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Libros 18 COMUNICADOS DE LA TORTUGA CELESTE ANDRÉS IBÁÑEZ PEQUEÑO MISTERIO levomuchosañosdando clases de español para extranjeros, y he tenido alumnos de todos los continentes. A todos les he hecho escribir, de todos he leído cartas, hojas de diario, composiciones, digresiones sobre asuntos diversos. Durante años he dado cursos de escritura, creativa y no creativa, para estudiantes de todos los países del mundo. Y he aquí el pequeño misterio: los japoneses son siempre los que mejor escriben. Los alemanes tampoco lo hacen mal, porque tienen una mente organizada y son metódicos, mientras que los angloparlantes suelen ser un desastre. A los chinos les resulta muy difícil porque su lengua es muy diferente de la nuestra. Sin embargo, el japonés es también una lengua remota, totalmente diferente de las indoeuropeas. Entonces, ¿por qué escriben tan bien los japoneses? Los ingleses suelen escribir mal porque, en general, tienen grandes dificultades con el español. Su lengua lo contamina todo, como si les resultara imposible salir de las estructuras del inglés, como si el inglés fuera para ellos no solo un idioma, sino también la sustancia y la piel de los objetos, la realidad de los procesos, el nombre verdadero de las cosas. Los portugueses e italianos trasladan continuamente estructuras y léxico de sus idiomas al español a causa de la proximidad de nuestras lenguas. Pero nadie sigue tanto las estructuras de su propio idioma al escribir como los angloparlantes. En cuanto a los árabes, la situación es complicada. Los árabes suelen expresarse muy bien hablando y no suelen escribir bien. Los japoneses tienen muchas dificultades para expresarse de forma oral, mientras que los árabes, con una gran sonrisa, le inundan a uno con un río de palabras. Es posible que los árabes y los japoneses representen dos tendencias extremas en lo que respecta a la escritura. Los árabes tienen muchas cosas que decir y quieren siempre decir muchas cosas, demasiadas. Tienen miles de ideas L que se bifurcan y se arraciman sin cesar. Los japoneses, por el contrario, tienen muy pocas cosas que decir, y apenas tienen ideas. Los árabes suelen adornar sus escritos con reflexiones de todo tipo que incluyen a la humanidad entera en toda su historia y toda su problemática social, política, cultural y geográfica, y suelen ser abstractos y grandiosos. Los japoneses, por el contrario, apenas tienen ideas, y en el caso de que las tengan raramente son abstractas ni generalizadoras. Los japoneses expresan sus ideas en una frase sencilla. Tienen la capacidad de decir lo que quieren y después callar. No sólo es una capacidad, es también una fe. La fe de que es posible decir cosas, y decirlas de manera sencilla Los japoneses escriben muy bien porque no tienen ideas, porque no piensan tanto. Escriben bien porque ven, oyen, huelen, porque tienen sentidos, y porque tienen una intensa capacidad para percibir el aquí y el ahora. Son simbolistas naturales: no hablan de lo que sienten ni de lo que piensan, sino que escriben sobre objetos, sobre colores, sobre sensaciones, sobre la naturaleza, sobre cosas que pasan, y a través de esas imágenes expresan todo lo demás. Hablan de sus pensamientos y de sus sentimientos por medio de objetos y de acontecimientos. Hablan de cosas, pero de cosas profundamente humanizadas y llenas de significado. Tienen, como casi todos los orientales, un intenso sentimiento de la naturaleza, y no consideran que hablar de la lluvia o de las flores sea femenino o aburrido. Además, escriben siempre con una letra preciosa. Sus textos resultan fascinantes, aun en los casos de alumnos que tienen un nivel de español más que limitado y cometen numerosos errores gramaticales, estudiantes que confunden los verbos ser y estar y apenas usan el subjuntivo. No dominan el idioma, pero sí dominan las palabras. Esta curiosa contradicción da mucho que pensar. IMAGEN EN SEPIA LO INOLVIDABLE EDUARDO BERTI Páginas de Espuma. Madrid, 2010 128 páginas, 14 euros Simbolistas po que se desatan los miedos en el nuevo pupilo. Hasta aquí todo es común y predecible, pero los últimos párrafos nos sorprenden porque durante todo el cuento el narrador ha omitido un dato y al revelarlo nos descubre una realidad teñida de tristeza y olvido. Esa nota final nos invade y sirve para calificar el resto de los relatos. No importa que los asuntos nos coloquen siempre al borde de lo insólito en los alrededores de lo extraño más que de lo extraordinario la forma característica del cuento es siempre narrar impasiblemente. Da igual que se trate del inexplicable tránsito de un personaje, cuya conciencia viaja a París y pasa allí quince años de penurias, en tanto que para sus amigos jamás tomó el avión la solución final es magnífica e incierta como de la presencia de un fantasma durante una reunión de amigos que se proponen contar cuentos de miedo. El pulso del relato no varía, hay una continua fe en lo que nos cuenta que no precisa de la retórica enfática que amenaza tantas veces lo sorprendente. Un breve resumen de los temas que acucian al autor debería fijarse en la vejez, la soledad, la memoria, y su correlato, el olvido. Principio de una maldición, el olvido persigue a un viejo maestro de tango cuando está ejecutando una pieza; y a una anciana le habla su dentadura postiza, como preludio de una cruel fábula sobre la pérdida de los recuerdos en el relato que da título a esta colección. Todos juntos, estos cuentos proyectan una imagen en sepia de la realidad, subrayada por la presencia de personajes que sustentan sus vidas en un pasado a punto de desaparecer. Berti es un escritor sobrio, desconfía de la exhibición verbal, huye de la representación de lo sobrenatural prefiere sugerirla y contiene la emoción. Retrospectiva de Bernabé Lofeudo despliega las vidas de un director de cine argentino y de una actriz de poderosa sensualidad como pioneros del cine erótico. La historia está contada de un modo original: mediante comentarios de sus películas juntos. Así, sortea el melodrama y nos da un ejemplo de sutileza. ARTURO GARCÍA RAMOS Emoción contenida Árabes y japoneses os once relatos de Lo inolvidable despliegan una variada gama de efectos pero se sustentan en una visión coherente y serena que delata la esmerada paciencia de un hacedor de cuentos experimentado, que se desenvuelve en el género con seguridad, huye de la desmesura y se aferra a la hondura de la trama o a su enigmática simplicidad. Así podría resumirse la impresión que produce la lectura de los cuentos del argentino Eduardo Berti, un narrador a quien una obra sólida avala como uno de los más notables cuentistas actuales. Leer a Berti es como una experiencia de grata felicidad en la que no tienen cabida los sobresaltos; con natural facilidad nos habla de una humanidad esencial que invade sus argumentos, no precisa acudir a la sorpresa dramática, le basta con proponer una idea y dejarse llevar por su movimiento hacia la conclusión y L Un compositor de tangos (en la parte superior, el barrio porteño de La Boca) protagoniza uno de estos relatos de Eduardo Berti (arriba) allí dar un giro insospechado. Para comprobarlo, puede servir la trama del relato que abre el libro: un padre y un hijo caminan cogidos de la mano al colegio en el primer día de escuela. El narrador nos obliga a enfocar la imagen de esas manos que van unidas hasta el momento de separarse, ya en la entrada del centro, al tiem-