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Libros 12 VENTANAS DE PAPEL JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN CANSINAS CALIGRAFÍAS ijo una vez un político que no hay que confundir opinión pública con opinión publicada. Así es, al menos en literatura. Cada vez resulta más frecuente el aplauso unánime de la crítica y el unánime desdén de los lectores (no de los compradores) Dos ejemplos recientes: Rapsodia, de Gimferrer, y Caligrafía de los sueños, de Marsé. Escrito en seis días se anuncia uno, con circense fanfarria; La primera novela después del Cervantes el otro. Tras ripiosos tumbos entre modernismo y postismo, vuelve Gimferrer a reescribir sus versos de hace cuarenta años: lo que entonces deslumbraba, por contraste con la grisura realista, ahora parece envejecida quincallería, aunque no deje de sorprender alguna imagen, pronto difuminada en el automatismo del conjunto. Caligrafía de los sueños suena tan a Marsé que ni siquiera necesitaría haberla escrito Marsé. Se equivoca quien piense que son malos libros. Son solo prescindibles, cansinas vueltas de tuerca. Tan consabidos que quien conoce su obra anterior podría, no ya reseñarlos, sino dar conferencias sobre ellos sin haberlos leído. El poema más que a significar aspira a ser afirman Gimferrer y tantos teóricos de la literatura. Pero nada más fácil que un poema que es y nada significa cualquiera escrito en una lengua que ignoramos. Deleitarse con la musicalidad de sus significantes supondría así la culminación del placer estético. Barcelona, años cuarenta, un tranvía lleno, un viajero que se dirige a un orondo sacerdote afirmando que nunca será siervo de una Iglesia que pasea al centinela de Occidente bajo palio En una serie de televisión, cambiaríamos de canal. En una fantasía autobiográfica de Marsé, por cortesía seguimos leyendo. Con cierto nombre, y la adecuada promoción, se puede vender cualquier cosa sin que falten reseñistas que disfracen de crítica literaria los ditirambos publicitarios. Pero no hay que alarmarse: la opinión pública no siempre coincide con la publicada. D ANTIHERÓICO HÉROE EL ÚLTIMO BUEN BESO JAMES CRUMLEY Traducción de Marta Pérez Sánchez RBA. Barcelona, 2011 302 páginas, 19 euros i puede afirmarse Así, creó a dos detectives inolque Chandler re- vidables que, a lo largo de sus escribió con astu- respectivas misiones, a menucia El gran Gatsby, do parecen la misma persona. de Fitzgerald, a la Ambos son cínicos, veterahora de su El lar- nos de Vietnam, sus narices go adiós, entonces puede de- son amantes de la cocaína, y cirse que James Crumley fue Crumley acabó reuniéndolos todavía más audaz. Porque en la demencial y fronteriza Crumley sin salir del género Bordersnakes (1996) A saber: se atrevió a reescribir El largo Milton Chester Milo Miloadiós cuando nos dio El último dragovitch (a quien conocimos buen beso: philipmarloweiana en Un caso equivocado, 1975) y ya desde el título y su indiscu- C. W. Sughrue. tible obra maestra. Basta con recorrer tributos a la hora del Podredumbre moral adiós a Crumley (1939- 2005) y Este último es el que sale a la enumerar apellidos de renom- carretera en El último buen bre haciendo fila y dándose co- beso (1978) junto a un escritor dazos (nada más y nada menos etílico, cruce de Dylan Thomas que Ray Bradbury llegó a ho- con Norman Mailer (el Terry menajearlo bautizando como Lennox de la ecuación aquí) Crumley al protagonista de sus en busca de una joven perdipoliciales hollywoodenses) pa- da en más de un sentido para ra asistir a noble y dolida com- tropezar por el camino con un petición por quién hablaba más bulldog impasible (pero con un y mejor de este sentido y olfato escritor de esético mucho NO HAY NADA critores más desarrollaFUERA DE LUGAR, Allí, muchas do que el de sus Y LA RESOLUCIÓN dueños) y (recosas buenas y DEL MISTERIO graciosas, y difeflejos de Ross EMOCIONA E rentes, se dicen Macdonald) con INDIGNA COMO de él. Todos, sin los despojos de embargo, coinla Generación POCAS VECES ciden en caer de de Acuario en rodillas cuando se refieren a El un paisaje donde el amor liúltimo buen beso. bre deriva hacia la pornografía Perteneciente al llamado prisionera. Grupo de Montana Crumley Todo se abre con una de debutó con una excelente las mejores y más líricas franovela autobiográfica y sol- ses jamás encontrada en una dadesca de Vietnam pero novela noir (buscarla, descutranscurriendo en las Filipinas brirla, disfrutarla, admirarla) y con ecos de Trampa- 22, de y cierra con uno de esos finales Joseph Heller (Uno que marque con antiheróico héroe asqueael paso, 1969) Pero enseguida do por la calidad y pureza que resolvió que lo suyo pasaba puede llegar a alcanzar la pomás por la investigación priva- dredumbre moral de hombres da que por la debacle nacional. y mujeres. Llegado ese punto, S se confirma lo que veníamos sospechando desde la primera página: estamos ante un gran libro, ante literatura de la buena a secas y sin etiquetas. La ficción seria a veces es seria. La ficción detectivesca a veces es seria, pero por lo general no. Por otra parte, cuando la ficción seria intenta ser seria, a menudo resulta ridícula. La ficción detectivesca, en cambio, nunca resulta ridícula cuando quiere ser seria dictaminó Crumley en una entrevista. Basta con remitirse a El último buen beso como prueba de ello. Y, de acuerdo, a menudo se le criticó a Crumley mientras se ensalzaba la fuerza y elegancia de su prosa que sus tramas a veces eran, como la vida real, algo confusas y dejaban demasiados cabos sueltos. Y ahí está su último libro, The Right Madness (2005, otra vez con Sughrue) donde Crumley parece estar rescribiendo, sí, la perfecta El último buen beso en la que todo encaja, no hay nada fuera de lugar, y la resolución del misterio emociona e indigna como pocas veces en la vida de un lector curtido en tristes y solitarios finales. Clásico entre clásicos Confesión muy personal: pocas cosas me dolieron como por razones contractuales no poder contar con tres obras para incluirlas en Roja Negra la colección de thrillers que dirijo: la primera, La llave de cristal, de Dashiell Hammett. La segunda, El largo adiós, de Chandler. La tercera es El último buen beso de James Crumley. Clásico de clásicos entre clásicos. En su momento, dicen, Robert Altman no consiguió financiación para filmarla. Warren Zevon habría sido el perfecto compositor para su banda de sonido y Jeff Bridges un Sughrue ideal. Los proyectos pasan pero El último buen beso permanece. Envidio profundamente a todos aquellos que aún no la han leído ni sentido el calor de sus labios. Me queda el placer de haberla besado y leído más de cinco veces. Y de saber que volveré a leerla y besarla varias veces más. RODRIGO FRESÁN