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ANTINORMA Y BELLEZA CON OLOR A NAFTALINA JUANA VÁZQUEZ MARÍN HUERGA FIERRO. MADRID, 2008 232 PÁGINAS, 16 EUROS LA REBELIÓN DE UNA MADRE Y SU HIJA CONTRA LA FAMILIA PATERNA, BURGUESA Y CONVENCIONAL JOSÉ MARÍA POZUELO YVANCOS Juana Vázquez recorre en su primera novela uno de los distintos caminos de su renovación posible: la ruptura con la contundencia de un narrador vinculado a la trama. Se ve sustituido por teselas, retazos sueltos de una especie de diario, sin notaciones cronológicas, de la protagonista, de nombre Sharba, en una edad imprecisa que deducimos se sitúa entre el final de la adolescencia y la primera juventud. En realidad, la historia es una novela de formación y al mismo tiempo una crónica familiar reconstruida a partir de lo que Sharba escribe sobre lo hablado con su madre, Yaiza; su padre, Eduardo; su hermano, Hugo, y la criadas Marta y sobre todo Eugenia, que lleva la voz cantante de la educación convencional, frente a la que Sharba se rebela, instigada curiosamente por la madre. En el fondo, la pareja formada por madre e hija forma el núcleo central de una doble raíz: su imaginario poético, que nutre algunas de las páginas más bellas de la novela, y la procedencia de una cultura distinta, con un hálito sensitivo que explica la metonimia de las flores, que muy al comienzo de la obra se vierte como emblema del que va a ser el estigma lírico que las dos protagonistas femeninas nunca abandonan. La rebeldía de Yaiza se edifica como una consciente voluntad, llevada a un punto de radicalidad e intransigencia a mi juicio excesivo para la credibilidad del personaje (visible en el modo de tratar a Hugo) Sin embargo, a Sharba, a quien la novela va presentando como un verdadero clon de su madre, se le dota de esa perversidad constitutiva tantas veces del mundo adolescente, y que va urdiendo un conflicto según se desarrolla el motivo de la unidad y similitud de madre e hija. Ese tema motivará el duro desenlace de la novela, que me permitirá el lector no revele, aunque la trama lo deja intuir según avanza. Es más, constituye el verdadero punto de tensión de la obra. MODELOS DE CULTO. La novela deja ver a cada paso la procedencia lírica de su autora, puesto que Juana Vázquez construye bellos poemas en prosa. Pero la poesía como ingrediente presente en la novela no se limita a esas manifestaciones, sino a dos rasgos que la cruzan por entero: de un lado, el gusto por una perspectiva no convencional en el tratamiento de cualquier asunto, que lleva incluso a la enumeración de unos modelos literarios de culto, como son Ananda Devi, D. H. Lawrence, R. Russo, John Cheever, Amina Reza, Fiodo Dor, Natalia Ginzburg, etc. Por otro lado, la manera como consigue imágenes poéticas en el propio discurso narrativo o en las manifestaciones de los personajes, puesto que el elogio de la locura lleva a nutrir su psicología, pero también su expresión, de vínculos extraños, donde lo onírico y muchas veces la imaginación exaltada llevan la prosa a derroteros que estamos más habituados a seguir en el verso. Advierto al lector que la novela no responde en absoluto a lo que su título, que estimo menos afortunado, hacía esperar de ella. Al contrario, lo que la novela plantea es una ruptura con el olor al naftalina de las normas sociales. Resulta afín a ella la extrañeza, un seguimiento insólito de las conductas y los diálogos. Tal forma de extrañamiento es un pacto que la novela instaura desde le comienzo y que, una vez entrado en él, le proporciona su interés mayor, aunque gustará sobre todo a lectores educados. Aunque por momentos me ha recordado a la manera de construir de Irene Gracia, también confiada a una forma no convencional de narrativa, Juana Vázquez entra en el mundo de la novela con una voz muy personal. CON OLOR A NAFTALINA DEJA VER A CADA PASO LA PROCEDENCIA LÍRICA DE JUANA VÁZQUEZ, QUE ENTRA EN EL MUNDO DE LA NARRATIVA CON UNA VOZ MUY PERSONAL una respuesta alternativa a lo social. Contra lo que ocurre habitualmente, Juana Vázquez ha evitado entablar un binomio padres e hijos; más bien establece el que se da entre mundo femenino y mundo masculino. DIVISA DE COMPORTAMIENTO. La figura de Yaiza, la madre, es la que marca las pautas de una educación antinormativa. La frase enunciada por la narradora en un determinado momento se convierte en divisa del comportamiento de sus protagonistas femeninos, pero asimismo de toda la novela: Y te diré algo que conociendo a Yaiza deberías saber: lo que va contra toda norma es bello, y lo es porque es intenso (página 55) La oposición que la novela establece continuamente (extremando quizá las rigideces) entre una familia convencional, típica seguidora de los hábitos de la alta burguesía, como es la familia paterna, y la rebelión de Yaiza y Sharba, se cruza con un elemento cultural de procedencia no occidental. En un momento determinando sabemos que Yaiza es africana, y que lo que le impide aceptar las normas de conducta del marido tiene sobriedad de sus maneras, la rectitud de su espíritu y su virtuoso corazón herido por la vida UNO Y MÚLTIPLE. Vargas Vila, que fue Darío, que fue Vallejo, que fue tantos... que es Consuelo Triviño, quien ha creado a su criatura a imagen y semejanza de sus propias obsesiones. Identificada con su personaje, ha podido exclamar como Whitman: Todo eso lo siento, lo soy Y de paso nos ha dado algo así como el retrato permanente del intelectual latinoamericano. Ha preferido evitar los rasgos circunstanciales y bucear en las profundidades interiores del individuo. Ha sorteado la reconstrucción arqueológica a que nos tiene acostumbrados la novela histórica y, con una prosa sabia y sentenciosa, nos ha hablado del presente de Latinoamérica a través de una figura emblemática del pasado. Despojado de lo accesorio, el personaje que ha creado se actualiza y revive pleno para decirnos, como el poeta norteamericano: No tengas demasiada seguridad de que no estoy contigo ABCD 13