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SÁBADO, 26 DE MARZO DE 2011 abc. es ABC cultural 11 A Alphonse Allais fue por delante de sus contemporáneos e inauguró movimientos y tendencias. Su mayor arma, el humor brutal y cruel de sus obras, en las que cargó contra todo y se burló de todo Por Patricio Pron lphonse Allais nació en Normandía en 1854 y murió en París en 1905 tras una vida breve pero inusualmente productiva. A los veintiún años comenzó a colaborar con la prensa y a los veinticinco la revista L Hydropathe lo denominó jefe de la escuela fumista un término poco llamativo en la época de las vanguardias pero significativo por lo que tiene de broma, ya que (precisamente) el fumismo no es mucho más que el arte de engañar burlonamente. Allais fue cofundador del cabaret parisino Le Chat Noir, para el que escribió monólogos y canciones, y a los treinta y tres años publicó su primer libro: La Nuit blanche d un hussard rouge (La noche blanca de un húsar rojo, 1897) al que siguieron otros veintidós, que reúnen un total de mil setecientos relatos cortos, dos obras de teatro, una novela y numerosos poemas. Pero, principalmente, Allais fue alguien que se adelantó a sus contemporáneos e inauguró movimientos y tendencias: fue pionero en la composición de poemas holórrimos (es decir, poemas cuyos versos son completamente homófonos y en los que la rima está constituida por la totalidad del verso, un método que sería fundamental en la conformación del estilo de Raymond Roussel) su Récolte de la tomate par des cardinaux apoplectiques au bord de la mer Rouge (La cosecha del tomate por cardenales apopléticos a orillas del Mar Rojo) exhibida en el Salón de los Incoherentes de 1884, anticipó en varias décadas la abstracción y el monocromatismo del Carré blanc sur fond blanc (Cuadrado blanco sobre fondo blanco, 1918) de Kazimir Malévich, considerada habitualmente la primer obra monocroma de la pintura contemporánea; y su Marche Funèbre composée pour les Funérailles d un grand homme sourd (Marcha fúnebre compuesta para el funeral de un gran hombre sordo, 1897) que no tiene una sola nota, se anticipó a la célebre y muy discreta 4 33 de John Cage (1952) en su condición de pieza musical minimalista. A excepción de una novela traducida por Juan Esteban Fassio y un par de relatos publicados en una antología por Julio Pérez Millán en 1981, sus títulos estaban inéditos en español. Aunque es posible que los libros de Allais evoquen en el lector las figuras recurrentes de Erik Satie, Alfred Jarry, Guillaume Apollinaire, André Breton, Marcel Duchamp, Boris Vian, los dadaístas y el propio Roussel, hay que decir que Allais estuvo allí antes que todos ellos. Claro que este no es su único mérito. Todo aquel que no sea un historiador de la literatura encontrará que la mejor razón para leer a Alphonse Allais está en su obra, cuyo humor brutal y cruel no requiere de la enumeración de sus continuadores más ilustres. En sus cuentos, Allais carga contra los timoratos, las porteras chismosas, los farmacéuticos, los ancianos pretenciosos, las mujeres, los médicos (aquí, toda vez que el paciente se cura es porque alguien ha equivocado los medicamentos) y el matrimonio, que, de acuerdo al autor, es apenas el requisito necesario para la infidelidad. Su método consiste en partir de una premisa errónea y legitimarla mediante un discurso fingidamente serio de una lógica implacable: en El cornudo por ejemplo, la actividad no sólo laboral de la mujer del narrador conduce a la conformación de una singular familia compuesta por un subinspector, una noruega, un comisionista, un asegurador, un abad, un aduanero y un juez de paz, todos menores de edad; en otro relato, Collage un marido engañado cumple el deseo expresado por su esposa en una carta a su amante de no separarse nunca de él. En la música, como en otras muchas disciplinas, Allais se adelantó a su tiempo. Su Marcha fúnebre anticipa la pieza para piano 4 33 de John Cage (bajo estas líneas) En la imagen inferior, caricatura del autor. A la izquierda, dibujos que ilustraron uno de sus cuentos, publicado en Gil Blas en 1892 Allais emplea en sus relatos la mayor parte de los recursos humorísticos prescriptivos (el retruécano ingenioso, la escatología, la sátira, la parodia, el epíteto, el comentario disparatado, la interpelación al lector, etcétera) y conforma un singular mundo caracterizado por el absurdo de sus presupuestos, pero su visión del mundo no es de ningún modo absurda, sino que resulta de la radicalización de los presupuestos y los valores que presidían su época y que mostrarían su costado trágicamente absurdo en las trincheras francesas durante la Primera Guerra Mundial. La cortesía excesiva, la producción de nuevos explosivos, el relato romántico, la institución militar, la fábula infantil, los quince años como los tienen las inglesas cuando les da por tener quince años el hábito de tener querida: todo es ridiculizado por un autor que, como afirma Andrés Barba en el prólogo a este libro, debió de saber que un mundo tomado permanentemente en serio resultaría intolerable A su manera, Allais fue un escritor científico (publicó investigaciones sobre la fotografía en color, el café liofilizado y la síntesis de caucho) y un escritor realista cuyo tema fue el tipo de abismos de sinrazón a los que conducía la razón supersticiosa de su tiempo. La suya es la risa trágica de quien veía más allá que el resto de sus contemporáneos; también, una de las obras más serias que el lector pueda encontrar, una literatura escandalosamente graciosa cuyo tema subterráneo es un mundo que se precipitaba hacia su final de forma irremediable y no exenta de humorismo. Bienvenidos a la risa trágica de Alphonse Allais. MORIR DE RISA: HISTORIAS GATONEGRINAS ALPHONSE ALLAIS Traducción de Cristina Inglesas de quince años No hay mejor razón Ridruejo Ramos. Prólogo de Andrés Barba. El olivo azul. Córdoba, 2011. 200 páginas, 18 euros