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Libros 12 VENTANAS DE PAPEL JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN LABERINTOS l 19 de septiembre de 1786, día de San Miguel, a poco de llegar por primera vez a una ciudad con la que había soñado desde niño, escribe Goethe: Ya se ha dicho tanto acerca de Venecia que no me extenderé en descripciones Tampoco se extiende en descripciones Marina Gasparini en su Laberinto veneciano (Candaya) enésimo regreso a un tópico al que no nos cansamos de volver. Ella prefiere hablarnos de las prisiones y ruinas de Piranesi; del oscurecimiento de la paleta de Tiziano; de Lorenzo Lotto, la flor más rara del Renacimiento de los cielos azules del Canaletto, cubiertos de terrosos nubarrones en de Guardi; de la tradición simbólica de la Fortuna dorada que corona la Dogana da Mare, o del Orfeo y Eurídice que llenan con su dolor mudo el Salón de Fiestas del Museo Correr... Pero de vez en cuando, entre las páginas de sabia divagación, nos permite acompañarla en sus paseos. Una noche de verano se pierde por callejones y sotoportegui; de pronto suenan doce campanadas; todo es penumbra y silencio; la estrechura de la calle se abre a una plaza que parece surcar una iglesia. Es el mismo lugar donde comienza Testamento mortal, la última novela de Donna Leon, bien intencionada, grata e insuficiente: Al otro lado del campo se levantaba San Giacomo dell Orio: si su ábside redondeado hubiera sido la proa de un barco, apuntaría a sus ventanas y no habría tardado en echársele encima Tras el verano, asistimos a la llegada del otoño, cuando los cielos blancos, el acqua alta y la llovizna persistente nos sumergen en una ciudad que se repliega sobre sí misma Y otro capítulo nos permite escuchar las campanas de todas las iglesias mientras paseamos, en un amanecer de invierno, con el misterio de la noche pegado a la piel Pocas ciudades tan de tinta y de papel. Ya en el XVIII, el viajero que llegaba por primera vez pensaba que todo estaba dicho; tantos siglos después, cada nueva mirada nos sigue descubriendo una Venecia siempre la misma y siempre inédita y distinta. E TODOS A CLASE STONER JOHN WILLIAMS Traducción de Antonio Díez Fernández Baile del Sol Tegueste (Tenerife) 2011 242 páginas, 15 euros lo recordaban, en el desinterés de su esposa e hija, en el tibio sol de un nuevo amor que acaba cubierto por las nubes negras del escándalo y, por fin, en el consuelo de redescubrir cierto estoicismo como legado espiritual de sus mayores, que trabajaron la tierra trazando surcos como oraciones en el papel. Todo relatado por Williams quien en una entrevista afirmó que hay que entretener escribiendo porque, Dios mío, leer sin disfrutar es estúpido con el tono exacto, las palabras justas. Sin cariño pero sí con respeto y hasta con admiración por su maestro. Un hombre triste pero un lector feliz y enamorado de su oficio que, sin embargo, no tarda en descubrir lo que, tarde o temprano, todos comprendemos. A saber: A veces, inmerso en sus libros, le venía a la cabeza la conciencia de todo aquello que no sabía, de todo lo que no había leído y la serenidad con la que trabajaba se hacía trizas cuando se daba cuenta del poco tiempo que tenía en la vida para leer tantas cosas, para aprender todo lo que tenía que saber Sí, todos los que leemos hemos estado allí, todos sabemos de qué se trata y cómo se siente exactamente eso. Y, si no, esperen: ya les llegará ese momento terrible y agridulce. Una manera de atenuar esa extática desesperación ante lo inconmensurable es, tal vez, reducirla a un desafío seguro, a una victoria humilde pero no por eso menos trascendente. Agotar, sin ir más lejos, el resto de la obra novelística de Williams. Apenas tres libros más y adiós a Stoner y a ese final con último suspiro de un libro que cae al suelo desde una mano que ya no puede sostenerlo no dudé un segundo en encargar Nothing But the Night (de 1948, sobre un episodio traumático) Butcher s Crossing (de 1960 y western que, dicen, preanuncia a Cormac McCarthy) y Augustus (de 1973, vida de emperador romano y ganadora del National Book Award) Cuento las horas hasta que me lleguen. Mientras tanto no pierdan más tiempo en el patio o en los pasillos o en los baños o en los prados del campus todos a clase con Stoner. RODRIGO FRESÁN Último suspiro toner es una obra maestra. Y punto. Y seguido y sigamos. Porque Stoner es una obra maestra (con maestro de protagonista) que parece haber caído del cielo revelándonos a muchos un autor desconocido pero imprescindible a partir de la lectura de esta novela publicada originalmente en 1965, considerada perfecta por la crítica norteamericana, y rescatada recientemente por la prestigiosa y canonizante editorial de la New York Review of Books. Repitan y tomen nota en sus cuadernos: Stoner... es... una... obra... maestra. Stoner fue y es la tercera de cuatro novelas de John Edward Williams (Texas, 1922- Arkansas, 1994) quien, como su héroe William Stoner, fue hijo de granjeros; hechizado por la letra impresa, rompió con la tradición fami- S liar y se lanzó a la tan íntima como emocionante aventura de saber más. Quien firma esta reseña no ha encontrado mejor descripción del súbito deslumbramiento ante la ficción como viaje sin retorno desde que leyó el inmenso Martin Eden de Jack London: otra historia de cómo un ser simple evoluciona a organismo complejo zambulléndose para flotar en un océano de páginas sin márgenes ni orillas. Tibio sol Stoner con un sentido de lo epifánico que recuerda al Joyce de Dublineses también cuenta otras cosas, completando el retrato de alguien a quien se le había concedido la sabiduría y al cabo de largos años había encontrado ignorancia en demasiadas partes. En el árido paisaje de principios del siglo XX, en un matrimonio opaco, en una carrera académica mediocre, en alumnos que apenas Las aulas de la Universidad de Missouri (sobre estas líneas, el Memorial Union) son el escenario de esta novela de John Williams (en la imagen superior)