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M. DISCOS MODERAT MODERAT BPITCH CONTROL. ELECTRÓNICA BILL CALLAHAN SOMETIMES I WISH WE WERE AN EAGLE DRAG CITY. ROCK J. L. Juntar churras con merinas y ponerse a escuchar sus balidos remezclados ha constituido una de las distracciones favoritas de los consumidores de pop alternativo. La electrónica ha sido, en este sentido, el reactivo preferido para ensayar fórmulas que, sin ser magistrales, generaban curiosidad entre una audiencia que ha hecho de la heterodoxia un género, de acción y cierto suspense, en el que nadie sabía por dónde iban los tiros. El reciente debut de Joker s Daughter proyecto de Danger Mouse y Helena Costas; manualidades de cantautora pasadas a máquina documenta, si no el agotamiento de esta práctica, la normalización de lo que un día fue rareza. Aparece la semana que viene la continuación de Auf kostet den gesundheit, trabajo que en 2002 reunió a Gernot Bronsert y Sebastian Szary (Modeselektor) y Sascha Ring (Apparat) de nuevo juntos para poner en circulación una obra que tiene la hermosura de las peleas, los pulsos y los diálogos entre iguales. El mismo nombre de esta banda improvisada, Moderat, sirve para ilustrar el valor de la yuxtaposición sobre los de una fusión casi siempre ejecutada por absorción. No es Moderat un ejercicio de coleccionismo de ejemplares únicos como los que suele llevar a cabo Danger Mouse, sino un encuentro entre pares que desarrollan su actividad en el mismo entorno y que manejan herramientas similares, aquí instaladas en los viejos estudios Hansa de Berlín y filtradas por un software que subraya el eco y borra la línea que separa lo analógico de lo digital, valga el contradiós. Moderat es un disco oscuro, aunque no agónico; minimalista, mas no cerrado; electrónico, pero cargado de voces que proporcionan un hilo melódico y de vida al plano y contraplano de las bases activadas por los tres músicos de Berlín, que aquí aprietan sin ahogar. Bronsert, Szary y Ring están que se salen del estudio: su segundo encuentro se salda con una obra mayúscula, fruto de una relación en la que el conocimiento mutuo les permite suprimir la ya cansina fase del cortejo y explorar, de la mano, otras superficies. Nunca ha sido Bill Callahan un tipo demasiado dado a repetirse. Durante los últimos veinte años, el artista antes conocido como (Smog) (con o sin paréntesis, según el caso) siempre ha gustado de jugar al ratón y al gato con su propia evolución planeando cada nuevo trabajo como si fuese el primero y construyéndose poco a poco un amplio ventanal desde el que contemplar el polvoriento paisaje de la música de raíz americana. No es Sometimes I Wish We Were An Eagle ninguna excepción y, después del soleado y luminoso Woke On A Whaleheart, el de Maryland se escora de nuevo hacia el rock gótico para tallar en granito unas composiciones que resbalan entre enredaderas de vientos y cuerdas. Esto es, en fin, el mismo Callahan de siempre y, al mismo tiempo, un Callahan completamente diferente. Empecé a contar una historia sin conocer el final, solía ser oscuro y me volví luminoso, y ahora soy oscuro otra vez se oye en la inaugural Jim Cain, pieza que, a pesar de lo que pueda parecer, no pretende explicar DAVID MORÁN el camino que ha seguido Callahan para llegar hasta aquí, sino que quiere ser un homenaje a James M. Cain, autor de El cartero siempre llama dos veces y uno de sus escritores de cabecera. Aún así, ese ir y venir entre luces y sombras parece la metáfora perfecta para un disco dolorosamente bello y espinado; un trabajo de tono apagado y melancólico que, sin embargo, no transmite tristeza ni desilusión, sino algo mucho más complicado de explicar. Curado de espantos y con el mal de amores escondido en algún cajón acaba de romper, según informa la prensa rosa del indie, con la también cantante Joanna Newson Callahan alza de nuevo esa voz de barítono somnoliento y, desde una tercera o cuarta dimensión en la que coincidirían Lou Reed, Leonard Cohen y Nick Cave, construye un nuevo monumento de rock áspero y enrevesado en el que se refleja la belleza de Rococo Zephyr y Too Many Birds y que acaba coronando la monumental Faith Void, casi diez minutos de desengaños religiosos y cuerdas suspendidas. Una maravilla. Otra más. ABCD 55