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Cine LOS TESOROS DE LA CRIPTA SÁBADO, 19 DE FEBRERO DE 2011 abc. es ABC cultural 39 Garras humanas El siempre interesante dúo formado por Tod Browning y Lon Chaney filmó esta historia de ambiente circense y obsesiones malsanas monstruos (1932) y compendia las obsesiones más chocantes o enfermizas del realizador. Garras humanas nos ofrece, con un sentido de la economía narrativa y una capacidad de sugerencia perturbadora, un triángulo amoroso protagonizado por tres artistas de circo: Alonzo (Chaney) un taciturno lanzador de cuchillos con un surtidito currículum criminal que se finge desprovisto de brazos para sortear las pesquisas policiales; Malabar (Norman Kerry) un sansón sanote y risueño; y Nanon, hija del dueño del circo, partenaire de Alonzo en su escalofriante número de lanzamiento de cuchillos con los pies y destinataria del amor de ambos hombres, a quien interpreta una Joan Crawford en los albores de su carrera, restallante de juventud y sensual belleza. Para enredar aún más la madeja, pronto sabremos que Nanon padece una particular fobia (tal vez legado de algún abuso paterno padecido en la infancia, según la película sugiere muy brumosamente) no soporta que ningún hombre roce su piel con las manos; trauma que, siquiera en principio, favorece al fingidor Alonzo, quien pronto empezará a concebir la posibilidad desquiciada de amputarse verdaderamente los brazos. Garras humanas alcanza entonces su temperatura de ebullición, en donde los sentimientos más nobles y las pasiones más retorcidas, la inocencia más virginal y el masoquismo más extremo chocan como trenes desbocados, para formar íntima y aberrante amalgama y desembocar en un clímax desaforadamente trágico, que Browning envuelve en un suspense trepidante. No termina aquí el repertorio weird de Garras humanas. Su director, confeso apacentador de freaks, introduce en su elenco al enano John George, un habitual en su cine, que aquí interpreta a Cojo, el avieso asistente de Alonzo, y filma escenas en las que Chaney (o más bien su doble, el amputado Paul Desmuke) nos muestra inverosímiles habilidades con los pies. Tampoco se recata de mostrarnos a Joan Crawford en paños menores o armada con un látigo, cual risueña amazona. Browning utiliza filtros de tela para filmar las idílicas secuencias que narran los encuentros amorosos de Nanon y Malabar; y acentúa el juego de luces y sombras para excavar de arrugas y penumbrosas pesadumbres el rostro de Chaney, que brinda un recital interpretativo sobrehumano, sin más apoyo que su expresividad facial. Durante todo el rodaje de Garras humanas, Chaney usó un rígido y opresivo arnés que permitía que sus brazos pasasen inadvertidos; de resultas de ello, padeció dolores de espalda durante el resto de su vida, prematuramente concluida en 1930. Garras humanas es, en fin, una de esas películas que acarician y escuecen, que funden belleza y purulencia, poesía y sordidez, en una misma sustancia, a un tiempo amarga y dulcísima, cándida y abyecta, fragante y fétida, como nuestros sueños más recónditos e impronunciables. Comparado con ella, el cine de la nueva carne de Cronemberg se nos antoja un desvaído sucedáneo. JUAN MANUEL DE PRADA GARRAS HUMANAS. TOD BROWNING. PROTAGONIZADA POR LON CHANEY. EE. UU. 1927 Poesía y sordidez a estrambótica y tormentosa existencia de Tod Browning (1880- 1962) bien podría haber servido de inspiración a cualquiera de sus películas; o quizá cualquiera de sus películas conserva el aroma de su estrambótica y tormentosa existencia. Vástago de una acaudalada familia de Louisville, Kentucky, Browning abandonó a los 16 años el hogar paterno por amor a una artista de circo, empleándose sucesivamente como payaso, mago y caballista, antes de montar su propio espectáculo de variedades, cuya dirección abandonaría para dedicarse al cine, bajo la égida de D. W. Griffith. En unos pocos años, Browning ya había aprendido el oficio; y así pudo dar rienda suelta a su imaginación febril y alucinada, en la que se concitan personajes patéticos o grotescos, argumentos mórbidos o macabros y escenarios que parecen rescatados de una pesadilla barroca, todos ellos sin embargo tratados con una refinadísima sensibilidad muy influida por el expresionismo alemán, también por la literatura gótica que exacerba su extravagancia. Durante un par de décadas, Browning trabajó a ritmo estajanovista, propinando a la posteridad un puñado de obras maestras y también algunas L decenas de películas aproximadamente alimenticias, hasta que, tras el rodaje de Miracles for Sale (1939) decidió retirarse de forma abrupta, sobrellevando desde entonces y hasta su fallecimiento una vida misantrópica en su residencia de Malibú, como un personaje de Paul Auster que huye de su pasado y acaso también de su propia identidad. Los reyes del terror Ese aire entre bizarre y pintoresco que desprenden sus días se condensa de forma quintaesenciada en sus títulos más personales, de ambiente circense o hampón y criaturas heridas de úlceras, taras congénitas y amores trágicos. Entre todos ellos destacan los que dirigió como vehículo de lucimiento de Lon Chaney, monarca indisputado del cine truculento y mago superlativo del maquillaje, que llegaría a componer la galería más perturbadora de personajes terroríficos o tremebundos jamás urdida por un actor. Hasta once películas (si incluimos la desaparecida London after Midnight) rodaron juntos Browning y Chaney, con hitos como El trío fantástico (1925) Los pantanos de Zanzíbar (1928) o la prodigiosa Garras humanas (The Unknown, 1927) que prefigura el clima arrebatadamente perverso de La parada de los Arriba, a la izquierda, Lon Chaney (Alonzo) y una joven Joan Crawford (Nanon) Sobre estas líneas, Tod Browning y el cartel de la película