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Tom Sawyer pero me resultó árido y difícil. Tuve que esperar un poco. Luego devoraba a Mark Twain, a Salgari, a Julio Verne, a Karl May, a H. G. Wells, a Jack London, a Conan Doyle, a Curwood, a Zane Grey, a Walter Scott, a Dickens. Todos aquellos autores me enloquecían. Recuerdo que Julio Verne a veces me exasperaba (no pude con Los quinientos millones de la Begún, por ejemplo) Recuerdo lo mucho que disfrutaba con las palabras en cursiva de las novelas de Salgari (recuerdo las prontoporsas, pequeños delfines del mar de la China) Mi autor favorito era Jack London, y quizá mi libro favorito El lobo de mar, que trata de un capitán de barco que es casi un pirata y que es también un lector empedernido y tiene su barco lleno de libros. Recuerdo que lo que más disfrutaba de Zane Grey eran sus descripciones del paisaje del Oeste americano. Recuerdo las palabras zumaque y mezcal Quizá fuera un niño raro, no lo sé. un nuevo ritmo. Recuerdo la palabra empero que me sonaba afectada y artificial pero me encantaba de todos modos, como en este pasaje de Las llanuras de Abraham, de James O. Curwood: Empero, una nueva apostura caracterizaba su solitaria marcha, un nuevo ritmo su paso. El amanecer le había visto salir en pos de su histérico deseo; ahora regresaba a su hogar apreciando vagamente la locura de un acto que parecía haber nacido mucho tiempo atrás, en un período de incertidumbre, de tibia fe, de mal definidos y múltiples anhelos Yo tenía trece años cuando leía ávidamente estos párrafos donde estaba ya todo el misterio de la literatura. Apreciando vagamente la locura de un acto que parecía haber nacido mucho tiempo atrás. Faltaban todavía algunos años para que leyera a Faulkner y a Virginia Woolf, pero ahora me doy cuenta de que con mis lecturas infantiles ya estaba en camino. En aquella época no se concebía que alguien escribiera un libro y no fuera un artista de las palabras. efecto benéfico. Todas las noches les leo a mis hijos un poema y luego un cuento. A veces les leo libros difíciles, como los Cuentos de la selva, de Horacio Quiroga, los Cuentos del antiguo Egipto, de Roger Lancelyn Green, o los maravillosos, casi increíbles Cuentos para niños, de Isaac Bashevis Singer, porque estoy convencido de que escuchar palabras raras e infrecuentes tiene un efecto benéfico en el desarrollo del cerebro del niño y del adulto, desarrolla la inteligencia y la intuición y afila el sentido del humor. Oropéndola, alcaudón, saúco, prontoporsa, empero, son algunas de las que yo aprendí leyendo. Todavía hoy, al escribirlas una tras otra, me producen un escalofrío de inquietud y de placer. n