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L. NARRATIVA AL PASO IGNACIO RUIZ QUINTANO Froilán E l beaterío progre ha afeado la presencia de Don Felipe Juan Froilán de Todos los Santos, Froilán para el afecto popular, en los toros. Toreaba Enrique Ponce, que tuvo el buen gusto de brindarle al niño el toro al que cortó una oreja que el niño, con el mismo buen gusto, rechazó. Y es que las orejas modernas, más que orejas, parecen liebres, que en eso han venido a parar aquellas señales que, para recompensar una buena estocada, daban a los matadores: presentadas al cobro en el desolladero, al dinero contratado se le añadía en premio el precio de la carne del toro estoqueado. Que sepa nuestra santa infancia que Enrique Ponce no es José Tomás, señor del toreo emo ya que con la cosa de inmolarse anda por los pueblos formando manicomios y si se dijera de locas no habría exageración, pues son las mujeres la presa más fácil de la emoción. Enrique Ponce torea en las grandes plazas y es, por obra y gracia de Carmen Calvo y Ansón, académico de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes de Córdoba, con lo cual ir a ver torear a Enrique Ponce constituye un entretenimiento políticamente tan correcto como ir a la Real Academia a escuchar un discurso a Cebrián. Froilán no acudió a ninguna galería a ver cómo el artista Guillermo Vargas Habacuc ataba en corto a un perro abandonado hasta su muerte por hambre y sed. Froilán acudió a una plaza a ver cómo el maestro Enrique Ponce lidiaba de poder a poder, con arreglo al viejo rito español, a un toro de Domecq. Que los toros son la fiesta nacional sólo lo niega el hombre que Esperanza Aguirre tiene para llevar los toros en Telemadrid. Los toros son nuestra fiesta y nuestro arte: en el ruedo no ha lugar a esa sansirolada de plantar un hierro retorcido en un jardín, y al lado, un cartel: Obra de Arte. No subirse Los toros, según Tierno, son el acontecimiento que más ha educado social y políticamente al pueblo español, pues el espectador de los toros se está continuamente ejercitando en la apreciación de lo bueno y de lo malo, de lo justo y de lo injusto, de lo bello y de lo feo: Cuando al acontecimiento taurino llegue a ser para los españoles simple espectáculo, los fundamentos de España en cuanto nación se habrán transformado. Si algún día el español fuere o no fuere a los toros con el mismo talante con que va o no va al cine, en los Pirineos, umbral de la Península, habría que poner este sentido epitafio: Aquí yace Tauridia Es decir, España. ILUMINADOS POR LA MIERDA TRADICIÓN EUROPEA Y LITERATURA DEL ABSURDO CON LA GUERRA DE LAS MALVINAS AL FONDO. EN LA IMAGEN, UN EX COMBATIENTE ANTE EL MURO CON LOS NOMBRES DE LOS ARGENTINOS CAÍDOS EN LA CONTIENDA UNA PUTA MIERDA PATRICIO PRON EL CUENCO DE PLATA BUENOS AIRES, 2007 123 PÁGINAS, 28 DÓLARES las 120 páginas de esta novela los soldados se follan a la querida del general y a la madre de la querida del general, pero acaban por preferir a la hermana de doce años de la querida del general. CONTRA LAS MENTIRAS. En esta novela de 120 páginas, un teniente confunde las Maldivas con las Malvinas, los soldados no pueden ver porque sus cascos son más grandes que sus cabezas y, sobre todo, las palabras suenan como si salieran de un tubo oxidado porque se oponen frontalmente a las versiones adulteradas del Nuevo Periodista, un soldado reportero que embellece hasta el absurdo toda la mierda de la guerra, ya que el periodismo siempre ha estado del lado de la violencia No es casual que un soldado se llame Copi. Ni que se haga hincapié en la misma nieve y el mismo barro que JORGE CARRIÓN Una puta mierda me recordó, en sus primeras líneas, a Iluminados por el fuego (2005) la película hiperrealista de Tristán Bauer sobre la guerra de las Malvinas que tantas lágrimas hizo derramar en los cines argentinos. Pero pronto me di cuenta de que la tradición era otra, de algún modo la antitética: la de Los pichiciegos (1982) de Fogwill; es más, que la novela de Patricio Pron ni siquiera se debe a la tradición nacional sino que más bien bebe de la tradición europea de Beckett y del teatro del absurdo. Porque es un relato, pero con pocas modificaciones también podría ser una obra teatral, tal es la fuerza y la importancia que tienen los diálogos, cercanos a los del esperpento de Valle- Inclán. Durante las 120 páginas de esta novela, una bomba pende sobre la cabeza de los protagonistas; una bomba que nunca acaba de caer, como si se tratara de lo que espera Godot. Mediante la deformación y la distorsión sistemáticas, durante LOS SOLDADOS NO PUEDEN VER PORQUE SUS CASCOS SON MÁS GRANDES QUE SUS CABEZAS Y, SOBRE TODO, LAS PALABRAS SUENAN COMO SI SALIERAN DE UN TUBO OXIDADO salpican la novela de Fogwill. La mierda tiene una importancia central en este libro. Desde que el narrador dice sentí que mis tripas se desfondaban y pensé por primera vez que todo era una puta mierda la guerra es calificada como ridícula rara sin sentido pero la crítica alcanza su máxima cota al final, cuando se hace público que el subsuelo de todo el país está conformado por mierda. Contra los discursos patrióticos, contra la exaltación todavía vigente de la guerra de Malvinas como gesta y pérdida nacional (en las carreteras de Argentina aún hay carteles similares a señales de tráfico que rezan Malvinas argentinas desde la distancia que brinda su condición extraterritorial, Patricio Pron (Rosario, 1975) ha escrito una obra que sobre todo carga contra las mentiras colectivas perpetuadas por la ausencia de espíritu crítico. La propuesta de Pron obliga a reflexionar sobre el estatus de lo literario y de lo generacional en nuestra época. Si tuviera que establecer una cartografía de complicidades con otros textos de este inicio de siglo, pensaría en Los Lemmings, de Fabián Casas, uno de los relatos sobre la última dictadura militar argentina más inteligentes y oblicuos que he leído; pero pronto cambiaría de registro y me iría a Los rubios (2003) ABCD 16