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Libros 12 ien podría Carlos Pujol haber sido uno de los varios continuadores que ha tenido la serie de James Bond, el famoso espía británico creado por Ian Fleming en 1952. Como los lectores saben, la prematura muerte de su creador provocó ciertas continuaciones escritas con seudónimo, entre ellas la de Kingsley Amis. Carlos Pujol juega en esta novela con el anacronismo de situar a James Bond en Roma en 1943, dotado ya de todos los encantos del personaje y de algunas de sus manías, como ese Martini con vodka que se hace servir o la mágica fórmula de Mi nombre es Bond, James Bond Como quiera que Carlos Pujol es fino catador de literatura inglesa y de aquella cultura, sabe que el nombre adoptado por el espía, tomado de una calle londinense, podría esconder algunas metamorfosis. Y en todo caso, ¡qué más da! pensará el lector de esta estupenda novela: está bien que Bond aparezca diez años antes. Es un auténtico placer que James Bond ande entre las bambalinas de una historia de espías ambientada en Roma cuando la imperial ciudad ve caer a Mussolini. Para disfrutar de esta obra, lo que les ocurrirá sin duda a cuantos la lean, no es preciso haber leído antes Fortunas y adversidades de Sherlock Holmes (2007) o Dos historias romanas (2008) las novelas anteriores de Pujol con las que ésta entra en relación. En la primera es el personaje de Conan Doyle quien le había inspirado, como aquí ocurre con el de Fleming. Pero la coincidencia va más allá, porque afecta sobre todo al tono, a la ironía, a una sorna y aroma british que le vienen muy bien al estilo con que Pujol organiza la manera en que será recibida esta novela: con B capuchino, hablando en griego homérico y recitando la Ilíada (no imagina uno, comenta, cuánta cosa aparentemente inútil aprende un scholar de Cambridge) Igualmente, un camarero que porta una enseña fascista en la solapa termina siendo de la Resistencia y esconde un cuarto trastero atestado de propaganda antifascista. Y está luego la familia romana del espía español protagonista, Agustín López Beruzzi. Es estupendo cada uno de los miembros que habitan ese palacio romano de los Bruschelli, desde don Atile, consumidor voraz de periódicos, o la frívola Susanna, hasta la simpática y bebedora criada Giannina. Parece mentira, pero cuando el lector recorre complacido la nómina de dramatis personae que Carlos Pujol suele regalarnos al final de sus novelas, descubre que por el corto espacio de una nouvelle han desfilado nada menos que ochenta personajes, cada cual con su peculiaridad, porque se trataba de eso, de hacer un cuadro de disfraces con peculiares tipos. El sentido último quizá sea mostrar cómo la vida, incluso en los momentos más graves, puede ser vista como una suerte de teatro en el que cada cual juega el papel de figurante de un destino cuyo desenlace ignora. De las muchas virtudes que la novela esconde no es la menor la parodia en el trazo dado a tres grandes dictadores de la época, Hitler, Mussolini y Franco, que asoman levemente; pero basta una frase para entregarnos la imagen de lo que fueron. Como Carlos Pujol sabe, en tanto que hijo del liberalismo europeo culto, nada hay tan destructivo del poder autoritario como el humor, lugar en el que reina la narrativa, al menos desde Rabelais, Cervantes y Sterne. J. M. POZUELO YVANCOS El poder del humor LOS FUGITIVOS CARLOS PUJOL Menoscuarto. Palencia, 2011 151 páginas, 14,50 euros Atmósfera irreal MI NOMBRE ES BOND sonrisa inteligente y cómplice. Las dos novelas cortas incluidas en Dos historias romanas se comunican con ésta por la historia misma, al traer esos días en que comienza a verse que la suerte del fascismo estaba echada. Interviene aquí, por otra parte, uno de los motivos recurrentes en la narrativa última de Pujol: qué pudieron hacer personajes corrientes ante los tumbos que las grandes guerras dieron en momentos claves. Es motivo que Pujol ha recorrido igual en el París asediado por Hitler (Los días frágiles, 2003) y en la Barcelona del final de Guerra Mundial (Antes del invierno, 2008) Pero no espere el lector trascendentales dramas, ni siquiera que asome angustia alguna. No. Carlos Pujol prefiere componer una farsa que tiene mucho de Commedia dell arte. Todos sus personajes comparten una atmósfera irreal, hablan entre ellos como si acabasen de ser sacados de un estrambótico cuadro de costumbres, en el que nada es lo que parece, porque nadie es realmente quien dice ser. Esta novela se comporta así toda ella como una fiesta carnavalesca. No sólo Bond aparece disfrazado de monje Una de espías Las máscaras de un autor Además de cultivar la novela, Carlos Pujol (a la derecha) es ensayista, poeta, cuentista, editor, crítico y traductor al español de, entre otros, Balzac, Baudelaire, Jane Austen y Emily Dickinson 1952 La Historia como telón de fondo La acción de Los fugitivos se sitúa en el verano de 1943, mientras los aliados bombardean la ciudad de Roma y se tambalea el régimen de Benito Mussolini (a la izquierda) IAN FLEMING CREA a 007. A su muerte, escritores como Kingsley Amis continuaron la saga. Ahora Pujol se lleva el personaje a Roma. Arriba, cartel de la versión italiana de Sólo se vive dos veces