
un velero de once metros; Cook en el Pacífico a bordo del Endeavour y Shackleton en la Antártida antes y después de perder el Endurance. Existencias cruzadas más que paralelas con un mismo fondo: el mar, los barcos, las derrotas, la aguja de marear, la aventura o la vida cobrada a la adversidad y el infortunio. ANDAR ERRANTE. El mar ha fascinado a viajeros inmóviles y viajeros y aventureros nada inmóviles, como Henry de Monfreid o el escocés Robert Louis Stevenson, que navegaron lo suyo, y al menos el primero, con serio riesgo de su vida, por el Mar Rojo, mientras que el segundo buscaba ese lugar en el mundo que fuera suyo entre el cielo y la tierra que estuviera debajo de sus botas. Y junto a ellos, la obra del mar de Joseph Conrad que escribió después de haberlo abandonado para siempre, o de Pierre Mac Orlan, que del mar supo lo que escribieron y contaron otros, o ese Patrick O Brien que seduce con sus marinos de otro
siglo a unos lectores que tardan doce horas en recorrer el espacio en que los protagonistas de sus novelas cambiaban de vida; y el más insólito de todos, el polemista católico Hilaire Belloc, compañero de fatigas de Chesterton, navegando en el Nona. Del mar vienen los personajes y al mar van algunos autores que escriben sus libros en el mar, como sucede con algunos de Stevenson; otros los escriben cuando sus días de andar errante han terminado: Herman Melville embarcado en el Malasuerte, mal barco, malo, tanto como el
María Celeste; Joseph Conrad o Nicholas Monsarrat, con su Mar cruel, entre los más conocidos; y Claude Farrère entre los menos frecuentados ahora, pero que tuvieron su momento de gloria literaria, parejo a sus proezas personales. GEOGRAFÍAS BRAVAS. Por no hablar de los chilenos Pancho Coloane, Salvador Reyes Figueroa o Enrique Bunster, que se ocuparon de los mares australes y de sus costas y habitantes, de los pescadores de ballenas a los buscadores de oro fueguinos, pasando por marinos legendarios, como lord Cochrane. Otros escritores que tienen el mar como fondo no navegaron nada o lo hicieron poco, así el biógrafo francés de Stevenson y creador del festival Etonants Voyageurs, que se celebra en la muy marinera ciudad de SaintMalo, pero lo mismo cabe decir de Francis Lacassin, el que mejor se ha acercado a Jack London y a sus personajes de mar adentro y de las geografías bravas.
EXISTENCIAS CRUZADAS MÁS QUE PARALELAS CON UN MISMO FONDO: LOS BARCOS, LAS DERROTAS, LA AGUJA DE MAREAR, LA AVENTURA O LA VIDA COBRADA A LA ADVERSIDAD
OLEAJES Y ABORDAJES. A LA IZQUIERDA, EL ACORAZADO FRANCÉS PROVENCE EN EL MOMENTO DE SU BOTADURA (1913) SOBRE ESTAS LÍNEAS, DE ARRIBA ABAJO, FOTOGRAMA DE PIRATAS DEL CARIBE: EL COFRE DEL HOMBRE MUERTO (GORE VERBINSKI, 2006) Y VIÑETAS DE LA SERIE ISAAC EL PIRATA DE CHRISTOPHE BLAIN
El caso español es enigmático. Nos sobran los marinos, las epopeyas del mar, las navegaciones azarosas, las aventuras marítimas y sus protagonistas, pero lo cierto es que tenemos, comparativamente con otras literaturas, pocos relatos de tema marítimo. Por ejemplo, todos los viajes relacionados con nuestras fascinantes expediciones científicas de los siglos XVIII y XIX a América, de las que hay abundantes restos en los archivos y museos españoles. Nuestra historia es una mina, cosa que saben escritores como Arturo Pérez- Reverte, de una manera que le honra. Por ejemplo, Alejandro Malaspina tiene una vida novelesca y no tiene una novela que dé cuenta de sus derrotas y andanzas por tierra, aunque tenga un buen biógrafo, Emilio Soler Pascual; en la expedición de Marcos Jiménez de la Espada hay materia para una novela de esa época, en la que el debate entre creacionismo y evolucionismo está en su momento álgido. Todo un derrotero por marcar. Es una suerte y un gran reto literario.
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