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P. VIDAS TATUADAS El arponero de Moby Dick FERNANDO R. DE LA FLOR La total desregularización y la proliferación misma de las señales corporales, de las incisiones y los tallados en la piel humana a que asistimos en nuestros días, nos llevan, inevitablemente, a la consideración de que una fractura se ha producido en este peculiar sistema de signos con respecto a un orden antiguo en el que los mismos se inscribían antes, con el objeto de ofrecerse a una lectura, hoy ya imposible de practicar. Entre el cuerpo tatuado del caníbal y arponero que era el Queequeg embarcado en el Pequod de Moby Dick y el de un individuo cualquiera de la actuales tribus urbanas que pueblan la selva metropolitana, media un abismo. Que es el del sentido. Las marcas en el cuerpo, al presente, han logrado por fin zafarse de toda referencia y entrar en una lógica circulatoria y exponencial, determinada exclusivamente por la estética, en donde se encuentra la única explicación para su existencia jeroglífica. La antropología del tatuaje conoce así dos tiempos, en todo diferentes. En la cara que mira hacia el pasado, la marca en el cuerpo remite a una Ley (superior) a una creencia, a una sujeción y se desenvuelve en un marco conectado o próximo al mundo de lo trágico (y es que, cómo advertía un moralista hispano, la inscripción en el cuerpo del esclavo o del animal doméstico mancillaba la obra de Dios al convertirla en exclusivo medium para un mensaje de la economía de lo terrestre) En nuestros días, las cargas dramáticas implícitas en el pequeño tormento de la incisión se disuelven, al convertirse en pruebas y manifestaciones de una corporalidad que se siente liberada finalmente para lo lúdico, destinada al placer y conectada con el principio maestro que rige una sociedad encaminada toda ella finalmente al espectáculo de verse desarrollar ante sí misma, pulverizando las antiguas significaciones depositadas en las cosas. ¿A qué acordarse ahora de los esclavos, de los prisioneros en los campos de exterminio marcados como ganado, de las huellas de los latigazos en los cuerpos de los siervos... El tatuaje, que venía de un mundo teopolítico y que expresaba la lógica del encuadramiento, la pertenencia y el dominio, ha dejado de existir como tal y también de significar, al desaparecer los espacios de vida en que fue primitivamente alumbrado. Borrar un orden ocasiona reescribir con más fuerza un desorden. El sobrescrito corporal, por fin, no remite hoy a significado preciso alguno, y más bien podemos decir de él que en vez de revelar al otro, de darlo a leer, lo esconde más profundamente detrás de una pantalla sobresaturada de signos distractivos y semánticamente inanes, pero capaces también de engendrar una fascinación a la que será cada vez más difícil escapar. PIELES CRIMINALES MÁS ALLÁ DE LA MODA EFÍMERA, LOS TATUAJES TIENEN UN ORIGEN ANTROPOLÓGICO Y UNA LARGA SUCESIÓN DE HISTORIAS PLAGADAS DE MITOS Y LEYENDAS JIMENA CANALES ¿Qué es un ornamento? La respuesta inmediata sería que es un tipo de adorno, un elemento superfluo usado para embellecer a las personas, a sus vestimentas, objetos, viviendas o edificios. La respuesta incluiría que se trata de un elemento utilizado para decorar. Los ornamentos rara vez son útiles, muchas veces incluso son incómodos. Casi nunca son necesarios; principalmente se distinguen por no serlo. Frecuentemente se consideran parte de lo femenino, aristocrático, degenerado y también de lo criminal. La respuesta, entonces, no es tan sencilla, pues para entender qué es un ornamento tenemos que saber también qué se considera superfluo, femenino, aristocrático, criminal y degenerado en un momento histórico determinado. Por otra parte, las implicaciones de esta definición en el campo de la arquitectura moderna son enormes, pues aquello que la definió cuando surgió a principios del siglo XX fue precisamente el rechazo de los ornamentos que formaban parte de las construcciones rebuscadas e historicistas del XIX. De ahí que el manifiesto de la arquitectura y del diseño moderno anunciara que serían totalmente funcionales, que sólo emplearían elementos estructurales necesarios y que se separarían más y más de las artes decorativas. TEORÍA DEL ORNAMENTO. El vienés Adolf Loos fue uno de los primeros arquitectos que articuló esta nueva corriente. Loos inspiró a Le Corbusier y anticipó por varias décadas la arquitectura del less is more (menos es más) blanca y plana, asociada con el movimiento in- ternacional y con las obras de Mies van der Rohe. En una publicación que se considera fundacional para la arquitectura moderna, Loos animó a los arquitectos a dejar de ornamentar sus creaciones. Su grito de guerra fue claro: el ornamento en la arquitectura es un crimen. Es criminal por ser económicamente caro, es criminal por ser socialmente inútil, es criminal, argumentó, por ser preferido y buscado por gente degenerada y o aristócrata. La fuerza del argumento de Loos surgió del uso de teorías científicas sobre los ornamentos. Para él, la decisión de abandonarlos no era meramente estética, sino una necesidad urgente dadas sus implicaciones peligrosas para la civilización y, sobre todo, para la evolución de la raza humana. Su ejemplo clave fue el de los tatuajes. Loos estudió y empleó las ABCD 6