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SÁBADO, 19 DE FEBRERO DE 2011 abc. es ABC cultural 13 ARTISTAS SALVAJES EL CUARTETO DE WHITECHAPEL DANIEL SÁNCHEZ PARDOS Ediciones del Viento. La Coruña, 2010 389 páginas, 20 euros En la estela de Raymond Chandler El norteamericano James Crumley (arriba) reescribe El largo adiós en El último buen beso (a la izquierda, portada de su primera edición en inglés) considerada su obra maestra Una película frustrada Robert Altman (arriba) tuvo la intención de llevar al celuloide esta novela de Crumley, protagonizada por un detective y un escritor etílico, pero, finalmente, no consiguió financiación para su proyecto sta buena novela de Daniel Sánchez Pardos tiene un interés añadido a las cualidades que luego comentaré. Muestra una de las vías posibles de renovación narrativa, que no tiene que pasar por falsillas posmodernas y esquemáticos alardes, donde prolifera más la impostura que la pretendida originalidad. El camino de Sánchez Pardos es apostar por algo nuevo, pero evitando el puro formalismo del juego narrativo, conectando la novela de crímenes con la realidades contemporáneas. Por fin, veo que a una novela vienen, de modo agudo, internet, la cuestión de la simulación, la creación de espacios artísticos insólitos, los reality shows o la importancia de lo virtual en nuestras vidas. Y no lo hace con la ingenuidad de únicamente reproducir e- mails o blogs. Hay otra forma: la reflexión sobre los límites de lo real inventado. Para ello, Sánchez Pardos nos pone en contacto con un mundo radical: un grupo de artistas salvajes ha recreado (creado) espantos posibles, convirtiendo en happening, ejecución actual (lo que llaman art attacks) alguno de los horrores de una nueva era que comenzó cuando el 11- S de 2003 pudo televisarse el mayor fenómeno artístico conocido: unos aviones se empotran en las Torres Gemelas y, ante los ojos atónitos de todo el mundo, crean la realidad virtual real televisada más poderosa que nadie pudo concebir. ¿Pudo haber sido perpetrado tal ataque por un grupo de artistas londinenses que decidieron filmar el interior del avión, y, años después, hacen emerger la revelación de que todo había sido la gran metáfora artística de la posthistoria y del postarte? Tamaño dis- E parate de ciencia arte ficción es explotado por esta novela, puesto que, en un primer estrato, propone una honda meditación sobre el difícil límite que la aldea global ha trazado entre lo que ocurre y su simulacro, una vez hemos entrado en una época donde la gente puede colgar representaciones de muertes, suicidios, escenas horribles de sadismo, crearlas como imagen y difundirlas por la red. Junto a este estrato, se penetra en otro: el mito de Jack el Destripador, y el barrio de Whitechapel. Ikatz, el joven protagonista, se dedica a malvivir en Londres haciendo de guía turístico por los escenarios de los crímenes más famosos ocurridos en 1888. De repente, alguien decide que aquellos hechos se recreen haciéndolos verdad. Iría más allá de lo conveniente si dijera algo de Paula, la novia de Ikatz, artista salvaje y de cómo se comunican los dos estratos. Un tercer nivel reflexivo, que tiene que ver con los espejos de Borges, lo he visto tópico y menos necesario. Esta broma meta- literaria, y el modo algo enrevesado, con excesivas prolijidades y rizos con que se resuelve el final de la trama, son lunares que hay que considerar menores porque la novela se sostiene muy bien. La agudeza de su tesis central respecto al mundo de la imagen y a la falsificación como mecanismo del arte postmoderno, o la no menos importante cuestión de la mirada saturada y enfermiza de los espectadores y su voyeurismo, bastaría para aplaudir esta obra, que, por otra parte ofrece un Londres moderno, postpop, cosmopolita e intercultural, que nos hace disfrutar. J. M. POZUELO YVANCOS Jack el Destripador Virtual real