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SÁBADO, 9 DE ABRIL DE 2011 abc. es ABC cultural i la gran obra de Javier Marías, Tu rostro mañana, podría asociarse, por ritmo y amplitud sinfónica, al Réquiem alemán de Johannes Brahms, Los enamoramientos se asemeja a alguna de esas piezas maestras de la música de cámara del mismo maestro, por ejemplo el Trío, opus 8. Tres instrumentos (voces aquí: las de María Dolz, Luisa y Javier Díaz- Varela) van componiendo con asombrosa precisión, dialogando entre ellos, el desarrollo de algunos de los que han sido los grandes motivos de la literatura de Marías, a los que esta novela añade otros. Lo primero que sorprende a cualquier lector es que algunos de los temas allegados (la envidia, la iniquidad que queda impune, la exención de la culpa de un delito por su delegación en intermediarios, la memoria que deja en los vivos la muerte del ser querido) estando ahí desde siempre, parece que, cuando Marías los trata, estuvieran esperándolo, como si nadie los hubiera dicho antes. Ciertamente no de la misma forma, nunca con ese laboreo incesante del pensamiento que queda suspendido, se inicia primero tímido, y se va acrecentando conforme la novela avanza, hasta ofrecer finalmente todos sus matices. Iniciado en scherzo, como los motivos beethovenianos que tanto gustaron al Brahms de cámara, y desde un resquicio casi imperceptible de lo cotidiano, va sometiendo Marías ese motivo a todas sus variaciones, hasta entregar al final de la novela el espejo del alma humana en el que el lector se mira y reconoce. S 13 LOS PLIEGUES DE UN CRIMEN LOS ENAMORAMIENTOS JAVIER MARÍAS Alfaguara. Madrid, 2011 401 páginas, 19,50 euros suspendido en el que el adverbio hereafter a partir de ahora completa la perífrasis verbal should have dead debería haber muerto añade Marías otros testimonios de voces escritas que hablan del imposible retorno desde la muerte. Lo hace de la mano de Balzac, en una novela corta, El coronel Chabert, que acaba de traducirse en Reino de Redonda, a la que Marías todavía arranca matices insospechados, que habrían admirado a su autor. O, sin ir más lejos, recurriendo a la joya del sabio Sebastián de Covarrubias cuando llevaba su Diccionario a donde no va a llegar nunca otro para explicar la envidia. Finalmente, citando a Alejandro Dumas, con una sentencia sobre el poder antiguo de la justicia y el honor, o de la culpa asumida que nuestra civilización descreída y cobarde ha convertido en pieza de fácil recambio por impunidades varias. Hacia la página cien culmina el primer motivo, el duelo por la muerte del ser querido, y tras el contrapunto de la broma del profesor Rico, que sirve de gozne, se inicia el diálogo entre Luisa y María, con otro gran motivo vinculado ya a la personalidad compleja de DíazVarela: el del enamoramiento. Cuando todo parecía que iba a ser de un modo, se inicia un gran cambio que hace entrar, como si fuera un adagio en una estructura dialógica entre las voces del piano y el violín, el desvelamiento que la narradora y Díaz- Varela van haciendo de los insondables pliegues del crimen. Todavía dará la novela otro vuelco, que no me perdonaría el lector que revelase. Se lee así toda ella sin poder dejarla, como una apasionante indagación, con altas dosis de intriga, en los recovecos del alma humana. Es prodigioso el uso que Marías hace de los tiempos verbales y también de los narrativos (la analepsis en potencial, que introduce el figurado diálogo entre Miguel Deverne y Díaz- Varela, termina siendo anticipación de cuanto puede venir luego) y todo se hace con un manejo de los condicionales, los subjuntivos, el lujo todo del idioma en sus tiempos y verbos más ricos para que la gran literatura aparezca otra vez aquí con su rostro verdadero. J. M. POZUELO YVANCOS Altas dosis de intriga Espejo del alma FRANCISCO SECO Espejo tiene la misma raíz que especulación, y ahí entra el registro discursivo indagatorio de Marías, cuidadoso, entretenido en el trenzado de un estilo y un pensamiento (son indistinguibles entre sí) que no tiene parangón en la literatura de hoy. Es, además, inimitable. Primeramente, por esa fusión entre el estilo del decir y el del pensar. Para encontrar algo semejante tenemos que ir, en teatro, a Shakespeare, y en novela, a Proust o Faulkner. A tal indistinción entre el discurso verbal y el fluir del pensamiento le ha dado Marías, incluso, una vuelta de tuerca a la que no había llegado nadie, que yo sepa. El modo como maneja el estilo indirecto libre, que en la gran tradición de la novela suponía decir el pensamiento de otro desde la fusión de voces interna y externa, Marías lo lleva a su punto más alto, entregado ya a pensar el pensamiento de otro; a adentrarse de tal modo en la conciencia, que es la propia narradora la que va descubriendo (y el lector con ella) hasta qué punto los celos, la envidia, la administración de lo irracional del amor, el egoísmo o el cinismo se instalan en la mente, no como un paisaje conocido, sino como un territorio (un abismo) al que te asomas y miras como si nadie antes lo hubiera descubierto. Javier Marías sabe que Macbeth sí lo conocía, con la forma en que las paradojas del estilo de Shakespeare descubren la inutilidad de los intentos por zafarse del privilegio del azar o del destino. En esta novela, a ese tiempo Shakespeare vuelve a ser la gran referencia de Javier Marías (arriba) En este caso, a través de Macbeth (sobre estas líneas, interpretado por Orson Welles)