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COMUNICADOS DE LA TORTUGA CELESTE ANDRÉS IBÁÑEZ Valverde y Riquer R ecuerdo que durante la carrera consulté ampliamente la Historia de la literatura universal de Martín de Riquer y de José María Valverde, y que entonces (como es lógico) me parecía una obra malísima. Los jóvenes suelen moverse entre adhesiones incondicionales y repulsas airadas. Ahora me la vuelvo a encontrar nada menos que en el kiosco de periódicos, cada tomo a quince euros, una auténtica ganga. Hay una edición más bonita en las librerías, pero la que se vende en los kioscos, de RBA, tampoco está nada mal. Son dos gruesos tomos muy bien editados y muy cómodos de manejar. No me puedo imaginar qué razón podría tener cualquier persona para no desear tenerlos en su biblioteca. Y es que en esta segunda visita, he visto la obra de Martín de Riquer y de Valverde de una forma muy distinta. Hay algo muy fresco, muy alegre, muy joven, en esta Historia de la literatura universal, donde se reúne una apabullante cantidad de información y de lecturas. Lo que en su momento me parecían debilidades, las opiniones parciales, la con admiración a Corneille y también a Racine, aunque observan que el estilo de Racine es irritantemente sencillo y llano y que carece de los torrentes de belleza del teatro griego. Mucho más duros son con el gran Alexander Pope. Después de afirmar que su mejor obra es El robo del rizo, observan que no es éste el lugar para debatir hasta qué punto puede llamarse verdadera poesía una producción humorística y satírica, por mucho que esté escrita en verso Esto es una barbaridad, por supuesto, pero es interesante porque deja traslucir un prejuicio común en nuestras letras: la idea de que la poesía ha de ser confesión lírica y personal y no puede ser ninguna otra cosa. SALUD MENTAL. Son estas ideas curiosas las que les hacen, por ejemplo, exaltar la poesía de Keats (al que se le dedican nada menos que once páginas) y despreciar suavemente la de Wordsworth, al que se le acusa de prosaísmo hasta en obras maestras absolutas como Intimations of Inmortality, o incurrir en unas páginas dedicadas a Walt Whitman que son verdaderamente vergonzosas y que nos hacen dudar, al leerlas, del oído musical, la sensibilidad poética, el criterio estético y, en general, la salud mental de los autores. Whitman es para ellos un poeta malísimo, inflado y prosaico (les asombra y escandaliza, por ejemplo, que pueda cantar al puente de Brooklyn) del que se pueden salvar, quizá, algunos fragmentos. Unamuno, hace cien años, ya lo entendía mejor. Sin embargo, estas opiniones contundentes son parte del gran encanto de esta Historia. Para Valverde y Riquer, Anna Karenina es una novela un tanto inferior a su fama y Yeats, autor impersonal y decepcionante ¡probablemente no sea un gran poeta! Valverde y Riquer tratan con enorme desdén a Chateaubriand, por ejemplo, y parecen no comprender la admiración que sentía Proust por el autor de Atala, de la misma forma que no entienden (y esto es todavía más grave) la admiración de Virginia Woolf y William Faulkner por el gran Joseph Conrad, al que describen como un autor ridículo, malo a rabiar, abstracto, pedante y retórico. No menos absurda es su visión de Hemingway como un autor sencillo fácil eficaz y superficial Este tipo de disparates hacen la lectura de esta Historia una experiencia vivaz y a ratos apasionante, pero también provocan algún suspiro de desaliento al comprobar la cantidad de prejuicios, casi enquistados en nuestras letras, que se acumulan en sus páginas. la genealogía de su nación. Luego el cine convertiría el duelo de OK Corral en fuente perenne de inspiración (de Pasión de los fuertes a Duelo de titanes, por citar dos hitos del género) y sobre la supervivencia de tal duelo en el imaginario colectivo universal hay expresiones de lo más variadas, algunas tan chocantes como la novela de Cela Cristo versus Arizona. BANDA DE CUATREROS. Pero Warlock (que a su vez sería adaptada al cine por Edward Dmytryk, en una película que aquí se tituló El hombre de las pistolas de oro, con Henry Fonda y Richard Widmark en los papeles protagonistas) no se limita a recrear aquel episodio nuclear de la épica del Oeste, sino que construye en torno a la ciudad imaginaria que presta su título a la novela un repertorio humano donde tienen cabida todos los topoi frecuentes del género. Warlock es, inevitablemente, una ciudad sin ley, donde una banda de cuatreros acaudillada por Abe McQuown impone su santa voluntad; los comerciantes de la ciudad, hartos de la inoperancia de los sucesivos sheriffs que se han atrevido a ocupar tan arriesgado cargo, contratan los servicios de un pistolero, Clay Blaisedell, para que imponga el orden en la ciudad. Blaisedell cumplirá con su cometido; pero enseguida surgirán nuevas tensiones y conflictos (entre los mineros que afrontan una bajada de sus salarios, entre los hermanos Gannon, cada uno de ellos a un lado de la ley) y personajes arquetípicos (el tahúr Morgan, el ayudante del sheriff Schroeder, el doctor Wagner) entre los que no faltan unas pocas mujeres que actúan como catalizadores del drama. Warlock se erige así, a semejanza del Deadwood de la serie televisiva, en un microcosmos donde tienen cabida todas las pasiones humanas, todas las debilidades y vilezas humanas, también los rasgos más enaltecedores que alivian el barro con el que estamos amasados. HISTORIAS ANCESTRALES. A los amantes del género, la novela les puede resultar quizá algo tópica o convencional, por desenvolverse sin rebozo en los territorios que los grandes maestros cinematográficos han hecho reconocibles; pero los personajes que aquí se concitan tienen encarnadura propia, y la narración es ágil, límpida, caleidoscópica en sus puntos de vista, plena de amenidad y brío fabulador. Para disfrutar plenamente de su lectura conviene abordarla con una mirada ingenua, la misma mirada con que en la infancia nos zambullíamos en aquellas historias ancestrales que dejaron impresionadas nuestras retinas; y de la experiencia salimos como lavados con un agua lustral, en plena comunión con la sustancia mítica de la que estamos hechos. RENUNCIAN A LOS IDEALES DE OBJETIVIDAD E IMPARCIALIDAD PROPIOS DEL HISTORIADOR Y SE DEDICAN A REÍR Y PARODIAR, A EXALTAR Y RECHAZAR, SIGUIENDO SU GUSTO Y SU GANA tendenciosidad, ahora me parece que dan encanto a la lectura y que convierten esta Historia en una obra muy curiosa, casi diría yo que singular dentro del género. TORRENTES DE BELLEZA. Porque Riquer y Valverde renuncian desde el principio a los ideales de objetividad e imparcialidad propios del historiador y se dedican a reír y parodiar y a exaltar y a rechazar, siguiendo (a lo que parece) tan sólo su gusto y su gana. Riquer y Valverde, Valverde y Riquer se convierten así, en mi imaginación, en una especie de genial pareja literaria, unos utópicos y diligentes Bouvard y Pecuchet de la historiografía, cuyas intervenciones en su obra resultan constantes, y cuyos juicios son, por lo general, severísimos. Vemos, con alivio, que hablan de La Fontaine con enorme admiración, y que exaltan la precisión de sus observaciones naturales tanto como su altura como poeta. Y que tratan ABCD 13