y que el hechicero empleaba a su antojo, normalmente para hacer medicinas Y a continuación pasábamos al reino del horror: partes de cuerpos de animales primorosamente dispuestas en una especie de plataforma. El mercachifle estaba sentado en una banqueta junto a sus artículos. Tenía buena mano para preparar esta clase de exposición, nuestro vendedor; podía disponer juntas las cosas más dispares, una mandíbula, una costilla, de tal modo que Mercado muti Cabezas de caballo