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SÁBADO, 9 DE ABRIL DE 2011 abc. es ABC cultural 09 U na novela necesita una aventura, aunque sea una tan humilde como la que llevó a Lázaro de Tormes a alcanzar la cima de toda buena fortuna y hacerse... ¡pregonero! quizá el más infame oficio en aquella época. En la nuestra en cambio la aventura parece que ya está mandada recoger. Hoy las novelas se conforman con un tipo que va a comprar cuadernos, siempre que los adquiera en Nueva York y luego vea a alguien que se parece a él, y se imagine cosas. O con un escritor que quiere escribir una novela, o un profesor que tiene un lío con una estudiante de alguna minoría étnica, o uno al que se le ocurre que todos los armarios empotrados del planeta se comunican entre sí, u otro que colecciona vidas de santos llenas con edificantes chascarrillos sobre escritores que hubieran preferido no hacerlo. Si es menester que pase algo, siempre se puede llamar a Tele- policiaca y un motorista te trae dos o tres casos sin resolver y tu investigador favorito, un periodista divorciado o una forense homosexual. Con eso te apañas. ¿Aventura? Si preguntas te sueltan que la verdadera aventura es el lenguaje o algún otro conjuro esotérico y se quedan tan campantes. Por eso me sorprendió una novela que empecé porque estaba a mano, pero ya no pude dejar de leer hasta que tuve que acudir a una cita. Y más tarde, a la segunda copa, me di cuenta de que tenía ganas de volver a casa para seguir leyendo: quería saber cómo acababa. Se llama El ciclista de Chernóbil, de Javier Sebastián. En mi vida había oído el nombre del autor, que al parecer ha publicado otras cuatro novelas. Y lo más triste es que eso ya casi no me extraña, qué le vamos a hacer. LECTURAS Y RELECTURAS RAFAEL REIG BELLEZA DESOLADA No pude dejar de leer hasta que tuve que acudir a una cita. Y más tarde, a la segunda copa, me di cuenta de que tenía ganas de volver a casa para saber cómo acababa El ciclista de Chernóbil de Javier Sebastián prefiere buscar una solución discreta, que no le obligue a despeinarse. Por ejemplo, conducir hasta un lugar alejado y dejar al anciano extranjero de nuevo abandonado en la cafetería de una gasolinera. Y así lo hace. Sin embargo, yo no tenía un corazón tan negro como para hacer lo que estaba haciendo, por eso en el primer cambio de sentido de la autopista di la vuelta Aquí también es donde la novela ha girado en redondo para abandonar el corazón tan blanco y acelerar rumbo a Lord Jim, de vuelta a la narración tal y como la conocíamos antes de que aparecieran las franquicias de fast food. El anciano sólo recuerda las caras de unos niños y tiene miedo de que le maten, y bajo la manga del pijama que le presta el narrador aparece una palabra tatuada: Samosiol. Esa palabra es el nombre que dan a los evacuados de Chernóbil que vuelven a sus casas, dentro de la zona de exclusión, porque no tienen otro sitio donde ir y a partir de esa palabra el narrador se implica en la vida del anciano y de sus compañeros, los colonos del átomo, los que han decidido volver y quedarse en Pripyat, para vivir (y morir) bajo los efectos de la radiactividad. s imposible dejar de leer a partir de ese momento. Ese paisaje congelado y sombrío, esa comunidad que se reúne en asambleas y se emociona cantando a Demis Roussos, esa nueva vida al borde de la muerte resplandece como una aventura marinera de Conrad. El protagonista, el anciano Vasia (inspirado en el físico nuclear Vasili Nesterenko) es tan inolvidable como algunos de los secundarios, por ejemplo, Jvórost, el saqueador, que visita la ciudad fantasma para rapiñar, hasta que se da cuenta de que allí había llegado a ser alguien y decide quedarse con los demás. El narrador, como Jvórost o el propio Vasia, también se decide a realizar un cambio de sentido en plena autopista. Cuando se produce el encuentro con el anciano abandonado surge su gran oportunidad profesional: ¡por fin va a convertirse en el presidente de la convención del Kilo! Sin embargo, la aventura de la novela le hace ver que esas ocupaciones no nos hacen mejores ni más dignos del respeto de nadie, sólo son un afán menor Una aventura es aquello que te obliga a cambiar de dirección, a dejar de mirar para otro lado, a meterte en los zapatos de otro. Las novelas, creo yo, tienen que ser de aventuras. Y leer una novela también es una aventura, un viaje que siempre te lleva a donde no querías ir. A mí me ha pasado con ésta de Javier Sebastián y al terminarla me daban ganas de repetir las palabras de Aldrin cuando pisó la Luna: Beautiful, beautiful. Magnificent desolation E n la Conferencia Internacional de Pesos y Medidas se reúnen los funcionarios que representan a cada Estado. Hay una convención para cada medida: el Mol, el Kelvin, el Amperio, etc. El representante español en la del peso Kilo es el narrador de esta novela, un hombre tranquilo, casi un americano impasible de Graham Greene. Al principio parece uno de esos traductores solteros con muy buenos modales que trabajan para un organismo internacional, porque ésta es una de las grandes aventuras de la novela: cómo convertir a un insípido personaje de Javier Marías en el protagonista de una novela de Joseph Conrad. Hace falta como poco una explosión nuclear. El tipo, en un autoservicio de París, le presta la mínima ayuda posible a un anciano abandonado y acaba metiéndose en un lío: los servicios sociales franceses, le SAMU Social, se lo adjudican, convencidos de que es su padre (con tal de librarse de él) Él no sabe resistirse, es incapaz de levantar la voz, E El Coliseo, con zapatos nuevos No creemos que el monumento romano se sienta así, sino más bien pisoteado, cuando se ha enterado de que un fabricante de zapatos va a ser su dueño. Los gladiadores se estarán revolviendo en sus tumbas El rechazo editorial El oficio de editor conlleva decir no a múltiples propuestas. Así reza en la contraportada de un libro recién editado por Trama Éxito y nos preguntamos si los editores llevan a gala esta especie de mandamiento ¿Qué es un fin de semana? Con esta genial pregunta se descuelga la condesa viuda de Grantham en la serie Downton Abbey Feliz ella, para quien todos los días de la semana eran fiesta. Nosotros, mortales, les deseamos buen fin de semana